Categoría: Sociology

La falacia de la lengua como identidad

La identidad personal está construida a través de capas. Es necesario que sea así para poder mantener el grado de socialización que nos define como especie y que trasciende el núcleo principal de nuestras relaciones más directas. Uno es uno mismo, y luego familiar de alguien, y luego habitante de un edificio, de una calle, de un barrio, de una ciudad, de una región, de un país, de un área, de un continente y así hasta llegar a la propia definición de Humanidad. Pero la identidad no son sólo localizaciones superpuestas. Cada gusto, cada preferencia, cada hábito condicionan a ser uno parte de algo más que identifica a un todo, a veces de forma monolítica y uniforme. Es sano rechazar los estereotipos pero al mismo tiempo nos esforzamos por mantenerlos vigentes: así se mantiene intacto el estándar desde el que reflejarse y con el que interactuar, sea de forma imitativa –con sus convergencias y divergencias respecto a ese canon en función de cuánto queremos parecernos- o de forma evitativa, es decir, siendo todo lo contrario a lo que no se quiere parecer.

La pertenencia es un elemento necesario entre animales sociales, y somos animales sociales. Necesitamos sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos que contraste nuestra definición y nuestro posicionamiento. Es el yo soy yo y las circunstancias que me rodean y los demás yoes con los que me relaciono.

Cuando alguien confronta esa opinión o cuestiona esa creencia, por muy racional o argumentada que ésta sea, nuestro sentimiento de pertenencia se siente amenazado y, por lo tanto, nuestra identidad misma. Se trata, así, de un choque de legitimidades entre la libertad de expresión, la tolerancia a ideas diferentes, la identidad personal y la autoestima. Cuestionar la propia identidad es cuestionar la autoestima, con todo lo que lleva aparejado de respuestas emocionales: agresividad, irreverencia, búsqueda de comparativos que compensen la cadena de errores lógicos y sitúen al otro en un plano falaz. Eso conlleva a expulsar al discrepante de la pertenencia al mismo colectivo imaginario que se superpone a la identidad personal, puesto que nos hemos convencido de que, además de nuestra propia definición de lo que somos, existe una identidad grupal a la que adscribirnos. Con las mismas capas: hay una identidad grupal de familia, de calle, de barrio, de ciudad, de región, de país, de área, de continente hasta llegar a la conclusión de que nuestra identidad grupal como especie es la Humanidad. Todos nos consideramos seres humanos con la misma intensidad que reconocemos al resto como seres humanos.

Sentirse ser humano es fácil. No necesita mucho argumento. Lo verdaderamente difícil es negarle a uno su condición humana como identidad. Ese sería el tronco inicial desde el que tomar todos los puntos de partida posteriores.

La identidad se conforma a través de la experiencia y el aprendizaje. Y éstos se adquieren a través de lo cognoscible por nuestros sentidos. Podemos ser visuales y entonces importa la fisonomía para identificar unos de otros. Los colores, de piel, de ojos, de impresiones. Las proporciones, de altura, de volumen, de pareceres. Se juzga lo que se ve en función de qué me gusta mirar.

Quienes clasifican desde este punto (de vista, de tacto) no son diferentes a quienes lo hacen a través de otros sentidos (de gustos, de oído). Una lengua entra en el mismo ámbito de decisión personal que la ropa que vistes, la música que escuchas, las expresiones con las que te identificas o los sabores que disfrutas. Se enjuicia lo que se oye o se paladea en función de cómo quiero ser visto.

La misma racionalidad se da entre quienes distinguen una raza de las otras que quien distingue un hablante de una lengua de las otras. Ambas son imposiciones binarias: no se decide con qué piel nacer ni cuál se desea más tocar, tampoco las preferencias sexuales forman parte de nuestras decisiones. Aunque tengo la posibilidad de aprender más idiomas no he decidido mi lengua materna, me la han impuesto al enseñarme una sobre todas las demás. Del mismo modo que me puede resultar más agradable escuchar unas que otras (por afinidad o por rechazo), siempre me resultará más sencillo comprender a quienes hablan esa lengua u otras que se parezcan.

La trampa de la identidad por idioma reside en la falacia de su taxonomía: una persona que ni ha pisado ni pisará Cataluña puede aprender catalán pero no por ello serlo. Un catalán que no ha salido jamás de su pueblo puede no hablar catalán y no por ello dejar de serlo. Porque el constructo “lengua propia” no es más que eso, un constructo. Un lugar común desde el que tomar posiciones ideológicas. Un territorio no tiene lengua, no se la ha enseñado a sus habitantes ni hay en la atmósfera local un evocador de palabras. En la misma Cataluña a lo largo de la Historia se ha hablado ibero, griego, latín, germano, árabe, lenguas de transición y catalán y castellano. Y castellano, sí, al menos desde el siglo XV. La identidad personal no te la da el instrumento con el que te comunicas con otras personas. Pero entre ciertos nacionalismos etnicistas sin base racial se ha instalado este elemento como el rasgo identitario diferencial con el que poder hacer sentirse diferente a otro del que se quiere diferenciar. Quebec, Flandes. Cataluña. País Vasco. Galicia.

Federico II, el estupor del mundo, quiso hacer un experimento con niños recién nacidos (a los que crió sin dirigirles palabra ni gesto alguno) para identificar la lengua primigenia y no encontró ningún resultado. Porque no hay lengua primigenia sin aprendizaje. Para que exista una lengua debe haber al menos dos personas que necesiten comunicarse. Para uno mismo, para sus adentros, se puede cuestionar si es del todo imprescindible construir un idioma para identificar pensamientos, emociones, necesidades e instintos, si yo podría bautizarlos con mis propios términos y entenderme a mí mismo. De hecho, el “yo me entiendo” lo conocemos todos como parte de esa disonancia entre lo que nosotros hemos definido interiormente y lo que sabemos expresar hacia afuera.

Y sin embargo, el experimento del Hohenstaufen fracasó (y añadió una veintena de muertes al mundo) porque las lenguas son necesarias para establecer términos complejos que definan, expliquen e identifiquen algunas situaciones que nuestra experiencia no ha sabido explicar o expresar con la suficiente definición. Tan es así, que cuando un idioma no puede alcanzar por sí mismo un término, expresión o experiencia, lo toma prestado de otro que sí lo ha hecho. No es que entonces se enriquezca (que también), es que si no lo hiciera terminaría por dejar de ser útil y desaparecería. El valor de un idioma se mide por su utilidad. Lo demás, simbolismos incluidos, es romanticismo.

Escribo en este idioma porque es el que me resulta más fácil para poder explicarme mejor que otros que hablo y pienso. Es gracias a esta lengua –podría haber sido otra- que puedo permitirme expresar lo que llevo dentro. Forma parte de mi identidad, sí, pero no lo percibo como un elemento fundamental. No dejaría de ser quien soy si hablara otra lengua o empezara a hacerlo ahora. Si mañana se decidiera una lingua franca para todo el mundo no me sentiría molesto o perturbado en mi identidad, mientras siguiera pudiendo identificar mi realidad con las palabras que necesito. El problema sería entonces que alguien me prohibiera pensar para mis adentros en la forma que lo hago. Que alguien cuestionara mi identidad por la forma en que me relaciono conmigo mismo. No tendría ningún sentido. Pero, por lo visto, lo tiene para los que consideran la lengua el elemento definidor de su identidad. Que se sintieran menos ellos, menos lo que les define, si otras personas que no son ellos no hablaran como ellos. Y por ahí entra mi rebeldía, y la evidencia de la trampa que supone semejante arbitrio.

La imposición de identidades siempre resultan conflictivas y no conducen a ninguna parte. Por eso me han resultado siempre tan ridículos los que dicen “qué pone en tu DNI” o “eres y morirás siendo español” (como afirmación del hecho que una identidad administrativa confirma una identidad personal) como el que llama “mal catalán”, “botifler” o niega directamente la catalanidad al que no piensa en catalán o el que no lo fundamenta como rasgo de nacionalidad (como afirmación del hecho de que una identidad personal conforma otra identidad personal).

Por ese mismo motivo cuesta tanto aceptar la nacionalidad de Cataluña por su base lingüística. No es un rasgo definitorio de la expresión de una realidad colectiva suficiente. No es definitoria (Cataluña seguiría siendo lo que es si el catalán no hubiera existido) ni es homogénea (apenas la mitad es catalanoparlante y la proporción no es la misma en todas partes) ni es monolítica (no todos los catalanoparlantes hablan el mismo tipo de catalán). Y el catalanismo lo sabe, por eso necesita esforzarse, con fiero ímpetu, a defender una lengua que, si fuera tan definitoria del hecho diferencial, su mera existencia bastaría para confirmarlo. Pero como no es suficiente, es necesario añadir la amenaza de otra lengua, el castellano, y de quienes se expresan en ella. Porque no pueden coexistir como lo han hecho durante siglos.

