Categoría: Politics

Adèu, Espanya

Me hago eco de un artículo que escribió Antonio Elorza en El País el día de Nochebuena. En otro momento, tal vez, indaguemos acerca de quién cometió el error de permitir su publicación y cómo no se procuró “recortarlo“…

Del largo artículo que se publicó tanto en papel como online, los fragmentos que me resultan más interesantes por todo lo que se puede sacar de ellos son los que me he permitido copiar y pegar aquí.

La respuesta de un seguidor del Gobierno, sea ciudadano o medio de comunicación, frente a alguien que exprese preocupación por el futuro del Estado español consiste siempre en advertir que si hay algún problema, ello se debe a la irritación suscitada por la política de Aznar en el pasado y que además no hay que ser alarmista. Ejemplo: el Estatuto de Cataluña ha entrado en vigor, y España no se ha roto. (…)”

Empiezas dando fuerte, Antonio. No puedes definirte como “centroizquierdista” y empezar un artículo en El País hablando de “seguidores del Gobierno” en la primera frase. ¡Vas pidiendo guerra!
_Pero, oiga… ¿no tiene razón?
Tal vez. Es decir, evidentemente la estrategia principal del Gobierno socialista en esta legislatura (y se me ocurren ejemplos de otros partidos también) ha sido la de echar balones fuera por sistema hacia la oposición y enmarronarla incluso si sólo puede hacerse de refilón. ¿Maleni es una incompetente y se juega su cuello ministerial? “¡Sacad el Prestige e Irak!”, ruge Pepiño desde el timón mientras intenta dominar una nave a la deriva. Es sólo un ejemplo. Y me estaba desviando de Antonio.

Lo que él viene a decir con esa entrada atilesca es que la actual cúpula socialista no parece ser muy consciente del monstruo que han estado alimentando estos cuatro años ni qué dimensiones acabará adoptando el problema. Sólo les interesa hacer ver que “otros lo hicieron peor” pese a que sea algo bastante discutible.

(…) no hace falta incurrir en predicciones apocalípticas, pero sí tomar conciencia de que en los últimos años ha subido en flecha la cotización del independentismo en Euskadi, y con especial intensidad, en Cataluña. El “desapego“, por usar la palabreja del presidente Montilla, es hoy una realidad en tierras catalanas. Al comienzo de la década no lo era. (…)“.

No hay más que ver cómo anda el ambiente en foros y tertulias. “España nos roba” (bueno, ese es un clásico imperecedero), “España no nos deja jugar al fúrgol” o “Todo lo que viene de España no funciona, por eso queremos la independencia“. Este último sí que es nuevo (gracias, Josep Lluis), y explota en una única frase todo el cinismo que se puede aprovechar utilizando errores clarísimos ajenos -lo del AVE es incomprensible cómo no le ha costado el puesto a Álvarez- y colar en ellos algunos propios y endosárselos a “España” (¿se manifestaron 200.000 personas pidiendo la independencia cuando se hundió el Carmelo? ¿Cuando se levantó la liebre del 3%? ¿Cuando no atienden las iniciativas populares por poco que les gusten?). Jo, eso sí que es un chollo.
_Pero hombre, no me saque temas tan lejanos como el Carmel o el tres-per-cent, y lo del bilingüismo en las escuelas o lo de las Oficinas de Garanties Lingüistiques son argumentos de los fachas para atacar a Catalunya…
Gracias por sacarlo a colación. Lo de “atacar a Catalunya“, me da a mí, es un argumento de paletos para desviar un ataque a la (mala, negligente, sectaria o simplemente no compartida) gestión de unos pocos políticos y convertirlo en un asunto que atañe a todo un pueblo que es nación.
_Pero es que en Castilla hay mucha catalanofobia…
En “Castilla” no había esa “catalanofobia” (nacionalismo-provincianofobia, más bien, volvemos a englobar a todos en los asuntos concernientes a unos pocos) hasta que saltó el tema del Estatut.
Tema que, por cierto, domina buena parte del artículo de Elorza (deje de distraerme, coño) y que suscita no pocas suspicacias en el autor en cuanto a las consecuencias que podrían derivarse de un rechazo del Constitucional de los artículos más polémicos del texto.

