RPG’s a manta a coste cero (Zapatero)


Nada como utilizar una imagen de rabiosa actualidad para dar que hablar. Lo han hecho los chicos de Ryanair sin ayuda de nadie.
Ningún creativo publicitario fue herido ni utilizado para la realización de esta pieza“, podrían haber añadido en el pie de página. Porque si hay algo de lo que se caracteriza esta compañía es que tiene tantos gastos que recortar, tan poco margen en el que moverse y tan pocas comodidades que ofrecer (a costa, eso sí, de volar por precios de risa) que cada delegación debe buscarse la vida para comunicar sus ofertas.

Tradicionalmente, esta compañía utiliza a políticos y gente con sobrada imagen como Prodi, Chirac, Blair… y, cómo no, faltaba ZP estar en la cresta de la ola.

Por lo que se ha comentado, Ryanair no paga derechos de imagen a tan insignes modelos ni pretende hacerlo. “¿Qué parte de no tenemos ni para pipas no han entendido, oiga?”. Por si aquello no bastara, se escudan en un vago y confuso “tienen cosas mejores que hacer que pensar en cuánta comisión pedir y si contratar un agente“. Claro que a nuestro sonriente presidente no le viene de nuevas posar en revistas…

Será que busca de qué vivir de aquí a unos meses. Todo podría ser.

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Nadie hablará de García cuando hayamos muerto

El pasado fin de semana tuve la oportunidad de ver una entrevista que debió tener lugar mucho antes, en otro medio y con protagonistas diferentes, salvo uno: un García que no se escondió a la hora de soltar lastre aunque se calló muy mucho algunos detalles de lo más jugosos que habrían supuesto algo menos de una revolución y un poquito más que un mero escándalo.

Antes de nada, me sorpredió verle en un programa como la Noria, ante un periodista de capa caída como Jordi González acompañado de, digamos, dos “comunicadores” llamados Pepe Calabuig (director de Interviú) y Alfredo Urdaci (que no necesita presentación). No habría sido propio de García presentarse ante quienes no suponen más que un par de insectos encaramados a las plantas de los pies de un gigante. Digo “no habría sido” en lugar de “no es” porque explicó los motivos por los que se hallaba ahí y no en otro lugar: Telecinco, a su juicio, es una mierda. Pinchada en un palo, añadiría yo.

 

Una cadena de televisión en la que el producto estrella es mierda y no sólo eso, sino que se regodean de ser quienes mejor la venden. Porque, si hay algo de lo que Telecinco puede sentirse orgulloso, es de tener el programa líder en vender vidas ajenas, con nombre de cierta hortaliza.

Tras esta corta explicación, declaró su firme intención de abandonar el periodismo activo para dedicarse más a su familia, no sin antes mandar un buen recado al mundo que deja atrás: todos los medios, y enfatiza claramente el todos, están politizados y barren para sus propios intereses pesebriles. Desde hace ya tiempo en España somos incapaces de tener una información que no esté sometida a un filtro ideológico que se basa en quién manda y quién favorece más a quién. Propuso, aullando al viento, una especie de replanteamiento de las ideas en este sentido que, me temo, caerán en más de un saco roto.

El abrazafarolas no se quedó ahí. En un monólogo imparable (Jordi, ¿en qué mundo estabas?) explicó los motivos por los que dejó Onda Cero. Un suculento manjar para quienes buscan teorías conspirativas en todo tipo de sucesos. Resultó que en una reunión de los poderes fácticos de la España cañí del tardoaznarismo se decidió que los medios controlados por el ex monopolio (Telefónica para los no entendidos) debían “controlar” y “filtrar” alguna de las noticias que fueran surgiendo, especialmente aquellas que pudieran resultar lesivas para el partido en el poder. Hasta aquí, desgraciadamente, nada del otro mundo si tenemos en cuenta que es una práctica de lo más habitual. El pesebrismo está presente en este país como una tendencia de lo más fashion.

Lo gordo vino cuando quisieron que García se aviniera a aquellas órdenes. Él. El inmenso. El gigante SuperGarcía.

Como es lógico, se llevaron un chasco. Y, como prueba de dignidad profesional y humana fuera de todo ser humano falible, no dijo ni una palabra acerca de tan feo y peligroso asunto para no perjudicar al partido que, supongo, le daba de comer. Nótese que todo este asunto tuvo lugar poco antes de las elecciones generales del año 2000… que ganó el PP con mayoría absoluta, para más inri de aquellos que hubieran querido que JMG se chivara. Elegancia máxima. Se chinchen.

Ante la gravedad de tales asuntos revelados tanto tiempo después, en el brevísimo turno de ruegos y preguntas tanto Urdaci como Calabuig tuvieron la oportunidad de sacarle aún más jugosa información acerca de tal asunto. Empero, consideraron que había preguntas que necesitaban respuestas con más premura que saber si Aznar realmente censuró a los medios que controlaba Telefónica, a saber:

– Urdaci: (después de un peloteo indigno y claramente humillante) Por alusiones, tras haber cuestionado García la meritocracia existente en TVE para colocar a cierta reportera (reconvertida en Princesa) como presentadora de informativos junto al aludido, éste aseveró que había hecho muchas cosas que de puertas afuera no podían apreciarse, como si aquello fuera suficiente para convencer a cualquiera. Luego, aseguró que dudaba mucho de que el retiro anunciado fuera tal (sonrisa tiburonesca)… y ni una palabra acerca de la censura denunciada. A cambio, le regaló a García unos preciosos minutos (sí, minutos) para despacharse a gusto contra Florentino Pérez, al que acusó de querer sobornarle para que “mirara para otro lado” acerca de un asunto que, me temo, no se conoce. El soborno tal vez no fue aceptado, pero desde luego el tipo sabe cómo callar como un muerto. Aún nos preguntamos qué ocurrió para que alguien quisiera pedirle precio a su silencio.