Por supuesto, pensar así es excluyente. Pero es que el ser humano es excluyente por naturaleza y para dejar de serlo es necesario realizar un proceso de transformación en el que la identidad personal no se ve cuestionada, minusvalorada o empobrecida al contacto con otras. Como eso supone un esfuerzo –o una adaptación al entorno- una significativa mayoría prefiere permanecer en su zona de confort y asumir esa exclusividad como parte natural de su identidad. Cuando se pone peligroso es cuando un número crítico de personas comienzan a exigir uniformidad y que todos los demás sean como ellos o, al menos, no se discuta lo que dicen o lo que sienten. La identidad personal queda entonces sometida a la identidad grupal, caracterizada por llegar a los extremos.

Mi identidad no se siente amenazada por su existencia, ahora hostil. Las cosas que hacen no me empujan a radicalizar mi discurso o a reforzar algunas partes de mi forma de pensar o de identificarme. Hablo por mí sabiendo que hay mucha más gente que sí se ha visto empujada hacia la polaridad. Cuando no consigues congregar el consenso general alrededor de una afirmación, es posible que ésta no sea del todo cierta. Tal vez la humillación que tanto temen sea precisamente que sus principios fundamentales tengan grietas y fallas.

Lo que inevitablemente lleva a preguntarse qué hacer. A dónde conduce esto. Podemos dar por perdidos a los más fanatizados. Quien ha construido su identidad (aunque sea con bases inestables) ya no va a deshacerse de ella a menos que lo haga de forma voluntaria y gradual. El trabajo está en hacer ver, a quienes aún quieran ver, que su identidad, inalterada, es compatible al contacto con otras igualmente inalteradas. Nadie sano y cabal va a cuestionarle la pertenencia o la identidad a un catalán en España por hablar y sentirse catalán. Otra cosa es que eso suponga un hecho diferencial que le confiera poderes, que sea superior, o siquiera diferente. Que es susceptible de crítica tanto como lo puedo ser yo o lo que represento o lo que me conforma. Ninguna de esas críticas cuestiona lo que soy o lo que siento. No se habla mal de Cataluña por criticar el catalanismo. No se es anticatalán por tener una opinión legítima cuestionando sus dogmas. Tampoco se es antiespañol por ser catalanoparlante, lo siento por quienes se lo creyeron y lo disfrutaron.

 

De ahí mi idea, personal e intransferible, de que bien llegamos al compromiso de entablar relaciones entre personas iguales donde ninguno hacemos gala de resaltar nuestras diferencias para sentirnos especiales y reclamar injusticias, o bien cada uno tire por su lado y juntos, en armonía, construyamos un buen y sólido muro.

(Editado)

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El origen de los nombres de los meses y los días

Se tarda un segundo en pronunciar la palabra ‘segundo’. Pruébenlo. ¿No es increíble?

El tiempo es el nombre que pusimos a la magnitud en continuo avance. Pero hicimos algo más que ponerle nombre al concepto. Lo fraccionamos. Lo acotamos desde su mínima expresión hasta cantidades más propias de imaginación que de medición perceptible. Nanosegundos. Era. Eón.
Y aunque podría ser interesante dedicar el próximo trío de miles de palabras en hablar del tiempo, no somos tan ingleses.
Algunos de ustedes se habrán detenido en la palabra segundo. La habrán leído un par de veces, pensativos. Y se habrán hecho la misma pregunta que me hice yo: ¿por qué llaman segundo a lo que va primero?
La respuesta la heredamos como todas las demás acotaciones de lo que llamamos tiempo.
Hoy es lunes 15 de abril. Para explicar por qué llamamos así los días y los meses hay que remontarse a los tiempos en que los hombres dejaron de tirarse excrementos los unos a los otros y se olvidaron de desparasitarse. Cuando miraron las estrellas y uno de ellos comprobó que éstas se movían y volvían cada cierto tiempo exacto. Los primeros cálculos prometían, ahí tienen los Stonehedge de Inglaterra o Gagal Refaim de Siria, pero tenían que ser los egipcios, que montaban pirámides como urbanizaciones costeras, los que se dieran cuenta de cuánto duraba un año y cómo debían dividirlo.
Somos la suma de pequeñas partes sumerias, griegas, hebreas y romanas. Cada una de ellas empezó contando con los dedos, y ese sistema à la vieillefueron los orígenes de los sistemas decimal y sexagesimal que aún utilizamos hoy. Para los profanos como yo, explicar estos sistemas puede hacerse recurriendo a lo fácil: cuenten sus dedos de las manos y obtendrán el por qué del sistema decimal. Palpen con el pulgar las tres falanges de los cuatro dedos restantes de su mano de escribir y comprenderán por qué usamos también el sistema sexagesimal con múltiplos de seis y doce.
Centrados en el cálculo del tiempo, imagínense con bonetes en la cabeza y barbas hasta el pecho y que se llaman Hammurabi o Nabucodonosor. Son ustedes babilonios, nietos de los sumerios, y acaban de calcular la duración de un año en trescientos sesenta días fijándose en el movimiento del sol y las fases de la luna.
Los babilonios tenían por esclavos a unos cuantos pueblos de los alrededores que luego se establecerían por su cuenta. Entre ellos a unos que venían de un sitio llamado Judea y que volvieron a casa con la lección aprendida. Esto será importante más adelante cuando, a la hora de contarles los cuentos a sus hijos, dijeron que Dios creó el mundo en una semana y que su mesías nació el último día del año oficial, un 25 de diciembre.
 Los egipcios también habían pasado por ese yugo, pero gracias al Nilo, y sus crecidas puntuales como un reloj, comprendieron que los años babilónicos tenían un desfase de cinco días y los añadieron al final de año empezando desde lo que hoy llamaríamos 25 de diciembre.
Mientras tanto los primeros griegos, los mismos que disfrutaban llamando Estado a su granja, pensaron por su cuenta. No parecía dárseles mal. Siendo Grecia una región montañosa, la agricultura era un bien escaso y precioso.  Su idea fue basar el cómputo del tiempo en lo que les daba de comer, dividiendo su año en tres estaciones de cuatro meses. Sus cálculos habían partido el año en doce meses alternando uno de veintinueve días con otro de treinta. Si se fijan, verán que faltan días. Ellos también se dieron cuenta y, en lugar de cambiar la duración de cada mes, prefirieron complicarse la vida intercalando un mes extra de cuándo en cuándo.
Y aquí es donde entran los romanos en escena.
Estos tipos tenían el clásico cacao de culturas y tradiciones propio de quienes preferían que inventaran otros. Hasta a sus dioses. Así, se apropiaron del calendario griego basado en la agricultura y lo adornaron con lo que habían oído que hacían los egipcios, más precisos. Pero había algunos matices que no encajaban.
Para empezar, porque los romanos habían crecido basando su cálculo del tiempo en las fases de la  luna y pretendían copiar sistemas basados principalmente en el movimiento del sol. A partir de ahí, el caos.
Les costó seiscientos años adaptarse a la semana. Ellos contaban los días de una forma mistérica y de a ocho, siendo el octavo día el de mercado, que lo llamaban día nueve (dies nundina) para hacerse los graciosos. Además, tenían un pavor malsano a las supersticiones. Desde la palabra amor (inverso de Roma, considerada tabú) a los números pares. Treinta es número par y hasta ahí podían llegar. A esos meses les añadieron un día. Pero habían olvidado los dichosos cinco días extras de jolgorio que usaban los egipcios y con el paso del tiempo se vieron con un mes de diciembre en pleno otoño.
Ahora es cuando se pone interesante. El año comenzaba en marzo, herencia griega del inicio de la siembra, que los romanos adoptaron bien por aquello de que era más fácil invadir a otros con buen tiempo. Hasta que un poblacho llamado Numancia les hizo planteárselo mejor. Si se preguntaban por qué el año empieza en enero, la culpa es de Soria.
Los cargos electos duraban un año natural. Debido a la inexactitud de su planteamiento, el año natural lo determinaban los augures añadiendo o quitando días a capricho. Un cónsul con bastante influencia, digamos un Julio César, podía alargar sus años de mandato sine die.
Julio César es, precisamente, básico en esta historia. En el año 46 a.C. tenía un poder absoluto que comenzaba a ser motivo de conspiraciones. No necesitaba alargar años para cumplir mandatos y, libre para hacer y deshacer, decidió acabar con aquel sindiós.
Lo hizo bastante bien, teniendo en cuenta cómo todos los calendarios anteriores tenían varios días o incluso meses bailando: el nuevo calendario juliano tenía un desfase de sólo once minutos al año.
Pero un Papa de Roma creyó que once minutos era cosa de herejes. Algo de razón tenía, no se crean, puesto que, con el paso de los siglos, esos once minutos hicieron que el mundo conocido fuera diez días por delante de lo que debería.
Gregorio XIII (1502-1585) aprovechó la jugada para retocar los días que le tocaban a cada mes y ajustar lo que conocemos como años bisiestos. De un día para otro se pasó del 4 de octubre de 1582 al 15 corrigiendo el desfase. Ya estaban otra vez a buenas con el universo. Y así nos llegó el calendario gregoriano, el que usamos hoy en día.
Lo que no hizo Gregorio, ni ninguno de sus sucesores, fue cambiar los nombres de los meses ni de los días de la semana, algo que le agradezco porque así puedo contarles el origen pagano de todo este tinglado.
Se podría separar los nombres de los meses en tres grandes apartados: los originales con carga simbólica, los que fueron cambiados o quisieron cambiarse y los que simplemente marcan el ordinal que les correspondía desde tiempos remotos.

