Shocks

Elton Trueblood dijo una vez que “El hombre comienza a descubrir el sentido de la vida cuando planta árboles, a la sombra de los cuales sabe que nunca se sentará“.

La explicación que viene a desarrollar esta frase parte de una idea que, por mucho que lo intentemos, no siempre sabremos comprender. No me voy a poner a filosofar acerca del sentido de la vida, sobre todo porque cada cual puede encontrarle una, varias… o ninguna. Además, nadie puede enseñar a otra persona a andar el camino. Buda quería que cada uno de nosotros (o ellos, o aquéllos… esto va según las creencias de cada uno) aprendiera a andar el suyo propio sin que nadie tuviera que decirnos qué sendero recorrer. El Siddharta de Hermann Hesse tardó casi toda una vida en descubrir el suyo, después de haber intentado varias alternativas a cada cual peor.

Supongo que esa es la idea básica: caminar, siempre caminar. Podrás equivocarte, desandar un trecho enorme, empezar de cero una y otra vez… pero así es como se llega a alguna parte. Nunca el inmovilismo estuvo tan poco de moda.

Así, dice el refranero chino que “si te sientas en el camino, ponte de frente a lo que aún has de andar y de espaldas a lo ya andado“. Entre nosotros también se utiliza mucho ese “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar” machadiano con el que otorgarnos pequeñas perlas de misticismo oriental tan en controversia en algunos aspectos con la vieja moral cristiana.

Todo esta parrafada pseudo-profunda viene al hilo de un asunto para algunos (como yo) crucial cuando llueven yoyas: nos encontramos como Gandalf en las minas de Moria cuando intenta averiguar cuál es el camino correcto, llegando a detenernos a pensar antes de que la mera intuición o algún resorte impulsivo nos lancen desbocados hacia la que puede ser la salida incorrecta. Constituye un recurso sabio y, por qué no, en ocasiones necesario, pero no deja de ser irónico que se te exija siempre una respuesta inmediata y resolutiva cuando más necesitas pararte a pensar el siguiente movimiento. Sobre todo porque, al final, el elemento decisorio no siempre viene dado por la sabiduría o una muestra de genialidad: el viejo inmortal descubre la salida porque en ella el aire es más fresco que en las otras dos.

Yo lo admito, tiendo a quedarme en shock cuando me encuentro frente a un problema difícil. Puedo estar así mucho tiempo si no me enfrento a uno, sino a varios incendios a la vez. Me han llovido reproches de muchas partes a cuenta de esta quietud paciente (“la astucia de los que no tienen astucia es la paciencia“, dicen los árabes) con la que observar el desarrollo de los acontecimientos. No, no me anticipaba a la jugada. Sí, esperaba a que el “oponente” moviera primero. Y desde aquí revindico mi derecho a haber actuado de tal manera hasta este momento.

Tal vez, porque creía que no era audaz, ni veloz o incluso interesante… pero sí lo más inteligente. Ahora, algo más viejo y menos ignorante (aunque no demasiado, me temo), me planteo estas reacciones como una representación del miedo que me atenaza. Temor, prudencia y aprehensión van de la mano en mi caso. Vencerlo es siempre mi meta más inmediata, superarlo y cambiar las pautas de mi comportamiento frente a él. Superé miedos peores y afronté situaciones paupérrimas.

Y sin embargo… cuánto cuesta a veces vadear un simple arroyuelo después de haber atravesado un torrente.

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Guerras de clanes

La reacción primaria de un animal cuando se siente amenazado oscila entre la huida o el enfrentamiento según el tamaño y el aspecto más o menos peligroso del que tiene enfrente.

En ocasiones, ni siquiera hace falta sentirse así. Basta con querer provocar un cambio actitudinal o un golpe de mando. Los leones o los lobos se pelean a dentelladas por el puesto de jefe. Algo así como un par de trepas pero en estado salvaje.

La idea básica no es promover las ideas que uno pueda tener para “progresar”. No le pidas eso a un ser vivo que camina a cuatro patas, se hace todo encima y no le importa ir desnudo. Tampoco creo que se trate de tener acceso a todas las hembras del grupo… ¿o sí? ¿Se trata, como casi siempre, de sexo?
¿Hasta qué punto un lobo es consciente de la erótica del poder? ¿Un león entiende la gozada que supone dormir en la piedra más alta y estaría dispuesto a matar para no tener que abandonarla? ¿Mufasa se agarraría a la poltrona con uñas y dientes?

Entre familias desestructuradas o rotas, las peleas son constantes, frecuentes y afectan a todos los miembros por igual. Lo mismo el padre y el hijo no se hablan que la madre apuñala traperamente al hermano, mientras la cuñada intenta mediar como buenamente se le ha dado a entender.

La guerra de Troya comenzó por una mujer más que ligera de cascos. La del Abismo de Helm, por una flecha con Parkinson. Como yo no soy menos, la mía empezó con una lata de espárragos.

Cojonudos, además.

No es seria esta Universidad

Publicado en El Mundo.

Cinco años de mi vida -cinco, que se dice pronto- no han servido de nada a juicio de la muy noble Universidad Complutense de Madrid. De las más de treinta asignaturas que he aprobado con mejor o peor esfuerzo todos estos años… sólo aceptan convalidarme cuatro. Y no precisamente las que más costaron.