– Todas las esperanzas fueron depositadas en Calabuig, hombre curtido en mil batallas de la investigación de corruptelas y trapos sucios (especialmente aquellos que enaman de la derechona, dicho sea de paso). Tras manifestar las mismas dudas que Urdaci acerca de la veracidad del retiro garciesco, mantuvo un tenso silencio de unos segundos, captando toda la atención de los espectadores, para lanzar su bomba de relojería: ¿qué opinaba García acerca de la reconversión de Pipi Estrada en showman?

No pude evitar soltar un juramento en arameo. ¿Qué clase de periodistas dicen que son? ¡Jordi, haz algo! ¡Di algo! Él, aún confuso por el monólogo de García (cuya mujer tuvo que llamarle durante el descanso para abroncar al insigne comunicador por no dar pie a preguntas y avasallar dialécticamente) sólo pudo balbucear sin mucho tino que Telecinco era más que telebasura y el Tomate. Dicho lo cual, empezó a agradecer al matamoscas-a-cañonazos su presencia en el programa… y luego no sé qué pasó porque tiré el mando contra la tele con demasiada fuerza y ambos acabaron estrellados en el suelo.

Nada de todo esto he visto reflejado en los medios. Ni una mención. Ni siquiera una mísera reseña. Sólo el Marca redactaba, en un minúsculo recuadro, la retirada del añejo comentarista.

García, soberbio. Ojalá haya más gente que quisiera hacer realidad tus esperanzas.

Del resto… mejor no opinar.

Quevedo y el basilisco (Cataluña ante el espejo)

CARTA DEL DIRECTOR

«No quiero que sea difícil acabarme de leer, sino empezar a responderme»

(Francisco de Quevedo y Villegas, circa 1641)

Quién hubiera dicho hace treinta años que la vida pública de la cosmopolita Cataluña quedaría encerrada en un celtibérico callejón del Gato, con forma de hilera de sardana, del que todas las tragedias, grandes, medianas y pequeñas, saldrían indefectiblemente reflejadas en forma de farsa. Basta seguir la actualidad para entender el proceso. La extravagante sesión que enmarcó la comparecencia del presidente de Endesa en el Parlament, la catarata de panegíricos de índole religiosa que han amortajado el suicidio del fanático Xirinacs y el reciente viaje a Lisboa del presidente de la Generalitat -el ex andaluz Pepe Montilla- para firmar un convenio con la Televisión Portuguesa, a fin de coproducir documentales y películas sobre la simultánea rebelión de ambos territorios en 1640 contra la opresora monarquía hispánica, son, desde luego, episodios que imprimen carácter.

I.- INTERPELANDO EN CATALAN A UNO DE TERUEL

Los reiterados fallos en los servicios públicos, y muy especialmente el tremendo apagón eléctrico del mes pasado, han supuesto, claro está, un sinfín de triviales tragedias -ansiedad, temor, calor, frío, indignación, ruido, gasto- de la vida cotidiana. La suma de todas ellas habría formado una montaña más alta que Montjuïc.Pero la democracia bien podía haberse tomado el lunes la revancha.No es, desde luego, habitual tener la oportunidad de someter a un público tercer grado y, eventualmente, cantarle las cuarenta al presidente de la compañía privada a la que se achaca un colapso de esa naturaleza. Cuando se cae un avión, el capo de la aerolínea no aparece por ningún sitio. Cuando se contamina un parque natural, échale un galgo al presunto responsable de los vertidos tóxicos que tal vez lo pilles en Suecia. Sin embargo, esta vez -ahí lo tienen, es todo suyo, señores diputats- Manolo Pizarro comparecía, a petición propia, en la primera fecha disponible.

Lo único más inaudito que el que los portavoces de todos los grupos -menos el PP y Ciutadans- desaprovecharan gran parte de su capacidad indagatoria y fuerza dialéctica, empeñándose en hablar durante horas en catalán a un turolense afincado en Madrid, cuando todos los oradores, todos los presentes en la cámara y todos los telespectadores y radioyentes que siguieran el debate dominaban perfectamente el español; lo único más inaudito, digo, es que los periódicos locales que al día siguiente constataban, en una mezcla de estupor y masoquismo, la corrida en pelo a la que «la Tizona» castellano-aragonesa había sometido al «florete catalán», no relacionaran -en sus editoriales escritos en el idioma preferido por sus lectores- una circunstancia con la otra.