En el primer apartado están los seis primeros meses del año.

 

Enero era el mes de Jano [januariusjanero – enero]. Jano era un dios raro hasta para los romanos. Como los demás dioses, no fue cosa suya aunque tampoco vino importado de Grecia. El dios de las dos caras era dios supremo de la guerra de los etruscos, las primeras víctimas de los romanos. El problema es que no encajaba con Ares-Marte, el guerrero oficial. Temerosos de desencadenar la ira de cualquiera de los dos, no fuera a ser, decidieron reciclarlo y convertirlo en el dios de la transición y los cambios. Sin embargo, a pesar del cambio, nadie quiso enfurecerle por si las moscas, y eran las puertas de su templo, no las de Marte, las que debían permanecer abiertas mientras durara una guerra.
Cuando Soria provocó el cambio del inicio del año, pareció el mes más adecuado para ser el primero en celebrar el Año Nuevo.
Febrero se llamó así por ser el mes en el que se celebraban las Februa [februariusfebrario – febrero]. Las Februa eran rituales anuales para purificarse por todas las acciones cometidas durante el año. El misticismo y las ganas de explicarse inventarían un dios Februo a toro pasado por pura superchería: a los romanos no les hacía mucha ilusión la idea de bautizar el mes en que moría el año con el dios del inframundo Hades-Plutón.
Marzo fue dedicado a Marte [martiusmarcio – marzo] y podría considerarse la versión original de ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Marte probablemente se sentiría satisfecho teniendo el mes en que las nieves se retiraban y se podía invadir mejor. Con marzo comenzaban las campañas militares, la razón de ser de Roma no sólo por prestigio y expansionismo, sino algo mucho más mundano. Su estilo de vida les llevó a necesitar el oro de los botines de guerra para sobrevivir. ¡Están locos, estos romanos!
A pesar de la cantidad de dioses que tenían para bautizar meses, a los romanos no se les ocurrió ninguno gracioso para el mes en el que se abren las flores, así que en un alarde de creatividad lo llamaron ‘el mes en el que se abren (las flores)’ [aprilisabrile – abril].
Mayo ofrendaba sus días a los ancestros [maiorismaius – mayo]. El mos maiorum era el código de conducta fundamental de la sociedad romana, basado en la costumbre de los ancestros. Si a los romanos no les apetecía inventar lo que podían copiar de otros, tampoco iban a ser muy originales con las costumbres. De este término podría provenir el de mayoría, puesto que eran pocos e insignificantes los que no seguían los rectos principios morales que se aplicaban en Roma. Como los romanos no daban puntada sin hilo, el por qué de llamar así a este mes también se podía superponer con la puesta en marcha de los ejércitos hacia el lugar del mundo que habían decidido subyugar, liderados por los maiores, es decir, los grandes de la república.

En cambio, junio era mes de los pequeños [iuniorisiunius – junio]. En disputa con Juno-Hera, madre de dioses, que no pintaría nada en un mes veraniego, aunque sí lo harían los juniores, los pequeños, no siempre niños, que no tenían edad para servir en las legiones y que aprovechaban el principio del verano para salir a pillar cacho y casarse. Eran otros tiempos, claro. Raro era el que llegaba a abuelo y había que espabilar.

Pasado junio, los demás meses tenían por nombre el ordinal que ocuparon originalmente. Pero algunos fueron cambiados e incluso a otros les conoceríamos por otro nombre si no hubieran sido promovidos por los personajes menos adecuados.
Julio fue conocido anteriormente como quintilis, el quinto. Marco Antonio, encaprichado de Cleopatra, lo cambió a julio para que César no se enfadara mucho, cosa que él celebró pasando olímpicamente del asunto, demasiado ocupado en morir apuñalado.
Octavio Augusto fue el primer emperador de Roma, y por si eso no fuera bastante, además era sucesor del propio Julio, su sobrino-nieto y fue adoptado por él en sus últimos años. Fue divinizado y el amo absoluto. Sin embargo, también fue él mismo quien bautizó sextilis como agosto, movido por un ataque de celos y de rivalidad con su antecesor. Iniciaba sin saberlo la moda de rebautizar meses de nombres intrascendentes por emperadores machos.
El problema era que los encargados de esculpir los nombres de los meses en las tablillas tenían cosas mejores que hacer como, por ejemplo, no morir ajusticiados por cualquier tirano de los que se hicieron con el poder:
Tiberio, sucesor de Augusto, llamó a septiembre tíber, pero como no le aguantaba nadie se cambió a su muerte.
Calígula, sucesor de Tiberio, también quiso probar suerte. Como su antecesor abusó de la costumbre de matar, llamó germánico a tíber-septiembre. A su muerte, como había sido aún más odiado que Tiberio, también se quedó con un palmo de narices.
Nerón, sucesor del sucesor de Calígula, tonteó con la idea de bautizar meses tal y como lo hicieron sus antecesores (y como haría también Domiciano años después). Pero nada, que no había manera de que a la gente les gustara eso de ponerles más nombres a los meses.
Y así, tras el vergonzoso intento de Domiciano de llamar domicio a octubre (septiembre estaba muy quemado con tanto cambio y la gente estaba mareada) la decadencia de Roma se hizo más patente cuando dejaron de intentarlo y ni siquiera se molestaron en actualizar los ordinales de los meses, aunque esto probablemente se deba más a la dichosa superstición romana, muy de capa caída, de dejar las cosas que funcionan como están.
No pocos debieron verlo patente el Año de los Cuatro Emperadores. Pero esa es otra historia.
Noviembre y diciembre son hoy en día el remanente de lo que antaño fuera el viejo sistema de medición del año, desfasado pero aún así vigente.
Los días de la semana tuvieron un origen ligeramente diferente. En ellos se puede observar la profunda división que provocaron las invasiones bárbaras. Debemos tener en cuenta que la semana de siete días no logró imponerse en Roma hasta la era de Constantino, ya en el siglo IV, y pronto convertidos al cristianismo como religión oficial del Imperio. Entretanto, la expansión cultural había hecho mella en los pueblos germánicos, que adaptaron la semana a su manera y con sus propios nombres cuando lo creyeron oportuno.
Es importante apuntar que el cristianismo se expandió con relativa lentitud en Europa, mucho más de lo que cabría pensar a estas alturas, pues aunque todo el Imperio Romano se bautizó porque no les quedaba otra, en Escandinavia tuvieron otros cinco siglos de mitología nórdica hasta San Olaf. Los noruegos tuvieron mucha culpa en la propagación de sus propios mitos y dioses en cada drakkar que navegaba mares y ríos. Saqueaban que daba gusto verles.
Lunes. Día de la luna en (casi) todas partes [dies Lunaelunae(di)es – lunes].
Lunes, lundi, lunedi, monday, montag… todos significan lo mismo: día de la luna. En otros tiempos era el segundo día de la semana. Lo prueban los portugueses, soberbios ellos, que lo llaman segunda-feira.

Martes. Día de los dioses de la guerra, Marte para nosotros [dies Martimarti(di)es – martes].
Martes, mardi, martedi, tuesday, dienstag… recuerdan al dios de la guerra. En los países del norte a Marte se le conocía como Tyr y las mil variantes de los orgullosos hablantes de lenguas que quieren ser nación: cada uno tenía la suya y de ahí que no se entiendan unos a otros cuando dicen martes. En Portugal, en cambio, se decidieron por el coqueto terça-feira por aquello de no molestar y tal.

Miércoles. Día de Mercurio para los latinos [dies Mercuriimercurii(di)es – miércoles], día de Odín para los vikingos y sus pobres víctimas [Wodens-daeg/wednes-day/Wednesday].