La situación catalana es preocupante, en la medida que se funden en ella: a) una dura competencia política, que lleva a los partidos catalanes a entrar en una subasta anticentralista de afirmación de catalanidad radical; b) la frustración por la viscosa elaboración del Estatut y, c) como consecuencia de ambas, un espacio abierto para el ejercicio de la xenofobia contra todo lo que huela a español (…) Paralelamente, autodeterminación e independencia comienzan a ser aspiraciones que ya no están limitadas a una pequeña minoría, y sobre todo, fruto de la inseguridad y de los debates sobre las esencias nacionales en la gestación del Estatut. La irritación de un sector de la opinión pública catalana que en fecha reciente sufriera la catastrófica gestión de la llegada del AVE a Barcelona, las ha hecho crecer de forma exponencial.

Sí, Antonio, es cierto, siguen siendo una minoría aunque ya no lo son tanto como antes en los que (ay, qué tiempos aquellos) Esquerra no rascaba bola en las autonómicas y ya se daba con un canto en los dientes si Pilar Rahola podía ir al Congreso.
_Es que, oiga, el derecho a decidir…
Sí, por supuesto, hay un derecho a decidir, pero cuidado: lo mismo a muchos nos da por exigir el derecho a decidir un modelo centralista como el francés. Tendríamos exactamente la misma legitimidad que aquellos que propugnan exactamente lo contrario. Y a poco que salga bien, les chafa el invento a los caciques de siempre y, hombre, tampoco es eso.

Entretanto, ¿qué pensaba Zapatero?, ¿qué pensaba Rajoy? El segundo y sus corifeos han sido bien claros: (…) desgastar al Gobierno. De ahí que en vez de reflexionar sobre la reestructuración del Estado de las autonomías, hayan preferido recuperar las formas añejas de nacionalismo español, dando así carnaza a sus adversarios. Al Gobierno esto acaba favoreciéndole, en la medida que le permite desviar todo hacia la aburrida pelea de carneros. Por su parte, a la vista de lo sucedido en la gestación del Estatut y de las fracasadas negociaciones de la tregua con ETA, Zapatero debe opinar que carece de importancia, no sólo lo que suceda a largo plazo, sino cuanto pueda pasar más allá de la formación de un nuevo Gobierno bajo su presidencia.”

Porque, al final, eso es lo único que importa: el poder, la poltrona. ¿Qué más da si acaba por no haber nada que gobernar? ¡Mejor ser el Rey de Nada que Don Nadie de Algo! Si además el único partido (por el momento) que puede hacer realmente algo por solucionar el asunto en realidad no hace nada porque también está obcecado en lo mismo pero al revés y sin saber muy bien de qué modo atacar a alguien al que sistemáticamente le resbala todo lo que diga… pues apaga y vámonos: los pequeños han descubierto la torpeza de los grandes y aprovechan las circunstancias para llevarse todo lo que puedan.
_¡Arrambla con todo, Ramón, que éstos aún tienen para rato!
Luego vendrán las quejas, claro. Los chiquitines, porque se olvidaron de las bombillas y las reclaman. Los grandes, por haber sido tan estúpidos.
Mientras tanto, nosotros los sufridos espectadores -que, además, pagamos entrada periódicamente- seguimos temiendo que el teatro acabe derrumbándose y nos hagan también pagarlo. Así lo dice también Antonio:

Por un lado y por otro, en el Gobierno y en el PP, impera la máxima de que lejos de nosotros la funesta manía de pensar algo tan complicado. Campo libre entonces para que progresen las identidades maniqueas, una asesina, otra ensimismada, la tercera vuelta al pasado. Todo ello en una Europa entregada a favorecer los movimientos de separación“.

Porque, eso sí, en lo que se refiere a las últimas consecuencias, siempre se recula por el mismo sitio:
_Somos Europa (que decidan ellos).

¿Lo somos?