El problema de los caracterizados por el director adjunto de La Vanguardia Alfredo Abián como «espadachines inexpertos» no era de bisoñez -pues anda que no llevan mili a sus espaldas Nadal, Ridao o el propio Oriol Pujol, que lo ha mamado desde pequeño-, sino de falta de discurso. A Pizarro no le cantaron ni las cuarenta, ni las treinta, ni las veinte, ni las diez porque ni sabían demasiado de lo que se hablaba, ni estaban allí para aprendérselo. Se limitaron a dejar patente su mala educación no dándole ni las buenas tardes, dirigiéndose a él en la «lengua propia» -es decir la que excluye a los que no forman parte del pueblo elegido- y ofreciéndole el pinganillo de la traducción simultánea y los subtítulos, como a partir de ahora va a hacer siempre TV3, a la que por supuesto, cuando nos inviten, algunos contestaremos que vaya la «seva tieta».

No, los diputados nacionalistas -patético PSC incluido- no estaban allí para esmerarse en una actividad de control parlamentario al servicio de una ciudadanía tan ideológica, cultural y lingüísticamente plural como uniformemente cabreada, sino para representar una vez más el tedioso rigodón identitario. Para preservar un espacio simbólico de la intrusión foránea. Si le hubieran hablado a Pizarro en castellano seguro que el debate habría sido más vivo, el interrogatorio más preciso, las réplicas y contrarréplicas más eficaces…

¿Eficacia? ¿Quién ha dicho que se tratara de eso? Haber empleado el idioma común de todos los españoles hubiera significado pasar por el aro del utilitarismo, rendirse a la evidencia de la nivelación con el simple turolense de amenazante apellido. Algo así como si los regidores de Barcelona que formaban parte del Consejo de Ciento hubieran renunciado a su pretendido derecho a permanecer cubiertos ante los príncipes de sangre real y se hubieran destocado, cual murcianos o extremeños, ante el cardenal-infante Fernando, hermano de Felipe IV, cuando éste acudió a las Cortes catalanas en 1632.

II.- O EL LENGUADO, O LA GUERRA

Esa escaramuza fue el prólogo de la inmensa tragedia que se desencadenó en Barcelona el día del Corpus de 1640. Para los hombres del siglo XVII, tan ayunos de conocimiento y razón como prisioneros de reputaciones, la soberanía se resumía en ese código tan simple: quién se quita o no el sombrero, quién es el que rinde tributo y quién es el que lo recibe. Por eso, cuando la crisis del Principado ya había estallado en toda su sangrienta virulencia, lo que a finales de aquel annus horribilis -acababa de quemarse el Palacio del Buen Retiro- desató la consternación en la corte madrileña fue comprobar cómo no llegaba el protocolario lenguado que desde Lisboa enviaban al Rey para celebrar la Vigilia de la Inmaculada.O el lenguado, o la guerra. La rebelión de Portugal era un hecho y el penúltimo de los Austrias y su ciclotímico Conde-Duque debían afrontar esa consuntiva guerra en dos frentes que a ellos les partió el espinazo y tanta ilusión le hace ahora a Montilla rememorar cinematográficamente.

De haber perdurado la costumbre, y siendo intercambiables lenguados y merluzos, es al propio president jienense, con sus ojos de pez disecado, sus cocochas al pil pil y su perpetuo balbuceo de piscifactoría, al que deberían mandar este año los portugueses en una bandeja adornada con limones a La Moncloa. Zapatero se lo cenaría a gusto -si eso le sirviera de alternativa a la decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatut-, y la inteligencia política de la península Ibérica no sufriría merma alguna.

La idolatría nacionalista no deja de ser la última mutación de esa enfermedad totalitaria -o totalizadora al menos- que, apelando al vacío dejado por las convicciones religiosas, Steiner bautizó como «nostalgia del absoluto», pero al menos Pujol o Maragall eran sinceros en su fanatismo. La obsesión de que todo parezca como si siguiera mandando uno de ellos -y no la de demostrar que se puede presidir la Generalitat siendo socialista, obrero y español- recuerda en el caso del mediocre arribista Montilla todo el celo con que los esclavos libertos cumplían con el obsequium que debían a sus antiguos amos, realizando «voluntariamente» las mismas tareas que tenían encomendadas antes de la manumisión.

No deja de ser una aleccionadora pirueta de la evolución a la inversa del homo sapiens que muchos de quienes en su día abrazaron el marxismo o sus destilaciones socialdemócratas porque, según Steiner, «como hace la gran teología, ofrece una explicación completa de la función del hombre y un contrato de promesa mesiánica respecto al futuro», encuentren ahora en el nacionalismo una especie de sucedáneo del sucedáneo. Cuando en aquel malhadado 1640 supo de una reyerta entre el virrey de Cataluña -el pronto asesinado conde de Santa Coloma- y uno de sus aliados napolitanos, Olivares exclamó: «¡Malditas sean las naciones y malditos los hombres nacionales!… Amo a todos los vasallos del Rey nuestro señor y no soy yo nacional, que es cosa de muchachos».