A los noruegos se les ocurrió pensar que su todopoderoso Odín, padre de dioses, era mucho más macho que un diosecillo con pies alados que huía como una nenaza del combate, por lo que se olvidaron pronto de él y se quedaron con su tuerto barbudo. En Lusitania, por no variar la costumbre, es quarta-feira.

Jueves. Día de Júpiter para los sureños [dies Iovisiovi(di)es – jueves], día de Thor para los bárbaros [Thures-daeg/Thurs-day/Thursday].
La razón por la que unos y otros dedican este día a dioses aparentemente distintos (Júpiter siendo el pez gordo de los dioses, Thor un rubito cachas con un martillo que vuela) es debido a que ambos utilizan rayos y truenos. Afortunadamente para los portugueses, a ellos su quinta-feira les suena menos lluvioso.

Viernes. Día de Venus [dies VenerisVeneris(di)es– viernes], que a los germánicos les dio por rebautizar como Frigg o Freya [Freyyas-daeg/Fri-day/Friday] porque su diosa del amor estaba más buena y machacaba cráneos como era debido y no peleaba como una chica, con grititos y tirones de pelo. Lo que pasa es que los lusos se quedaron en sexta-feira y así les va, de fado en fado y tiro porque si no me enfado.

El fin de semana es especial. No sólo por lo que a días libres se refiere, el que los tenga, sino por su propia denominación. En este punto nos olvidamos de todo lo dicho anteriormente y damos un salto evolutivo en ambos casos. Los cristianos del sur modificaron los nombres dados originalmente y los convirtieron en conmemoraciones religiosas, mientras que los nórdicos se adaptaron a las antiguas denominaciones romanas y las tomaron para sí. Un curioso salto multicultural que, por cotidiano, no llama mucho la atención.

Sábado. Día de descanso [del hebreo SabbathSabato – sábado] para los mediterráneos, el día de Saturno para todos los demás [dies Saturni /Saturn-day/Saturday]
Hasta los portugueses se olvidan de sus feiras y se suben al carro del buenrollismo con su sábado.

Domingo. Día del Dominador (dies DominicusDominicusDomin(cu) – domingo), día del Sol para todos los que prefirieron seguir con la moda romana [dies Solis/Sonn-daeg/Sun-day/Sunday], ‘día en el que no se trabaja’ en países eslavos.
Cuando Constantino instauró la semana y poco tiempo después decidió cambiar el día del culto al sol (demasiado parecido a Mitra, que se parecía demasiado a un tal Cristo) por el día de lo que podríamos llamar Dominador, teniendo en cuenta que los esclavos llamaban dominus a sus amos y que de ahí vienen los don que interpretamos como prefijos de cortesía para los nombres propios, nos haríamos una idea de lo mucho que le había afectado. Tanto meterse con los partos, ‘esclavos del Divino Rey’, para acabar igual. Por eso los nórdicos pasaron de Constantino y, en cambio, los portugueses no.

La próxima vez hablaremos de Soria.

Escraches

Una tal Plataforma por Afectados por la Hipoteca (la_PAH) decide que es buena idea ir a ver a los políticos a sus casas. Y la idea es buena en origen si tenemos en cuenta que un ciudadano normal y corriente, ustedes y yo mismo, no tenemos mucho más que hacer cuando queremos hablar con ellos.

En los días que vivimos la distancia entre clase política (casta, buena forma de definirla) y la clase villana es sideral. Están en horas bajas, su credibilidad es prácticamente nula. Yo soy el primero que no daría un duro de madera por ellos. No me gustan.
Comprendo que tras una sucesión de cantamañanas e incapaces al frente nos han colocado como un país en el que lo mejor que puede aportar al mundo político son cretinos. Cualquiera que me haya leído con un poco de interés sabrá, pues, que no son mis aliados. Pero los escraches no me gustan.

Porque el problema no es el qué, sino el quiénes y el cómo.

Utilizo un seudónimo para escribir estos artículos con mayor libertad que si firmara con mi nombre auténtico, pero tampoco sería más reconocido si lo hiciera. Yo soy un don nadie. Por eso, si quisiera que los que toman las decisiones en mi nombre escucharan lo que tengo que decirles, habría pocas formas de conseguirlo realmente. Realmente, damas y caballeros.

Supongamos que yo quisiera hablar con la alcaldesa de mi villorrio. Digamos que tengo algunas ideas (o simplemente me apetece quejarme ante la que manda) y que me gustaría conocer su opinión. Idealmente podríamos mandarnos mails, cartas certificadas, organizar reuniones o encuentros, incluso conseguir que una cosa llamada ILP (Iniciativa Legislativa Popular, LOGSE: queremos que esto sea asín y no asán y somos medio millón de tíos diciéndolo) medio obligue al menos a un debate parlamentario. Vale, pero yo sigo en casa sin noticias de la alcaldesa.Porque ella no responde mails si no son personales. Las cartas certificadas se las queda su secretaria y no llegan jamás a su despacho. Las reuniones o encuentros sólo valen para los que tienen dinero que ofrecer a cambio. Las ILP necesitan medio millón de firmas y la mía no vale tanto, si total, yo sólo quiero saber por qué diablos hay tanto socavón en las calles o por qué cuesta tanto encontrar sitio en mi calle, que es zona verde pero parece zona de guerra.
El escrache es la respuesta, sí. Si me presentara en casa de los Aznar y llamara al timbre tendría más opciones de hablar con ella que de otro modo. La cosa es, ¿llamo sólo al timbre?

¿Y por qué no aporreo la puerta y grito cosas así como enfadado y como si quisiera hacer daño a alguien? Seguro que funciona. ¿Por qué no dejo el dedo puesto en el timbre y dejo que eso moleste y cabree a los de dentro? Porque se supone que quiero hablar con la alcaldesa, no putearla. A menos que, en realidad, lo único que quiera es salir en las noticias.
La_PAH puede decir lo que quiera en sus eslóganes, pero lo que salió en las noticias no eran unas personas (afectadas e indignadas) que iban a casa de políticos para hablar con ellos. A lo mejor soy un tipo quisquilloso, pero si aporrearan mi puerta y escuchara gritos furiosos al otro lado, iba a abrirles la madre del topo. No ocurriría la conversación que, se supone, iban a buscar.

Pero yo no me llamo Esteban González Pons. Ni tengo hijos tras los que indignarme por el miedo que pudieran meterles en el cuerpo. Un hijo mío, tal vez, les habría abierto la puerta y muy probablemente no habría pasado nada. Digo muy probablemente porque la gente puede estar cabreada, pero no será tan gilipollas como para pagar su cabreo con un niño aunque sea el hijo de un diputado del PPSOE. Aunque claro, la demagogia es útil y eficaz cuando no te ves en esas tesituras ni tienes un hijo al que jugarle la integridad o el pescuezo. Porque siempre hay una manzana podrida que se cree con derecho a todo con tal de que llegue su mensaje. Admitámoslo sin avergonzarnos mucho.

A todo esto, damas y caballeros, ¿cuál es el mensaje que querían transmitir? ¿Cuántos de ustedes lo saben? ¿Salió en las noticias junto a la cara de Pons?
Porque, oigan, lo del drama de los desahucios es sinceramente eso, un drama. Pero no podemos quitarle la razón a los que dicen que nadie puso una pistola en la cabeza a todos aquellos que se hipotecaron para comprarse un piso. No podemos aunque quisiéramos, aunque moleste pensar que esas hipotecas eran (y aún son, las pocas que se firman) abusivas e infladas e incluía cosas muy feas como más dinero para un coche o un viaje o cláusulas suelo o intereses usurarios. Pero así y todo la gente firmaba. Todos, toditos los de la_PAH firmaron encantados de haberse conocido, y habría que ver cuántos lo hicieron con genuina voluntad de tener un lugar donde caerse muertos, cuántos lo hacían porque “alquilar es tirar el dinero” y cuántos lo hacían para vivir del negocio de ir vendiendo cada vez más caro. Porque la_PAH es una y no cincuentayuna y no distingue a unos de otros. Y estaría bien saber cuántos de los que estuvieron en la puerta del lloroso Esteban habían perdido el hogar que querían fundar para sí y su estirpe y cuántos, sencillamente, habían perdido más de lo que pudieron permitirse en una apuesta que salió rana.
Porque tampoco podemos quitarle la razón al que dice que no son pocos los que querrían vender su pisito a precio de burbuja y no simplemente quedársela porque no tiene nada más. Porque los hechos, damas y caballeros, van un poco más lejos que el drama de los desahucios que han costado vidas y han logrado que los políticos sean también asesinos. Porque muchas de las viviendas desahuciadas son segundas o terceras, las de la playa o la sierra, y alguno habrá en la_PAH que no quiera perderlas sin que el banco malo y especulador le devuelva las cuotas o quisiera volver a 2007 para no meterse en un charco. Ese es el problema de los hechos, que no siempre se ponen de acuerdo con lo que a mí me gustaría.
Que la dación en pago es exactamente el tipo de compensación ideal si no pagas la hipoteca, pero eso no arregla los desahucios porque dar el piso en pago implica que deja de ser tuyo y el nuevo dueño puede echarte igual si no pagas su alquiler (que entonces ya no es “tirar el dinero” sino “lo más humano”). Que me llama la atención cómo algunos se metieron en camisas de once varas como si las cosas nunca pudieran salir mal. Como si los pisos nunca fueran a bajar. Como si firmar algo no implicara tener que cumplirlo. Como si eso de leer la letra pequeña se lo dejo a los que tienen estudios. Como si “es que el director de la sucursal me dijo otra cosa” o “no me contó eso” fuera realmente una excusa que valiera. Pero no, escrache y a por ellos.