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Redskins vs Skins

Me he levantado esta mañana con la noticia del asesinato de un “antifascista” en el metro. Triste resulta morir por ideas extremas, pero más aún matar por ellas.

Hoy no pretendo hacerme el gracioso con algo así. Es lo suficientemente grave como para no hacerlo. Y menos aún, cuando entre todos los que aquella tarde-noche estuvieran en Legazpi, bien podría haber un par de conocidos míos… en cada bando.
He tenido la suerte (o la desgracia, según se mire) de conocer a todo tipo de personas a lo largo de mi vida. Me resulta del todo incomprensible que haya gente que sólo conoce y se relaciona con “los de su cuerda y tal vez un poco más allá“. “O fachas o rojos, pero por favor que no se le ocurra a nadie de la orilla de enfrente hablarme o le suelto un ladrillazo“, vienen a decir.
No sé, será que yo he sido más bien rarito en eso.

Por eso, recuerdo a mi colega A, con el que estuve un año entero de colegio compartiendo caricaturas, pellas, cigarros a escondidas en el baño y muchas risas. Es sharpero, o al menos lo era en aquellos días. Otro colega, A, fue (y mucho) anarquista antisistema que reíros vosotros de aquel Cojo Manteca o del Black Block (en el que no pudo entrar porque le pilló muy jovencito).
En el otro lado, un viejo socio mío, L, fue nacionalsocialista y hoy se conforma con ser del sector duro de España 2000. Llegué a acompañarle en una ocasión a una de sus oficinas (no lejos de mi casa), más por curiosidad por ver quién se movía en esos ambientes que por verdadera fervorosidad patriótica (que, ojo, ya veremos si alguien puede discutirme). No olvido tampoco a una antigua amante que reconocía sin tapujos ser una edelweiss.
Dice el dicho eso de “gilipollas los hay en todas partes“. Añado que también hay grandes personas en todas partes.
Sé cómo se las gastan los antifas porque lo he podido ver con mis propios ojos. G, un grandioso -y listo como el hambre- colega de “academia para pasotas” sabía lo que se hacía cuando me decía entre risas que le gustaba salir “a cazar nazis“. Tampoco L, encantado de que le apodaran el “Nazi“, parecía tener mucha vergüenza en admitir que conocía a Ocha, el jefazo de Ultrassur, y que se iba con él de “caza” cuando venían a jugar el Osasuna o el Barça. Si un punk tenía la mala suerte de cruzarse en su camino, lo llevaba claro. Tampoco un facha lo llevaría mejor en caso contrario.
Así las cosas, ¿qué es más creíble, que un grupo de antifascistas vieran a un militar y fueran a por él por ser la representación de lo que ellos más odian, o que éste fuera a por ellos “sin mediar palabra” por representar lo más ínfimo de sus valores e ideales y, por lo tanto, merecedores de su odio? ¿No sería lo más racional pensar que ambas cosas pudieron suceder? ¿Que, por este orden, unos cuantos redskins vieron a un skin solo y fueran a por él (mal) y éste quisiera defenderse atacando y matando (aún peor, no me jodáis) a un menor? ¿Menor que, por cierto, en su fotolog tenía un artículo no precisamente pacifista sobre cómo montarla parda en las calles?

Por supuesto. Ni unos son unos santos ni tampoco lo son los otros. Ninguno de los extremos puede ser bueno.

Menos aún, una muerte.

Reacciones a lo del Rey

El mundo me lo ha puesto en bandeja y no hay forma humana de evitarlo. Después de ver ganar con mucha épica al Madrid (4-3 al mismo Mallorca que el año pasado jugaba con 3 millones de jugadores más) no me queda otra que soltar la charla política del día (y del mes, si nos ponemos). Cómo, ¿que no os habéis enterado? Debéis ser los únicos, porque -según he oído- “no se habla de otra cosa“.

Este blog tan dicharachero no podía ser menos y mete baza para, a modo de facilitar un poco más todo este asunto, resumir en una entrada las grandes reacciones que se han sucedido a raíz de este curioso asunto.