III.- “TU HAS ESTAT VALENT I JO HE ESTAT COVARD”

¡Cosa de muchachos! Si la interpretación del mundo y de la Historia a través de la lucha de clases no dejaba de tener algo de inmadura ligereza, la disposición a filtrarlo todo a través de la dimensión nacional -catalana, vasca o, si fuera el caso, genéricamente española- debería quedar directamente encuadrada en una especie de adolescencia crónica, por no hablar de infantilismo patológico.Sería lo menos malo que en justicia podríamos decir de Xirinacs, ese ofensivo, cruel y repelente niñato de 75 años, empeñado en joder con la pelota de la provocación, capaz de frotar con sal y vinagre las heridas de las víctimas del terrorismo y elogiar, desafiante, a sus verdugos. Menudo hijo de su madre.

«Avui la meva nació esdevé sobirana absoluta en mi», dejó escrito en su calculada nota de suicida. Lástima que algunos de los etarras a los que elogió y otros tantos batasunos que le han embalsamado ahora con sus loas no le sigan por la misma torrentera. Sería la única forma de obtener algún beneficio colateral de ese ejercicio de autodeterminación, de esa «soberanía absoluta», exaltada de acuerdo con el diagnóstico de Steiner. Para Xirinacs lo «absoluto» era la lucha contra la ocupación de los Paisos Catalans por España, Francia e Italia, «desde hace varios siglos». Lo relativo, en cambio, el sufrimiento de quienes perdieron a un familiar en la masacre de Hipercor o cualquier otro atentado de esos «amigos» de las libertades catalanas que renuncian a la novia y al cine para seguir sembrando de bombas su camino de perfección.

Trastornados así, encabronantemente instalados en el limbo de la puerilidad patriótica, los hay en todas partes. De Sabino Arana desciende toda una remesa y el fascismo español también ha dado unos cuantos buenos especímenes, incluido algún que otro cuervo ensotanado como éste. La diferencia es que cuando la espiche el protonotario o cualquier otro de sus émulos, no habrá nadie respetable que desde el periodismo o la política se preste a amplificar su delírium trémens.

A Xirinacs, en cambio, le ha seguido el juego místico-macabro todo quisque como si en lugar de quitarse la vida, hubiera ascendido en carne mortal al Paraíso. Mientras en Madrid un cronista algo herrumbroso se aferraba a la glosa de sus constructivas enmiendas constitucionales en el bienio 77-78 -diantre, Robespierre también se opuso a la pena de muerte en la Asamblea Constituyente, pero su biografía no concluyó ahí-, en Barcelona su cortejo fúnebre ha sido el de la comunión de las almas.

Cuando Pujol le denominó «profeta bíblico» no se sabe muy bien si fue asumiendo el papel de Yahvé al contemplar como hasta a él -perdón, hasta a El- se le desmanda el rebelde Isaías o sintiendo la morbosa deleitación en la pronosticada decadencia que, naturalmente, debe suceder una vez que el brío del gran Nabucodonosor ha dado paso a la insípida molicie del pobre Balthasar tras el interregno del errático Nabónidus. Cuando, hablando en nombre de Montilla y su gobierno tripartito, Joaquim Nadal exaltó su dimensión «apostólica», no está claro si se refería a sus viajes misioneros hasta los últimos confines de los Paisos Catalans, a su judicialmente certificada apología del terrorismo o al carácter ejemplar de ese su postrer «acto de soberanía». ¿Propondrá este Govern que el suicidio de Xirinacs forme parte de su Educació per la Ciutadania?

El más sincero ha sido el novelista Alfred Bosch en el Avui, poniendo el dedo en la llaga del problema de la insuficiencia de los esfuerzos emancipadores de la Cataluña esclava: «Mentre jo buscava la supervivencia, tu abraçaves el calvari I proclamo, admirat Xirinacs, que tu has estat valent i jo he estat covard, i em temo que ho continuaré sent». Este es el gran drama: que el pueblo elegido -ni siquiera individuos tan concienciados como el compareciente- no ha estado a la altura de su Mesías. Y lo que es peor: tampoco dará la talla en el futuro porque aunque el espíritu está fuerte, la carne es débil y se conforma, acomodaticia, con las glorias del Barça y el apartamento en la playa. Por eso ya que el martirio del redentor también esta vez será en vano, descendámosle con mimo de la cruz de ese «calvario» y amortajémosle con nuestro mejor mohín de exaltación patriótica. «Xirinacs buscaba, a su manera, esta grieta del que se hace trampas en el solitario», ha escrito con meritoria lucidez nuestro antiguo columnista Francesc-Marc Alvaro. Solo cabe añadir que, visto lo visto, esa búsqueda fue lo único fructífero de tan destartalada vida.

IV.- “NI POR EL GÜEVO, NI POR EL FUERO”

De ahí que lo más irritante de sus exequias haya sido verlas impregnadas «por la decadencia -de nuevo Steiner- de la antigua y magnífica arquitectura de la certeza religiosa». Al margen de la particularidad contemporánea de que, quien como suicida hubiera tenido vedada la inhumación en campo santo, haya sido encumbrado a los altares del edén nacionalista con tanto incienso y liturgia canónica, fue esa misma manipulación de lo sagrado la que sacó de sus casillas a Quevedo cuando leyó en su prisión leonesa del hoy Hostal de San Marcos un panfleto llamado Proclamación Católica en el que los rebeldes catalanes no sólo justificaban su conducta, sino que se jactaban de tener a Dios de su parte.Concretamente alegaban que cuando, tras el Corpus de la Sangre en el que los Segadors de la «Catalunya triomfant» persiguieron al virrey como a un conejo hasta darle matarile en la playa, la celebración religiosa se trasladó a otro día posterior, «en él se paró el sol», mientras algunas de las imágenes más veneradas comenzaban a «sudar y llorar».