Y el problema del escrache no es que sea una mala idea, porque no lo es. El problema es este escrache, que sólo sirve si vas buscando un tipo al que culpar de problemas que te has creado tú solito. Porque sí, es fácil decir que toda la culpa es de los demás, de otros, de terceros, de ese que pasa por ahí, de los judíos, de los inmigrantes, de los catalanes o de Madrit. O de los bancos. O de la casta política. Porque ni por asomo voy a decir que puedo ser tan culpable como ellos. Porque es más fácil ir a casa del politicucho que a la del director de la sucursal que te puso la hipoteca en la cara, que es amigo y me saluda por la calle. Porque a toro pasado es muy fácil arrimarse al que de verdad le han hecho una faena que merece su propia vida y decir que eres otra víctima. Porque a riesgo de mi independencia y de tirar el dinero yo no me he hipotecado. Porque no me gusta que por una mierda de minipiso me pidan 120.000 leuros y cuarenta años esclavizado por un banco. Porque el precio de la vivienda es un problema que la_PAH no está buscando resolver, y ese asunto merece otra entrada. Porque ahora el kilo de político está barato.

Y su cara partida, un pequeño consuelo.

Profecia autocumplida

Se dice que una profecía (LOGSE: decir algo que va a pasar más tarde) basada en fundamentos realistas puede llevar a un cambio de actitud que termine por convertir en realidad lo que hasta entonces sólo fue teoría, desembocando en el cumplimiento de la profecía.

A Aquiles le profetizan que si va a la guerra de Troya no verá crecer a su hijo pero será recordado por generaciones. Algo así como decir “chato, si vas y lo das todo serás el amo pero morirás allí”. Y guerreó, claro. Y fue el amo, claro. Y murió, claro. Pero no murió porque una profecía lo había impuesto. Murió porque estaba el primero en todas las batallas, quería matar a los peces más gordos y desafió a todo el que se le puso tonto. Quizá conocer esa profecía por su propia madre influyó algo en su ánimo.

Paul Krugman, nóbel de Economía en 2008, profetiza que Grecia saldrá del euro y que España será un corralito a la argentina, y eso sólo para empezar. Al margen de su verdadera capacidad para hacer esta clase de pronósticos, suponemos (debemos suponer) que Krugman es un hombre influyente. Que algunos le hacen caso o al menos se paran a pensar si no tendrá razón el hombre. No sería mucho de extrañar que esos mismos que le hacen caso se pongan manos a la obra y saquen las zarpas de España o, los más, apuesten directamente en su contra.
Inciso: porque sí, damas y caballeros, en el mercado actual es posible apostar en contra de algo o alguien basándose nada más y nada menos que en chuparse el dedo y esperar a que el viento sople. Se les llama opciones.
Con semejantes premisas es relativamente fácil que una profecía se cumpla.

Ahora bien, las cosas pueden complicarse un poco más cuando dejamos a un lado la influencia y el nombre y simplemente tiramos de lugares comunes para tratar de profetizar algo.
Supongamos ahora un movimiento civil pensado, motivado y movilizado por una causa lo bastante evanescente como para incluir a todo el mundo. Lo mismo puede ser “la crisis” que “los políticos” o “el Madrid ganó por fin”. Gente anónima con el corazón a la izquierda o la derecha. Tan es así que desde el principio se renuncian a símbolos que pudieran excluir a alguien.
Aquí la profecía autocumplida viene de lejos. A los conservadores no les gustó el 15-M. La sociología y la psicología antropológica intentan decirnos que mientras el de izquierdas es activo y militante, el de derechas es pasivo y expectante. Casos aislados aparte.
Los columnistas más reacios no tardaron en ver motivos por el que espantar a los derechistas, que en ningún momento fueron malvenidos. Primero dijeron que la acampada se hacía en Sol, donde está la sede de la Comunidad de Madrid (PP) y no en otra parte donde hubiera socialistas. El argumento es flojo, ¿verdad? También lo pensaron ellos, que rápidamente fueron a buscar a los comerciantes que tienen sus tiendas en Sol. Tener la plaza abarrotada de gente no es positivo para las ventas, decían, si éstos sólo están ahí protestando en lugar de comprar. Así que protestan por los protestones y se quejan de la ruina que supone para ellos que, día sí y día también, los accesos a sus tiendas estén colapsados de gente. Parece que nadie les explicó el concepto de márketing, pero eso a los que estaban en contra de las protestas les daba igual: ahora tenían dos argumentos que explotar. Y pronto le añadieron un tercero, el de que el movimiento de los indignados no era otra cosa que un hatajo de perroflautas, vagos y maleantes. Izquierda pura y dura.

Pero, ¿por qué iban a estar los derechistas en desacuerdo con el 15-M en pleno gobierno socialista? ¿Por qué iban a estar en desacuerdo si los motivos del 15-M eran asumibles por cualquiera? No lo estaban. Pero la profecía autocumplida hizo su labor:
a. El derechista se desahoga desde casa o el trabajo. No se va a pasar frío o calor a la calle pudiendo decir lo mismo en un foro de internet o una columna de periódico.
b. El derechista temía que el movimiento fuera acaparado y explotado por la izquierda.
a+b. El derechista no se presenta en Sol y le deja todo el espacio a la izquierda.

¿Quiere esto decir que los columnistas tenían razón? No, pero al igual que Aquiles o Paul Krugman se aseguraron de tener razón: un año después las imágenes de las concentraciones son otras. Ya no se da la misma espontaneidad y heterogeneidad de doce meses antes. El imaginario colectivo ha aceptado la tesis de que el 15-M es (y por tanto se presume que siempre fue) de izquierdas. Porque:
a. El izquierdista gusta de expresarse en la calle, sea pasando frío o calor, además de decir lo mismo en un foro de internet o una columna de periódico.
b. El izquierdista temía que el movimiento fuera aceptado y bienvenido por la derecha.
a+b. “El 15-M es y será de izquierdas. No queremos a la derecha en él”.

Asumimos que parte de un movimiento estará formado por extremistas, porque los hay en cualquiera. Y asumimos que a esos extremistas se les llama así por su condición de llevar ideas y actos al extremo de lo aceptable.
Un extremo de lo aceptable podría ser, por ejemplo, que hubiera policías infiltrados en las manifestaciones, concentraciones o grupos de cotorras “para montar follón” y darles una excusa a los antidisturbios para disolver a porrazos, algo nada imposible dada la propia naturaleza de la guardia, intocable e ininsultable, altiva y arrogante.
Inciso2: la lógica intenta explicarnos que un policía tiene que tener un rango ligeramente superior al de un civil para que su autoridad sirva para hacer su trabajo. La misma lógica explica que esa condición afecta a la propia percepción que el madero tiene de sí mismo, haciéndole creer el amo del cotarro aunque todos tengamos un jefe: él te puede llamar de todo menos bonito. Tú a él no.
Así las cosas, cualquiera que en un momento dado tenga ganas de armarla en una concentración donde se reúne lo mejor y lo peor de cada casa es, por definición, “un policía infiltrado”. Esto tiene que ser así por dos razones:
1. Dada la condición de alguno de los miembros del movimiento, es mejor vendar la herida antes: si montas alguna bronca te llamaremos policía, lo que significará que te echamos del grupo, lo que significará que eres de los nuestros siempre que no te salgas del guión.
2. Pero al mismo tiempo, y conocida la naturaleza de los más extremistas, libera de toda responsabilidad a los reunidos: cualquier violento es madero. Aunque no lo sea.