Antecedentes
Chávez (no hombre, el andaluz no, éste) estaba en plan farruco desde que llegó a Chile. Como está acostumbrado a hablar durante horas y horas sin que nadie le chiste comentando todo aquello que se le ocurre (como, por ejemplo, llamar a Aznar “fascista” unas cuantas veces), no se debió de tomar muy bien eso de que existan turnos para hablar.
Así, cuando ZP estaba en plan chusco replicándole que todo el mundo se merece respeto (sí, sí, hasta alguien como Aznar) y como quiera que el otro no estaba por la labor de dejar terminar al pobre José Luis (este sí, se llama así) entró el Rey en escena para dejar bien claro quién es el Rey de la Selva: “¿por qué no te callas?“.

Posteriormente, a la embestida del sandinista Ortega (cuyo “discurso” vacilante e inseguro no tiene desperdicio, ¡con lo que les costó a los yankies echarles!) a cuento de un supuesto apoyo español al boicot al Movimiento Sandinista (junto a unas acusaciones muy feas a Unión Penosa), el Primero de los Españoles cogió y se fue con la música a otra parte.

Bueno, una vez puestos en situación, estas son las conclusiones a las que han llegado los distintos protagonistas:

Los tirios
Hinchados como lo están después de tan ardorosa defensa de un adversario y como locos por representar fielmente el “fair play” cuando no se está en casa, sólo pueden repartir parabienes: “Cuando alguien insulta aun compatriota, le defiendes“, asegura sin duda alguna su líder. Otra cosa sería definir exactamente a qué se refiere él con ese término, pero esa es otra historia.
Por otro lado, se dice que la marcha del Rey fue consensuada con Moratinos, aunque la cara de éste en el momento en que el Jefe de Estado se levanta no es precisamente de “consenso“…

Los troyanos
Esperaba más de ellos en una ocasión perfecta como esta para estrechar lazos y hacer frente común. No fue así. El aludido no perdió ocasión para agradecer las palabras de apoyo de su némesis y aplaudir la regia reacción, pero los que aún son alguien de la facción creyeron que se puede hacer oposición hasta en un momento como este. Gran error estratégico acusar al líder tirio de “estar a partir un piñón con el jefe Gorila, que les hemos visto”. Bastaba con un “gracias” y esperar al menos un par de días para lanzar la andanada, pero se ve que les han podido las prisas. Se chinchen.

El Gorila
Al Gran Jefe Agorilado le da todo igual. No se precia por ser alguien respetuoso (salvo si se trata de su Gran Gran Jefe Cohiba o su escudero Adano el Jerseyano) ni tiene la suficiente humildad como para reconocer cuándo ha cometido un error (esto me suena de algo…).
Todos tenemos una opinión de Aznar. Muchos mala, otros buena, algunos indiferente. Sin embargo, ninguno -repito, ninguno– piensa realmente que se trate de un fascista. Puede ser un lameculos, un engreído, un político y, para algunos descerebrados, un asesino. Pero… nada de todo eso le convierte a él en un fascista ni los 11 millones de españolitos que le votaron por última vez lo son a su vez ni, engañados, no supieron ver su verdadera cara (que, curiosamente, sí pudo adivinar el Gorila) que no es otra que la de un nazi.
No os extrañe, pues, si en lugar de replegar velas ataca a su vez con amplísimas dosis demagogas y populistas. Sin duda, vencerá en su país, pero no convencerá.
Por ese motivo, puesto que él se arroga el derecho de llamar a todo el que no piense como él de un modo infame, yo me permito a su vez llamarle Gorila. Por no hacer como todo el mundo y llamarle proto-dictador, más que nada.