Sacando fuerzas de flaqueza en defensa de la Monarquía felipista que tan ingratamente le pagaba, Quevedo recordaba la severa reprimenda a San Pedro, cuando desenvainó la espada e hirió a uno de los sayones en Getsemaní, para preguntarse si ese mismo Cristo «¿alargará la vida al día por autorizar con tan esclarecido milagro un homicidio alevoso de los segadores de Barcelona?». Y aun añadía un argumento de mayor autoridad: «No se paró el sol cuando el catalán Benito Ferrer -un célebre sacrílego quemado por la Inquisición- pisó la hostia consagrada, ¿y quieren los catalanes que se pare en aprobación de la muerte que ellos dieron a su gobernador y capitán general? Hasta el sol quieren sacar de su curso, sin advertir que el privilegio de pararle lo da Dios y no el Libro Verde».

El Libro Verde o Llibre Verd era el códice del siglo XIV que contenía los fueros de la ciudad de Barcelona y, naturalmente -ay del que crea que los problemas del Estatut se zanjarán con una «sentencia interpretativa» por parte del TC- los levantados en armas contra la Corona hacían su propia lectura unilateral.En su fogosa réplica, digna por su vigor y brillantez de cualquier antología del periodismo de opinión, titulada La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero, Quevedo denuncia una falsificación que hoy resulta muy familiar: «Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de cómo los alegan, que los desconocí y, siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren No hay fuero que diga: “Los catalanes sean vasallos sin señor, de quien quisieren, hasta cuando quisieren, como quisieren”».

Pero, además de la falta de base jurídica, Quevedo alegaba, como algunos hemos hecho con relación al nuevo Estatut, que Cataluña hacía un mal negocio intentando romper amarras con España: «Hoy nada es suyo sino la rebelión. Las haciendas son de las armas auxiliares; las vidas, del peligro; las honras, de los huéspedes, y el sagrado santuario, sueldo de calvinistas». Esta última alusión se refería a la situación del monasterio de Montserrat de cuyos tesoros trataba de apoderarse el ejército francés -plagado de hugonotes- que había acudido en ayuda de la Diputación sublevada por Pau Claris.

«Luego no es ni ha sido por el güevo», concluía Quevedo antes de apelar al famoso apólogo aristotélico del caballo que recabó el concurso de un hombre para ajustar cuentas con otros animales y se encontró muy pronto sometido a su vara y sus espuelas: «Vengado, pero sujeto al que lo vengó». La fábula servía entonces para los aliados gabachos, pero resume igual de bien el contrato que la sociedad catalana viene renovando desde el inicio de la Transición con la clase política nacionalista.

Por mucho que se calienten los ánimos en los futuros debates sobre financiación autonómica -Zapatero ya ha comentado que serán la verdadera piedra de toque que hará viable o no la aplicación del Estatut- y por mucho que la garantía de un determinado nivel de inversiones públicas, con la que los demás no cuentan, recuerde algunos de los trucos del Buscón o el Lazarillo, no creo, sin embargo, que nadie llegue a la exagerada descalificación quevedesca, propia de quien no tiene nada que perder cuando compara a los habitantes del Principado con «el ladrón de tres manos que, para robar en las iglesias, hincado de rodillas, juntaba con la izquierda otra de palo y en tanto que, viéndole puestas las dos manos, le juzgaban devoto, robaba con la derecha».

A pesar de que los nacionalistas den a menudo la sensación de estar al mismo tiempo al plato del reparto y a las tajadas de la separación, esta metáfora no es hoy en día de recibo y menos en forma de generalización. Pero cuando Quevedo acierta de pleno y se convierte en premonitoriamente actual es al volver sobre sus pasos y describir a la criatura que está rompiendo el cascarón de ese «güevo» que, ahora en su acepción más literal, ha sido empollado por la fronda de la rebelión antiespañola. «Es güevo de gallo -eso va por los franceses- y produce un basilisco».

V.- NACIDO DE GALLO, DE SERPIENTE Y DE SAPO

Aunque la palabra ya sólo se utiliza por analogía para referirse a una persona tan «furiosa y dañina» como suelen serlo muchos de estos obcecados nacionalistas radicales, la leyenda del basilisco subyugó durante siglos la imaginación popular. Se trataba de un animal mitológico, engendrado por la unión de un gallo y una serpiente e incubado por un sapo, que, al cabo de un largo periodo de gestación, nacía con una corona en la cabeza -etimológicamente basilisco procede del griego y quiere decir «regulo» o «reyezuelo»-, poseía la apariencia de sus tres progenitores y nada menos que la capacidad letal de matar con la mirada. Precisamente por eso no había método más eficaz de combatirlo que llenar las habitaciones de espejos para que su amenaza se convirtiera en autodestructiva.