Desde el otro lado las perspectivas tampoco mejoran. Si la Policía teme que algún exaltado empiece a liarla y tienen instrucciones de mantener el orden público (tratar de diseccionar este concepto da para otra entrada), estarán tensos y a la que salta en cualquier ocasión, sea cierta o no. Y además dan por sentado que cualquier detenido dirá que es inocente aunque no lo sea. Y si lo es, “estabas en el momento equivocado y en el lugar equivocado, pero vas a comisaría igual. Será injusto, tal vez, pero esto es lo que hay y te jodes porque no pienso comerme el marrón por ti y te denunciaremos igual”. Y además liberarán tensiones y adrenalina. Profecía autocumplida: se temen disturbios y la misma Policía los agrava.

Y así hemos llegado a este punto crítico. ¿Tal es la fuerza de algunos que pueden influir tanto en los demás? La práctica dice “sí” aunque la teoría diga “no”. ¿Por qué entonces las profecías autocumplidas se cumplen? Porque suponen el deseo de muchos: en el caso de Krugman el deseo es la ganancia de dinero rápido y fácil apostando por lo mismo que apuestan unos cuántos. En el caso de los derechistas es victimizarse de lo poco que les quieren. En el caso de los izquierdistas es reivindicarse con algo que se les da bien. En ambos, además, está el pavor a mezclarse unos con otros.

Autocúmplanse ustedes también.

Pecados Nacionales VI

Ayer un terremoto sacudió Lorca, un pueblo de Murcia, patria chica del imprescindible Yepes y de una conocida mía. Nueve muertos, cientos de heridos, casi todo el pueblo dañado.
De por sí la noticia es terrible, un trágala infame que de cuándo en cuándo la tierra nos receta sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo.

En España ha habido terremotos desde que la Península es península, es decir, dos días antes del nacimiento de Fraga. La lista de terremotos es corta, pero cuajadita de desastres [1][2]. Lorca no es menos, si acaso añade una nueva triste entrada.

Aquí la tierra tiembla a menudo, pero casi siempre de forma que casi ni nos damos cuenta. A veces, por desgracia, la sacudida es lo bastante fuerte para que haya que lamentar pérdidas irreparables.
En el mapa de aquí a mi siniestra se exhiben las ‘zonas calientes’ de temblores, lo que demuestra que no es una novedad.

Se ve que alguien ya avisó de que algo así podía ocurrir, no hace ni tres meses. El problema es que no se puede hacer más de lo que se ha hecho: nada.
Como podemos ver el cielo, somos capaces de predecir -con mejor o peor exactitud- el tiempo que va a hacer y prevenir en lo posible. Gracias a las fases de la luna también podemos calcular con precisión las mareas del mar y plantear alternativas. Pero lo que hay debajo… eso es otro cantar.
Lo ocurrido en Lorca es muy triste. Se puede describir con más palabras, pero con el mismo resultado.
Nueve muertos son demasiados. Sobran nueve.

Para variar, los hay que sólo saben aprovecharse de este tipo de desgracias, cada cuál de un modo distinto pero igualmente amargo, desde mi modesto punto de vista.
Vivimos en unos tiempos en los que la inmediatez impone sus normas, y son duras y crueles.
El papel de la clase política, cuando pasa una desgracia, es el de representar el dolor común. Para eso están donde están y ganan lo que ganan. Podremos discutir el modo en que expresan ese dolor, habrá opiniones en muchos sentidos, pero nadie pondrá en duda que lo hacen de corazón. ¿Nadie?
Es difícil sostener esa idea si ves a unos cuántos sonriendo a la cámara en pleno minuto de silencio. De acuerdo, estamos en campaña. ¿Todo vale?
Convenimos todos – o casi – en que el gesto de salir a las puertas de cada Ayuntamiento y quedarse ahí parados un minuto es mejor que ninguno, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer mejor. Creo que no es difícil aceptar que nada se puede hacer por quienes acaban de dejarse la vida en algo que no han provocado, ni han querido, ni se han buscado, ni nada que pueda dar lugar a cualquier cuchicheo socarrón. Precisamente por eso la tragedia es tanta. Nada menos que una bonita muestra de solidaridad, ese es el mínimo exigible. Pero incluso en esas tienen que hacerlo a su manera: convocando a los medios. Que nadie se quede sin saber que tal o cual político estuvo firme y silencioso.

No quiero criticarles hoy. No a ellos, no viendo a otros peores: los medios.
En serio, no aprenden.
Terremoto en Lorca. Muere gente, edificios derruidos o seriamente dañados. Cobertura impecable y puntual de cualquier pormenor. Quien puede, emite morbo. Quien no, lo describe. Hasta ahí, lo acostumbrado.
Los hay que creen que su forma de informar transmite cercanía con los afectados y el resto, se sienten el nexo de conexión y gozan con ello. No era esto, pero se admite a falta de nada mejor.
El problema es otro y viene después, cuando la inmediatez impone que, pasado el terremoto y pasadas las imágenes, haya que recurrir a algo más para exprimir el tema. Es la hora del alarmismo fácil.
Unos atizan al de enfrente, porque no sólo los políticos están en campaña. Basta cruzar una mínima línea y ninguno se priva de hacerlo. ¡Aprovechemos el momento sensible para meter nuestra mierda del día! ¡Mirad a ese o a esa, lo que han hecho! Les seguimos el juego publicándolo, pero… ¡ah, qué horror!

Pero incluso eso entraría dentro de lo razonable, o al menos no por novedad.
Tampoco es novedad lo que hacen otros: sacar el alarmismo a pasear en cuanto creen que eso servirá para vender más caros los anuncios. Varios informativos le han echado minutos a expandir la sensación de miedo.
¡Terremoto en Lorca! ¡Muertos, desastre, pueblo arrasado! ¡Podría pasarle a usted!
Podría pasarle a usted. ¡Suenan las alarmas! ¡Que panda el cúnico y la histeria se desboque doquiera! Si usted, avispado lector, vive en un edificio de más de treinta años, ¡desespérese! ¡Dé rienda suelta a su miedo! ¡No repare en gestos y palabras! Quéjese ante alguien, métase con alguien más bajito que usted, lanze algo o simplemente llore a gusto, porque… ¡desde ayer su vida corre un inmenso peligro!
Nadie hasta ahora se había dado cuenta de ello. Antes de ayer el concepto ‘terremoto en España’ era algo etéreo, irreal, una cosa que sólo sucedía en sitios muy lejanos como Japón o Californa. Por eso, nadie había tenido nunca ningún problema por vivir en edificios de más de treinta años. Es más, solían ser más apreciados cuanto más antiguos fueran hasta que se han convertido en el nuevo coco. Que pasados muchos años sigan en pie debería decir algo a su favor, y que aquí no abuden los terremotos desastrosos tampoco pero… ¿dónde estaría la noticia, entonces? ¡Un terremoto puede devastar un pueblo! ¡El suyo!
Así que déjenos cambiar su perspectiva y permítanos meterle miedo en el cuerpo. Deje de sentirse a salvo en su propia casa vieja, plantéese comprar uno nuevo -y de paso sea patriota-, monte gresca en el Ayuntamiento, concéntrse en la pueta del Colegio de Arquitectos. Si puede ser, júntense muchos y todos al mismo tiempo, eso sería aún mejor: así tendremos más cosas que sacar en los próximos informativos.

Quiero ser banco

A nadie le gusta sentirse el perdedor en una historia de finales agridulces. Si alguien señala con el dedo al responsable de un mal, éste tenderá a defenderse o a echar a su vez la culpa a otros en una espiral sin fin que, precisamente, es lo bueno que tiene: que de tanto mirar para otro lado al final no paga nadie el pato.
Los perdedores de mi primera paja mental en dos años son todos aquellos que se metieron en hipotecas a partir de 2007. Mucha gente que en su fuero interno tienen cara de primo y, precisamente por ello, luchan como fieras por librarse del sambenito (para los de la LOGSE: era un traje especial que hacían ponerse a los malos cristianos cuando les pillaban, lo de San-Benito-todo-junto es otra historia).
Se habla mucho de ‘especulación’, y a mí, como me divierte toda palabra que tenga un culo, me da la risa floja cuando tantos y tantos alzan sus voces contra los ‘especuladores’ [pfff] que han causado la ‘burbuja inmobiliaria’ a causa de las ‘recalificaciones del suelo’ promovidas por ‘grupos de presión’ hacia ‘elementos municipales presuntamente imputados por cohecho y apropiación indebida’ que…
¿Lo veis? Es muy fácil perder el hilo. ¡Mire mi dedo, mírelo bien, qué bonito es mi dedo!