La opinión de la gente de Vicente I, los pro-tirios y más allá
Todos ponen a caer de un burro al “ciudadano Borbón” por aquello de que quién es él para mandar callar a alguien que, cuanto menos, es mejor que Aznar [n. del T: juro que esta opinión la he leído con estos ojitos!]
Al mismo tiempo, se quejan de la poca capacidad de los políticos españoles de ponerse en la piel de la explotación indígena que sufre Latinoamérica (deben ser los únicos que todavía usan ese nombre) y la revolución intelectual que supone la aparición de un verdadero estadista de la talla de Chávez que, no lo olvidemos, ha conseguido alfabetizar a 1 millón de venezolanos (a base de hacerles ver su programa, todo sea dicho) y posicionarse como adalid del “Nuevo Socialismo” que todos esperan supere la utopía del XX y, ya de paso, que no sea tan terrible.
(Espacio para los nacionalistas de todo cuño del margen izquierdo, inusitada y extrañamente mudos sobre este asunto)

La opinión de la gente de Vicente II, los atroyanados y Borbonadictos
Litros y litros de babas inundan calles y callejas de todos aquellos que observaron ojopláticos como nuestro Rey supo tenérselas tiesas al Satán del Mundo (muerto Saddam, y Kim-Jong-Il en plan suave, alguien tenía que ser) y, atónitos, escucharon a zETAp defender a su gurú.
Inmediatamente después cargaron contra el viejo Eje Castro-Chávez-Evo (no, no lo olvidemos, esos fueron los primeros “amiguitos” del Presidente después de la catástrofe de Schröder y Chirac, y bien que se arrepiente ahora) y se preguntan si hará lo mismo con Mohamed la próxima vez que se ponga de morros respecto a la españolidad de Ceuta y Melilla (“ah, por cierto“, añaden, “¡Gibraltar español!”). [Otra n. del T.: no, no tienen nada que ver Gibraltar con Ceuta y Melilla, pero muchos suelen relacionarlos y así pasa lo que pasa]
Aseguran que no es posible admitir a este personaje (Chávez, claro, no Mohamed, que sobre ese ni se plantea) como “demócrata” después de saber que está reformando la constitución para poder eternizarse en el poder y llevar a cabo así su bolivariana-pinche-revolución (que, para los no iniciados, se trata de un comunismo de nuevo cuño, en el que todo es como en la época soviética pero disfrazada de otro modo más a lo caribeño y, por tanto, más bonito y vistoso).
(Espacio para los nacionalistas de este lado del río que, curiosamente, se han quedado calladitos esta vez… ¡qué raro!)

Mi opinión (qué, qué pasa, que yo también me mojo)
Por una vez y sin que sirva de precendentes, aplaudo la reacción de ZP. Me ha parecido la mejor y la más cabal de todas las reacciones que se podía tener. Me inclino ante su respuesta y no puedo evitar verle con otros ojos (aunque no durará mucho, me temo).
El Rey tiene sangre en las venas. ¡Milagro, milagro!

Ah, impagable e imprescindible esto.

P.D.: Hoy no pongo los vídeos porque me están dando problemas de maquetación. Se siente.

Pecados Nacionales

Damas y caballeros, ya podemos dormir tranquilos: hemos localizado al único racista del país. Todas las televisiones, periódicos, portales y demás medios de comunicación (sí, sí, hasta este blog) se han hecho eco de la trascendente noticia, que ha traspasado nuestras fronteras. A partir de este momento, los españoles podemos seguir siendo tan no-racistas como antes.

Dije que dejaría de darle cancha y pienso cumplirlo, porque la entrada de hoy, aunque le mencione de pasada, no sólo tiene que ver con el encantador Brus-Li.

En realidad, parece como si toda esta repercusión mediática idiótica tuviera como finalidad buscar una cabeza de turco con la que dar un toque de atención a futuros posibles agresores xenófobos: no sólo os vamos a pillar, sino que además os haremos famosos. Tiene su parte buena, cómo no (¿veremos a alguno en el próximo Gran Hermano?), pero también grandes desventajas: dejas de ser un personaje anónimo que puede ocultarse sin problemas a convertirte en una presa fácil. Ya no podrás ir por la calle sin mirar atrás por si alguien te sigue con ganas de darte problemas. Si, además, tienes problemas mentales (como este pobre diablo), no tardarás en desarrollar una fuerte paranoia maníaco-obsesiva con la que hacer de tu vida diaria un inquietante infierno: ¿ese cepillo de dientes es realmente el tuyo? ¿No tiene un bulto raro en el cabezal? ¿Será otro micrófono con el que ellos te espían? ¿Aparte del teléfono, la tele y cualquier aparato de tu casa, tu coche y cualquier sitio al que vayas o por el que pases, también te tienen localizado en el baño? Creo que hubo un chino por ahí que andaba así, el pobre…