El basilisco al que se estaba refiriendo Quevedo era la efímera República catalana, parida y proclamada por el concurso de voluntades entre los distintos estamentos de los rebeldes, Luis XIII y su valido Richelieu. Según explica Elliott, aquel engendro «sólo duró una semana y no sirvió más que de fachada para traspasar la propiedad de España a Francia fue una mala jugada del Gobierno republicano de la que los mismos catalanes fueron responsables».El monarca francés se convirtió en el nuevo Conde de Barcelona.Como advertía Quevedo, «mudar de señor no es ser libres». Portugal nunca volvió a la corona española, pero Cataluña fue reconquistada pronto por la fuerza, para gran alivio de la mayoría de sus habitantes.

Si aquella pretensión de entonces de ser «libres con señor» era, según Quevedo, «aborto monstruoso de la política», ¿qué otra cosa puede diagnosticarse ahora respecto a este nuevo basilisco estatutario que establece que la «nación catalana» se constituye en «comunidad autónoma» española, mientras se arroga hasta la «competencia exclusiva en materia de tiempo libre», como si pudiera ser «libre» algo -nada menos que el territorio de Eros y de Cronos- cuando se afirma que «compete exclusivamente» al arbitrio del poder?

Concebido inicialmente a resultas de la tórrida entrega de Zapatero a la fuerza seminal de sus aliados de Esquerra e Iniciativa, durante el calentón de una noche de farra con Maragall y otros amigos; incubado luego, entre varias tentativas de aborto, durante las seductoras visitas de Artur Mas a La Moncloa, pitillo en ristre; y podado al fin, al buen tun tun, de algunas de sus extremidades más aparatosas justo antes del parto, el deforme monstruito lleva ya más de un año correteando entre las palomitas de la Plaza de Cataluña -perdón, de Catalunya- sin que el Tribunal Constitucional se haya dignado aún bendecirlo en su pila bautismal. Como hijo de tantos padres arrastra las taras de todos ellos, sin que la jungla dispositiva de sus tropecientos artículos deje margen para que puedan brillar con limpieza las virtudes de ninguno.Y, al igual que en las leyendas medievales, el basilisco no es solamente una criatura, sino también una atmósfera de ansiedad, inestabilidad y amenaza.

VI.- LA TEMPERATURA DEL AGUA EN EL OASIS

Que nadie espere por parte de Zapatero un impulso clarificador a este respecto. Si por él fuera Maria Emilia Casas se habría olvidado este verano, haciendo submarinismo en un arrecife de coral, la llave del cajón en el que tiene bien guardados los recursos del PP y el Defensor del Pueblo. «Parece que, por temperamento -diagnostica Elliott-, al Conde-Duque le costaba trabajo tomar decisiones claras y netas, sin acompañarlas de fórmulas restrictivas y proposiciones subsidiarias que debilitaban o subvertían la línea de actuación que proponía seguir. Fuera como fuera, daba muestras de tener una persistencia a vacilar hasta que en vez de elegir él su política, la política lo elegía a él». ¿Se acuerdan de aquello de «apoyaré el Estatuto que venga de Cataluña»? ¿Y de aquello otro de «Nación, ese concepto discutido y discutible»? Háganlo en marzo a la hora de votar.

Hasta entonces la única terapia que nos queda es la de los espejos.Cuanto más minuciosamente contemple la sociedad catalana al reyezuelo que se le ha instalado dentro, más posibilidades tendrá de desembarazarse algún día de su yugo porque uno de los atributos de todo basilisco es que «si mira lo que hace, deshace lo que mira». Por eso la participación en el referéndum no llegó al 50%, por eso el índice de insatisfacción política -según el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat- acaba de subir cinco puntos y aúna ya al 60% de los catalanes, por eso en este verano del descontento la crítica política adquiere ya el tono de las increpaciones de la grada del Camp Nou:

«Geli, menys propaganda i més fets», le espetaba el otro día Sergi Fidalgo desde su muy seguida columna de e-noticies a la consejera de Sanidad Marina Geli. «Menys discursos i més metges.Menys demagógia O es que tens accions de les mútues privades i ja et va bé el deteriorament de aquest servei públic? No ets consellera de Salut, ets consellera de la Sanitat Pública de Merda».

Esta es la verdadera temperatura del agua en el oasis. En ningún colegio de la ciudad que fue capital mundial de la edición en castellano se puede estudiar hoy en la lengua de Quevedo. Muy pronto tampoco en sus universidades. En la otrora Atenas de la modernidad se vigilan los rótulos de los escaparates como en Teherán el largo de las faldas. Los únicos records que bate ya la Barcelona olímpica son los del ensimismamiento. Entre tanto el ateo Carod rinde homenaje institucional al suicida Xirinacs en una basílica católica -al que no le guste «que se aguante»- y a Montilla se le sigue poniendo cara de lenguado embandejable.Pero a base de oficializar sus casi cuatro siglos de enemistad y antagonismo con cuanto significaba Olivares, a la Cataluña real parece habérsele contagiado aquella característica tan singular que el nuncio pontificio veía en el valido de Felipe IV: «Siempre quiere hacer ver que en realidad no quiere lo que está queriendo».

Pedro J. Ramírez, El Mundo. Carta del domingo 19 de agosto.

Shocks

Elton Trueblood dijo una vez que “El hombre comienza a descubrir el sentido de la vida cuando planta árboles, a la sombra de los cuales sabe que nunca se sentará“.