¿Qué pasa con los pisos?
Según el Instituto Nacional de Estadística, el INE para los iniciados, en 2010 el número de hipotecas constituidas (LOGSIANOS: gente que no tenía pasta para un piso y pidió prestado al banco) para cualquier tipo de casas era de… tachán tachán…
_¿Cero?
_¿Menos mil?
Casi. Novecientos cincuenta y seis mil ciento veintisiete. Vedlo en números, que impresiona todavía más: 956.127 hipotecas nuevas.
¿Pero no habíamos quedado en que el precio de la vivienda en España estaba sobrevalorada desde hacía tiempo? ¿No se supone que está todo el mundo (toooodo el mundo) gritando cosas como ‘los bancos’, ‘los especuladores’, ‘los mercados’ y ‘que la vivienda baje ya, coño’?
Asegurémonos. Todos estamos de acuerdo con que “la crisis” empezó formalmente desde 2008, que es cuando a ZP se le escapó por primera vez ese palabro.
Dicho esto, en 2009 se constituyeron 1.082.587 hipotecas nuevas. En 2008, año de pánico y crujir de dientes, 1.283.374.

Teniendo en cuenta, siempre según el dichoso INE, que el precio medio de vivienda en España está en 1.825,5 leuros el metro cuadrado (un precio muy alto), ¿debemos entender que, según el INE, hay más de 3 millones de gilipollas? La respuesta, amigos míos, es un rotundo no: en España hay 14.722.533 gilipollas, que son los que pagan el impuesto por ser persona física. Para ser un país de casi 50 millones, aquí hay mucho golfo suelto que, en lugar de pagar al Estado, le paga al constructor, ¿y extraña que incluso con crisis y los pisos sobrevalorados haya gente que los compre?
_Será que no hay mucho donde elegir y por eso los pisos son caros.

El inmenso erial (céntrico, muy luminoso, exterior, preciosas vistas, mejor ver)
En 2001 (no encuentro datos más recientes) había 3,1 millones de pisos vacíos. El 80% de la costa de España, desde un kilómetro atrás del litoral, está ocupado por viviendas. Eso, amigos, es más de 2500 kilómetros de casa. A mí me huele un poco a chamusquina.
Supongamos (ingenuamente) que la construcción de estos últimos diez años ha ido al mismo ritmo que la compra de pisos y que todo piso que se ha construido ya tenía comprador. Olvidemos Seseñas y Valdeluces y metámoslas en el saco de paparruchas imaginarias para asustar a los niños. Seguiría habiendo 3 millones de viviendas deshabitadas.

¿Qué pasó?
Supón que tienes un dinerillo y eres amigo de un alcalde de pueblo costero. Has leído que muchos guiris invaden España en busca de un retiro dorado al más puro estilo (cutre) de Florida o Atlantic City sin casinos pero con bingos. Te has enterado de un terreno a diez kilómetros del mar (o de la ciudad) que se vende por cuatro perras porque no vale ni para sembrar (todos los terrenos más cercanos a la playa, repito, todos, ya están cogidos). Coges al alcalde y le prometes un diez por ciento. El tipo te lo recalifica en urbanizable en lo que tarda en decir ‘qué hay de lo mío’.
Has oído que los costes de construcción se reducen cuanto más gordo sea el proyecto (y más sacas al mismo tiempo), así que en lugar de hacerte una casita con jardinazo versallesco, que valdría un millón, decides hacer una macrourbanización de 60.000 viviendas a 300.000 la unidad. Echas cuentas y la cifra te produce micro-orgasmos oculares. Mentalmente ya tienes el megayate, el jet privado y el palacio en los Hamptons.
Te pones a construir, por fuera muy vistoso pero con los materiales más baratos posibles. No terminas de verlo vendible. Ya hay mucha urba, mires donde mires hay casas, has puesto mucho dinero en juego y todo esto lo estás haciendo para forrarte, no lo olvides. Lees en alguna parte que un campo de golf, por cutre que sea, revaloriza las viviendas un 20% sólo por el hecho de que haya verde alrededor. Si además difundes que lo ha diseñado un golfista profesional, aunque sea el número 800 del mundo, la cosa se dispara. Visualizas una isla en el Índico y tú clavando un cartel con “Propiedad Privada” escrito en él.
La acabas. Cóctel de inauguración, señores traje oscuro, señoras traje largo, SRC. Un famosete de animador y un par de fulanas repartiendo puros para caldear el ambiente. Un par de periodistas a sueldo te cubren el evento, tus manos están desolladas de tanto frotártelas… vas a forrártela de oro, ¿qué podría salir mal?

Lo que no sale en los periódicos hasta que es demasiado tarde
Escoge la opción que prefieras:
a. Alguien de la oposición se ha enterado del chanchullo y, como no ha pillado cacho, se ha ido de la lengua. El alcalde está imputado (presuntamente), no coge el teléfono y se ha paralizado la concesión de las cédulas de habitabilidad.
b. Un informe de impacto medioambiental que nadie había querido leer llega a manos de un periodista con síndrome de Woodward y te monta un circo mediático. El alcalde no se pone ni en el despacho. El Ministerio de Medio Ambiente interviene con la UME. Greenpeace saca sus ballenas. Oyes las máquinas de derribo llegando en la distancia.
c. No vendes ni un triste bajo. La competencia te la tiene jurada y te las clavan todas. El alcalde se ha vendido a otro y te ha borrado del messenger. Los proveedores hacen cola con garrotas. No tienes ni para el autobús.
d. Se te acaba el dinero antes de acabar las obras. Incluso con lo que has ganado vendiendo sobre plano estás seco (obviamente, en lo que respecta a la legalidad). Amarras con lo que puedes y te fugas con la secretaria pechugona. Tiras el móvil al mar y que le den por culo al alcalde.
e. Todo era un pufo pensado para llevarte cuanto más, mejor. Te lo montas para que los estafados sean todos hijos de la gran Bretaña. Le dejas el marrón a un Ministro y que el alcalde se las apañe como pueda. No tenías teléfono ni lo tienes ahora. Te vas a la República Dominicana.

¿Resultado? Una panzá de casas que no sirven ni de adorno y unos cuántos campos de golf que merecen trasvases, broncas y unas cuantas bofetadas que se llevan hasta los que no tienen culpa. Y es que, ocurra lo que ocurra, al final siempre aparece un señor de Murcia.

Aquí pringamos todos
Venga, hablemos como adultos. Aquí hubo mucho listo que quiso subirse a la cresta de la ola cuando venía crecida y esperaba convertir el barro cocido (ladrillo) y la arena solidificada (cemento) en oro. Vieron la oportunidad y montaron inmobiliarias, constructoras y demás y esperaron la lluvia de maná en metálico. Se volvieron locos (¡más ladrillo, es la guerra!) y de pronto se dieron cuenta que se habían pasado un poco, pero sólo un poco: había más casas que gente. Así que se inventaron un bulo (“Comprar es invertir. La vivienda nunca baja. En España hay cultura de compra, no de alquiler”) y se aprovecharon que Trichet (un tipo que sólo decide cuánto vale el dinero) estaba en plan generoso para que todo quisque presumiera de metros cuadrados, zonas comunes, acabados de lujo, memorias de calidades y domótica en el baño.
¿Cuántos borregos balaron al mismo tiempo y corrieron a su inmobiliaria más cercana? ¿Tú, astuto lector, fuiste uno de ellos? No te preocupes, no te vamos a tirar huevos. Por no hacer, ni siquiera te vamos a dar una palmadita en la espalda. A fin de cuentas, tú también querías ser un listo. No podías quedarte con la sensación de que podrías haber ganado un dineral por poner tu firma en un par de escrituras, la de compra y la de venta, y no haberlo hecho. Tú también querías dinero fácil. Los malos, todos lo sabemos, son los bancos.

¡Ah, el Eje del Vil Metal! ¡Sus et aellos!
Ellos te obligaron con cantos de sirena, ofreciéndote incluso más de lo que necesitabas, incitándote a que con ese dinero compraras muebles, ¿y por qué no un coche? ¿Y unas buenas vacaciones después? Oh, qué odiosos.
Los bancos. Yo de mayor quiero ser banco: cojo, hago lo que me sale de los huevos, utilizo dinero que no es mío y juego con él a mi entero capricho, me dejo timar pese a mis cuatro másteres y posgrados por otros bancos que quieren quedárselo todo, lo pierdo en un visto y no visto y, ¿qué hago? Pido más.
‘Rescate financiero’ al canto, pánico desatado e histeria colectiva. Es que vivir sin bancos suena taaan siglo XIX…
Pero lo mejor, lo más genial de todo esto, ¿sabéis qué es? Que no pasa nada ni va a pasar nada.

Ir pa’ ná es tontería
Sí, mucho twitteo nervioso, algún grupo en Facebook, estas mismas líneas apresuradas… pero aquí se acaba. Nadie irá a protestar, ni a retirar sus ahorros, ni a exigir penas de cárcel. Y al próximo que se prejubile con un bonus de nuestros millones, le desearemos externamente lo peor mientras internamente desearemos ser él y tener un momento para preguntarle sin ocultar nuestra admiración:
_Tío, en serio, ¿cómo lo haces?