Resulta que como vengo de una universidad privada y no exenta de cierto prestigio rancio, los baremos con los que se miden ésta y aquélla no valen lo mismo. A modo de sutil ejemplo, para poder entrar en la Privada me pedían una media de 7, un examen de ingreso y algún contactillo por si todo fallaba. Para la Complu, no hace falta más que un 5 pelado y rellenar unos papeles.

Me llamaron ayer (esa es otra, lo que tardan en resolver un contencioso como éste merecería un capítulo aparte, pero no tengo ganas de escribirlo) para contarme la funesta noticia. La primera reacción natural que me salió del alma fue jurar en arameo. La segunda, intentar tomármelo con humor: jo, macho. La tercera, una pregunta para mí mismo. Y ahora… ¿qué hago?

Hará un par de años hice la misma instancia para la Universidad Central de Barcelona. Exactamente con el mismo expediente. Allí, ocurría al contrario: eran sólo 2 o 3 las asignaturas que, oficialmente, no podían convalidarme. Con hablar con los profesores correspondientes se solucionaba todo. En este caso concreto, ¿tengo que hablar con treinta? ¿Todos ellos me la aprobarán? Seamos realistas, eso sería una quimera.

Reconozco que mi capacidad como estudiante dista mucho de ser la adecuada, y que rindo mucho mejor sometido a una responsabilidad diaria que cuatrimestral. Eso no quita para que en cualquier universidad española se pudieran dar facilidades a estudiantes que, como en mi caso, tuvieron que pasar unos años fuera por motivos extra-curriculares. Pero eso no importa. Sólo soy un número. Un dato estadístico.

Da igual que los contenidos en una carrera como Derecho sean prácticamente idénticos o, incluso, que de donde vine fueran más extensos. No, si el número de créditos otorgados a cada asignatura no coincide. Es decir, es una cuestión de forma, no de fondo. Pues qué bien, ¿no?

Ahora, lo que tendré que hacer es devanarme los sesos para convencer a treinta catedráticos (a lo mejor tengo suerte y uno da varias asignaturas y se apiada de mí) para que no me hagan volver a empezar desde cero. O eso, o francamente, me matriculo en la Central de Barcelona y ya iré cada 4 meses a hacer los exámenes. En cualquier caso, esto no es propio de un sistema educativo de un país serio y desarrollado como se supone que es el nuestro. Esto parece, más bien, un cachondeo.

Y, francamente, a mí no me hace ninguna gracia.

 

País

Siempre he sido un ferviente defensor de la libertad de cada uno a pensar como mejor le convenga. Así, nadie me cae mejor o peor por ser de derechas o de izquierdas, independentista o constitucionalista, liberal o conservador, nazi o anarquista.

Otra cosa muy distinta, claro, es que comparta algunas de esas opiniones y no esté dispuesto a discutir y rebatir las que no me parecen acertadas.

No creo que sea útil ni necesario que me retrate y me identifique con unas siglas de partido desde las que partir mi ideología. Soy ciudadano español y me gusta serlo, eso mantiene abiertas muchas puertas y me cierra otras tantas. Comparto algunas teorías de un bando y del otro. Y adoro la política, sobre todo discutirla. En este sentido, cuando vivía en Barcelona recuerdo algunas conversaciones (poquísimas para mi gusto) en cuanto a este espinoso tema. Parece como si fuera un tema tabú hablar de ciertos temas, y la política, si no es para poner a caldo el centralismo y el llamado nacionalismo españolista, no se toca.

Por suerte o por desgracia, he tenido ocasión de vivir muy de cerca los dos movimientos separatistas más importantes de los últimos tiempos: tanto en Cataluña como en Euskadi se respira un aire diferente que te impide desenvolverte como si estuvieras en casa. No lo estás. No lo olvides, me decía a mí mismo. En uno, se me conocía con el sobrenombre de El Madrileño, en el otro… El Español o, si había demasiadas cervezas de por medio y ganas de pelea, El Moro.

Por esa razón, imagino, soy un acérrimo enemigo de los nacionalismos (bien expresado y entendido, por supuesto, como una animadversión ideológica que no traspasa las fronteras de la dialéctica, no nos vayamos a pensar que me lío a hostias con el primero que me saque una estel·lada). Es decir, comprendo que hay una idiosincrasia propia en cada uno de estos lugares, una manera de ser y de pensar que no coincide con otras partes del país. También admito que una lengua otorga cierto estatus autónomo y prestigioso con el que poder diferenciarte. Ahora bien, todo tiene un límite. No por todo lo anterior se ha de suponer que los castellanos somos unos fachas rancios que escuchan a la Pantoja, llevan boina y se hacen pajas pensando en Franco. No es precisamente justo que siempre se acuse a los mismos de ser los responsables de la fractura del país cuando no somos exactamente nosotros los que tensamos las cuerdas del victimismo y los discursos incendiarios. Es decir, unos tiran la piedra, esconden la mano y además señalan al de enfrente como el responsable de la agresión: la he tirado porque no me has dejado más remedio, replican encogiéndose de hombros. Tócate los huevos, tú. Y mejor no hablar de lo que ocurre cuando, por fin, los otros responden con otra pedrada. Sí, mejor no comentarlo porque entonces se arma la de Dios es Cristo.

Como dicen por ahí: país.