La explicación que viene a desarrollar esta frase parte de una idea que, por mucho que lo intentemos, no siempre sabremos comprender. No me voy a poner a filosofar acerca del sentido de la vida, sobre todo porque cada cual puede encontrarle una, varias… o ninguna. Además, nadie puede enseñar a otra persona a andar el camino. Buda quería que cada uno de nosotros (o ellos, o aquéllos… esto va según las creencias de cada uno) aprendiera a andar el suyo propio sin que nadie tuviera que decirnos qué sendero recorrer. El Siddharta de Hermann Hesse tardó casi toda una vida en descubrir el suyo, después de haber intentado varias alternativas a cada cual peor.

Supongo que esa es la idea básica: caminar, siempre caminar. Podrás equivocarte, desandar un trecho enorme, empezar de cero una y otra vez… pero así es como se llega a alguna parte. Nunca el inmovilismo estuvo tan poco de moda.

Así, dice el refranero chino que “si te sientas en el camino, ponte de frente a lo que aún has de andar y de espaldas a lo ya andado“. Entre nosotros también se utiliza mucho ese “Caminante, no hay camino: se hace camino al andar” machadiano con el que otorgarnos pequeñas perlas de misticismo oriental tan en controversia en algunos aspectos con la vieja moral cristiana.

Todo esta parrafada pseudo-profunda viene al hilo de un asunto para algunos (como yo) crucial cuando llueven yoyas: nos encontramos como Gandalf en las minas de Moria cuando intenta averiguar cuál es el camino correcto, llegando a detenernos a pensar antes de que la mera intuición o algún resorte impulsivo nos lancen desbocados hacia la que puede ser la salida incorrecta. Constituye un recurso sabio y, por qué no, en ocasiones necesario, pero no deja de ser irónico que se te exija siempre una respuesta inmediata y resolutiva cuando más necesitas pararte a pensar el siguiente movimiento. Sobre todo porque, al final, el elemento decisorio no siempre viene dado por la sabiduría o una muestra de genialidad: el viejo inmortal descubre la salida porque en ella el aire es más fresco que en las otras dos.

Yo lo admito, tiendo a quedarme en shock cuando me encuentro frente a un problema difícil. Puedo estar así mucho tiempo si no me enfrento a uno, sino a varios incendios a la vez. Me han llovido reproches de muchas partes a cuenta de esta quietud paciente (“la astucia de los que no tienen astucia es la paciencia“, dicen los árabes) con la que observar el desarrollo de los acontecimientos. No, no me anticipaba a la jugada. Sí, esperaba a que el “oponente” moviera primero. Y desde aquí revindico mi derecho a haber actuado de tal manera hasta este momento.

Tal vez, porque creía que no era audaz, ni veloz o incluso interesante… pero sí lo más inteligente. Ahora, algo más viejo y menos ignorante (aunque no demasiado, me temo), me planteo estas reacciones como una representación del miedo que me atenaza. Temor, prudencia y aprehensión van de la mano en mi caso. Vencerlo es siempre mi meta más inmediata, superarlo y cambiar las pautas de mi comportamiento frente a él. Superé miedos peores y afronté situaciones paupérrimas.

Y sin embargo… cuánto cuesta a veces vadear un simple arroyuelo después de haber atravesado un torrente.

Guerras de clanes

La reacción primaria de un animal cuando se siente amenazado oscila entre la huida o el enfrentamiento según el tamaño y el aspecto más o menos peligroso del que tiene enfrente.

En ocasiones, ni siquiera hace falta sentirse así. Basta con querer provocar un cambio actitudinal o un golpe de mando. Los leones o los lobos se pelean a dentelladas por el puesto de jefe. Algo así como un par de trepas pero en estado salvaje.

La idea básica no es promover las ideas que uno pueda tener para “progresar”. No le pidas eso a un ser vivo que camina a cuatro patas, se hace todo encima y no le importa ir desnudo. Tampoco creo que se trate de tener acceso a todas las hembras del grupo… ¿o sí? ¿Se trata, como casi siempre, de sexo?
¿Hasta qué punto un lobo es consciente de la erótica del poder? ¿Un león entiende la gozada que supone dormir en la piedra más alta y estaría dispuesto a matar para no tener que abandonarla? ¿Mufasa se agarraría a la poltrona con uñas y dientes?

Entre familias desestructuradas o rotas, las peleas son constantes, frecuentes y afectan a todos los miembros por igual. Lo mismo el padre y el hijo no se hablan que la madre apuñala traperamente al hermano, mientras la cuñada intenta mediar como buenamente se le ha dado a entender.

La guerra de Troya comenzó por una mujer más que ligera de cascos. La del Abismo de Helm, por una flecha con Parkinson. Como yo no soy menos, la mía empezó con una lata de espárragos.

Cojonudos, además.

No es seria esta Universidad

Publicado en El Mundo.

Cinco años de mi vida -cinco, que se dice pronto- no han servido de nada a juicio de la muy noble Universidad Complutense de Madrid. De las más de treinta asignaturas que he aprobado con mejor o peor esfuerzo todos estos años… sólo aceptan convalidarme cuatro. Y no precisamente las que más costaron.