Y así funcionan las cosas. Unos pocos que tienen mucho y unos muchos que tienen poco. Equilibrio comercial, lo llaman.
No todos lo aceptan sin más, claro. El lenguaje ultra-progre está trufadito de expresiones grandilocuentes como ‘redistribución’, ‘comercio justo’, ‘altermundismo’. Piensan que con sus palabras (sus actos no siempre son congruentes) moverán conciencias y apelarán a la generosidad del mundo occidental. Pero la base del problema no está en si la gente es más o menos generosa: ya sabemos que no lo es, y que la tendencia, por sistema, es arañar cuanto más, mejor. Ellos los primeros.
El lenguaje liberal (o neo-liberal, en función de a quién pregunte) está igualmente plagadito de mensajes inspiradores [oooh!] como ‘libertad de mercado’, ‘supresión de barreras comerciales’ o ‘globalización de los mercados’. Éstos apelan a la otra parte de la conciencia, la avaricia, porque otra cosa no, pero de eso no se conoce aún el límite. Si alguien tiene mucho, la norma es que quiera más porque gasta más y necesita más en una espiral interminable. Luego, cuando has traspasado la frontera de lo grotesco y estás entre los diez tipos más ricos del mundo, te puedes permitir gestos como donar la mitad de tu inagotable fortuna, comprar una mina de plata porque te apetece hacer algo por tu pueblo o montarte ONG’s. Pero para eso, tienes que haber ansiado amasar y amasar y amasar dinero. Y conseguirlo.
El canon (LOGSE: lo normal) dice que los que buscan algo parecido a justicia representan el Bien y los que sólo miran por ellos y están dispuestos a todo para lograrlo, el Mal. Pero el canon también dice que el Bien siempre gana.
¿Y quién gana siempre? La banca.

¿Feliz cumpleaños?

Se me acumula el “trabajo” después de autoproclamar mi propio mes de vacaciones pagadas y dejar por el camino una redecoración, un par de proyectos y la sartén con la que freía los huevos.
A todos los que se dieron un paseo por aquí estos últimos días y se encontraron con que me rascaba el forro con demasiada fuerza sólo puedo decirles que “ya os vale, panda de vagos” y que fue sin querer queriendo.

Cuando desperté esta mañana y me tomé el primer café -sin pensar en que antes de salir podría ser una buena idea mirarse a un espejo para ver si la almohada se puso creativa con mi pelo durante la noche, y parece ser que le dio un punto kitsch a juzgar por cómo me miraron en el bar- no tenía ni idea de que hoy, uno de septiembre de 2009, era un día especial. Bueno, en realidad no más que cualquier otro que esté de aniversario, pero todo freak de la Historia con mayúsculas sabe que tal día como hoy, hace 70 años, el mundo cambió para siempre. Y, tal y como solemos hacerlo los humanos, empezamos a hostias.

Hace 70 años unos tipos altos, rubios, con cara cuadrada y cascos redondos -comandados por un tipo bajito, moreno y cara de triste con gorra de plato, curiosa ironía- se pusieron a pegar tiros a los vecinos que tenían a su derecha, unos meapilas que vivían en un país que se llamaba como un programa de TV3 Polonia. Apenas unos días después, los vecinos que éstos tenían a su vez a su derecha, envalentonados de vodka y a ritmo de balalaika también entraron pegando tiros. Lo que en lenguaje militar se conoce como “movimiento de tenaza” y en lenguaje castizo, “una putada de cagarse por la pata ‘abajo”.
_Espera, espera… ¿me estás diciendo que Hitler, un redomado fascista, y Stalin, un bigotudo comunista, se pusieron de acuerdo para invadir Polonia juntos y en alegre compañía?
No sólo eso. Unos pocos días antes se había firmado el Pacto Molotov-Ribentropp por el que ambas democratísimas potencias se repartían el espacio que había entre ellas, desde Finlandia hasta Rumanía. En ese pacto, ambos prometían no mandar un obús demasiado fuerte para así tener un problema menos y facilitar las cosas en eso de invadir y tal.

El único problema, con el que ya contaban, era que los llamados Aliados (entonces UK y Francia, USA aún no tenía amigos con los que juntarse) no tardaron ni dos días en declarar la guerra a Alemania, y todo porque los polacos, que se olían el pastel, obligaron a los ingleses a firmar con ellos un tratado por el que si “alguien y-no-miro-a-nadie” les invadía, Londres inmediatamente se pondría de uñas. Fuera quien fuera, como por ejemplo un país que empieza por A y termina en ‘lemania’.
Stalin, que se olía la jugada, supo esperar unos días para invadir su trozo de terreno y evitar así que los Aliados se enfadaran también con ellos. No sólo eso, en un asombroso movimiento de cadera, consiguió por un lado salirse con la suya en lo que a invadir se refería y estar a buenas con los guiris.
Mientras, la gabachada temblaba y no por nada: a fin de cuentas, Polonia no es tan grande y una vez que se hubieran hartado de matar cosacos, a los alemanes no les quedaría otra que mirar hacia el oeste para calmar sus ansias de expansión, en un valiente eufemismo llamado “espacio vital alemán” que venía a ser, así a ojo de buen cubero, el mundo entero y parte de la Luna.
Merendados los polacos, y oficialmente en guerra con Francia, a los alemanes les dio por ponerse chulitos: que si ataco, que si no ataco, que si “huyyy, ¡mosqueo!”… dejando a los pobres franchutes con un ataque de nervios de aquí te espero:
_Pero ¿vais a atacar ya, pour l’amour de Dieu?
Hitler, mientras, les miraba de soslayo con sonrisita cabrona. No por nada, sino porque se divertía viéndoles cocerse en su propia salsa, sin atreverse a disparar primero, mientras Dinamarca se rendía sin pegar un tiro y Noruega sólo resistía un par de meses. Con el Norte asegurado, decidió que ya era hora de andar lanzando petardos por el oeste… pero aún esperaría un poco más antes de sacudir a quienes realmente quería.
El 10 de mayo de 1940 termina la espera invadiendo a cascoporro, que para eso son nazis. Para que os hagáis una idea de lo brutos y eficientemente alemanes que eran, en tan sólo mes y medio Francia (que se suponía tenía el ejército más grande de Europa) firmó el armisticio, se rindiera y les regalara París y dos tercios siempre y cuando fingieran que seguían mandando ellos, poniéndose como nuevo nombre el de una conocida marca de agua que habían bebido en la comida aquella mañana. Una vez sometidos los enemigos del continente, y toda vez que empezaba a hacerse el loco cada vez que Stalin intentaba llamarle, al enano del bigote a lo Charlot (no, Franco no) se le antojó que quería poder cazar el zorro en Hertfordshire y qué mejor manera de hacerse amigos que bombardeando Londres durante siete meses.

A partir de aquí, según todas las películas chachis que nos hemos ido tragando, se supone que los malos -los nazis, por si hay algún despistado- empezaron a perder. Es lo que tiene Hollywood, que está lejos. En realidad, antes de lo que se dice “empezar a perder” a los de la cruz gamada y el saludo romano les dio tiempo a merendarse Libia, Yugoslavia, Grecia, Bulgaria, Hungría y Rumanía (e Italia se conseguía Albania y un trocito de Túnez). Y todo en apenas un año.
No, en realidad cuando empezaron a perder fue cuando al enano austriaco (país que se anexionó por su cara “bonita” en 1938) se le metió entre las cejas que, como ya no le quedaba nada por invadir, tan sólo le quedaba la URSS para ahostiarse. Y en invierno, además, que los chulos en realidad no eran ni fueron nunca los madrileños, sino él.
3 millones y medio de soldados alemanes entraron en la Unión Soviética el 22 de junio de 1944. Pensaron que, como se merendaron Francia en un mes, antes de Navidad habrían llegado a Vladivostok (que, para los que no han leído nunca a Ibáñez, es la ciudad rusa más oriental, casi fronteriza con Corea del Norte) porque “ellos son asín“.
_Pero… ¿no fue algo parecido lo que hizo palmar a Napoleón?
Eso es lo que nadie se explica. Que un enano coñón la cagara 100 años antes y otro enano coñón no hubiera aprendido la lección. Una verdadera lacra para nosotros, los enanos, tener a semejantes tíos como referentes: de los tres millones y medio que entraron en Rusia, apenas 900.000 pudieron volver por patas para morir de camino a Berlín. Eso sí, dejaron tras de sí unos 25 millones de muertos entre rusos y amigos.

El resto es ya de sobra conocido. Que si los americanos, que si a Ben Affleck le ponen los cuernos en Pearl Harbour, que si Tom Hanks salvando al soldado Ryan y Vin Diesel palmando en plan héroe…
Así nos luce el pelo.