Resulta que como vengo de una universidad privada y no exenta de cierto prestigio rancio, los baremos con los que se miden ésta y aquélla no valen lo mismo. A modo de sutil ejemplo, para poder entrar en la Privada me pedían una media de 7, un examen de ingreso y algún contactillo por si todo fallaba. Para la Complu, no hace falta más que un 5 pelado y rellenar unos papeles.

Me llamaron ayer (esa es otra, lo que tardan en resolver un contencioso como éste merecería un capítulo aparte, pero no tengo ganas de escribirlo) para contarme la funesta noticia. La primera reacción natural que me salió del alma fue jurar en arameo. La segunda, intentar tomármelo con humor: jo, macho. La tercera, una pregunta para mí mismo. Y ahora… ¿qué hago?

Hará un par de años hice la misma instancia para la Universidad Central de Barcelona. Exactamente con el mismo expediente. Allí, ocurría al contrario: eran sólo 2 o 3 las asignaturas que, oficialmente, no podían convalidarme. Con hablar con los profesores correspondientes se solucionaba todo. En este caso concreto, ¿tengo que hablar con treinta? ¿Todos ellos me la aprobarán? Seamos realistas, eso sería una quimera.

Reconozco que mi capacidad como estudiante dista mucho de ser la adecuada, y que rindo mucho mejor sometido a una responsabilidad diaria que cuatrimestral. Eso no quita para que en cualquier universidad española se pudieran dar facilidades a estudiantes que, como en mi caso, tuvieron que pasar unos años fuera por motivos extra-curriculares. Pero eso no importa. Sólo soy un número. Un dato estadístico.

Da igual que los contenidos en una carrera como Derecho sean prácticamente idénticos o, incluso, que de donde vine fueran más extensos. No, si el número de créditos otorgados a cada asignatura no coincide. Es decir, es una cuestión de forma, no de fondo. Pues qué bien, ¿no?

Ahora, lo que tendré que hacer es devanarme los sesos para convencer a treinta catedráticos (a lo mejor tengo suerte y uno da varias asignaturas y se apiada de mí) para que no me hagan volver a empezar desde cero. O eso, o francamente, me matriculo en la Central de Barcelona y ya iré cada 4 meses a hacer los exámenes. En cualquier caso, esto no es propio de un sistema educativo de un país serio y desarrollado como se supone que es el nuestro. Esto parece, más bien, un cachondeo.

Y, francamente, a mí no me hace ninguna gracia.

 

País

Siempre he sido un ferviente defensor de la libertad de cada uno a pensar como mejor le convenga. Así, nadie me cae mejor o peor por ser de derechas o de izquierdas, independentista o constitucionalista, liberal o conservador, nazi o anarquista.

Otra cosa muy distinta, claro, es que comparta algunas de esas opiniones y no esté dispuesto a discutir y rebatir las que no me parecen acertadas.

No creo que sea útil ni necesario que me retrate y me identifique con unas siglas de partido desde las que partir mi ideología. Soy ciudadano español y me gusta serlo, eso mantiene abiertas muchas puertas y me cierra otras tantas. Comparto algunas teorías de un bando y del otro. Y adoro la política, sobre todo discutirla. En este sentido, cuando vivía en Barcelona recuerdo algunas conversaciones (poquísimas para mi gusto) en cuanto a este espinoso tema. Parece como si fuera un tema tabú hablar de ciertos temas, y la política, si no es para poner a caldo el centralismo y el llamado nacionalismo españolista, no se toca.

Por suerte o por desgracia, he tenido ocasión de vivir muy de cerca los dos movimientos separatistas más importantes de los últimos tiempos: tanto en Cataluña como en Euskadi se respira un aire diferente que te impide desenvolverte como si estuvieras en casa. No lo estás. No lo olvides, me decía a mí mismo. En uno, se me conocía con el sobrenombre de El Madrileño, en el otro… El Español o, si había demasiadas cervezas de por medio y ganas de pelea, El Moro.

Por esa razón, imagino, soy un acérrimo enemigo de los nacionalismos (bien expresado y entendido, por supuesto, como una animadversión ideológica que no traspasa las fronteras de la dialéctica, no nos vayamos a pensar que me lío a hostias con el primero que me saque una estel·lada). Es decir, comprendo que hay una idiosincrasia propia en cada uno de estos lugares, una manera de ser y de pensar que no coincide con otras partes del país. También admito que una lengua otorga cierto estatus autónomo y prestigioso con el que poder diferenciarte. Ahora bien, todo tiene un límite. No por todo lo anterior se ha de suponer que los castellanos somos unos fachas rancios que escuchan a la Pantoja, llevan boina y se hacen pajas pensando en Franco. No es precisamente justo que siempre se acuse a los mismos de ser los responsables de la fractura del país cuando no somos exactamente nosotros los que tensamos las cuerdas del victimismo y los discursos incendiarios. Es decir, unos tiran la piedra, esconden la mano y además señalan al de enfrente como el responsable de la agresión: la he tirado porque no me has dejado más remedio, replican encogiéndose de hombros. Tócate los huevos, tú. Y mejor no hablar de lo que ocurre cuando, por fin, los otros responden con otra pedrada. Sí, mejor no comentarlo porque entonces se arma la de Dios es Cristo.

Como dicen por ahí: país.