Al margen de esta paja mental (sí, qué pasa, llevo 3 días enfermo encerrado en casa) la misión cumple a rajatabla su cometido: todo el mundo está posicionado claramente. Nadie con dos dedos de frente se atrevería a decir en voz demasiado alta que sucesos así pasan cada día, que racistas los hay por todas partes y en todas direcciones. Nadie quiere ver más allá de sus narices. Pero hay demasiadas preguntas que deberían responderse.
-¿Se habría montado todo este pitote si la chica no fuera inmigrante? Quiero pensar que sí, pero desgraciadamente la duda me corroe.
-De no ser por la “alarma social”, ¿se habría juzgado al chico con más celeridad? ¿Habría salido el Ministro Poeta a asegurar que el tema se solucionaría?
– ¿A qué vino la intervención de, nada más y nada menos, el Presidente de Ecuador? ¿Se preocupa de los centenares de miles que trabajan en España? ¿Asegura que “no todos los ecuatorianos son Latin King” para evitar más racismo? ¿Por qué no pone más empeño en defender al resto de compatriotas que no están precisamente de vacaciones en Marbella?
– Todos los periodistas y tertulianos que se echan las manos a la cabeza (“sé de buena tinta que el Sergi Xavier este vive con su abuela, me lo ha dicho una vecina que los conoce bien“), ¿por qué no hablaron antes de otros casos? ¿Qué hay del Niñato? ¿De los violadores del Parque del Oeste?

Ah, es que “hay un vídeo“. Lo bastante explícito como para poder dar rienda suelta al morbo y deleitarnos (o escandalizarnos, según las tragaderas de cada uno) con nuestra dosis de escándalo recomendada. Si no hay vídeo, no interesa. ¿No hay más cabrones en el mundo? Dejadme que os ponga algún ejemplo:

Un cabrón es alguien que contrata a un inmigrante sin papeles y le explota con ese pretexto (y, a lo mejor, hasta es racista también). Otro cabrón es el que, desde sus países de origen, le da una patada en el culo a todos aquellos que “no sirven” para que vayan a molestar a otros.
Un cabrón es el que pega a otro por tener una opinión, un sexo o un color de piel o rasgos distintos. Y me da igual si el agresor es un pintas como Brus-Li o un latin king. Es un cabrón igualmente.

Empezamos a tener aquí los problemas que, antes, ocurrieron en otros lugares. El problema es que no hemos sabido aprender de aquellos para hacerlos de mejor modo. Hubo casos similares en USA o en Francia aunque, lógicamente, con mucha más repercusión por la respuesta generada. Aquí, vamos hacia situaciones iguales o peores.
Nada hay peor para apagar un incendio que echarle gasolina.
No se trata de silenciar o censurar, sino de mostrar algo (sólo algo, en serio) de cordura a la hora de dedicarle las 24 horas del día a un !$%# malnacido.

Quevedo y el basilisco (Cataluña ante el espejo)

CARTA DEL DIRECTOR

«No quiero que sea difícil acabarme de leer, sino empezar a responderme»

(Francisco de Quevedo y Villegas, circa 1641)

Quién hubiera dicho hace treinta años que la vida pública de la cosmopolita Cataluña quedaría encerrada en un celtibérico callejón del Gato, con forma de hilera de sardana, del que todas las tragedias, grandes, medianas y pequeñas, saldrían indefectiblemente reflejadas en forma de farsa. Basta seguir la actualidad para entender el proceso. La extravagante sesión que enmarcó la comparecencia del presidente de Endesa en el Parlament, la catarata de panegíricos de índole religiosa que han amortajado el suicidio del fanático Xirinacs y el reciente viaje a Lisboa del presidente de la Generalitat -el ex andaluz Pepe Montilla- para firmar un convenio con la Televisión Portuguesa, a fin de coproducir documentales y películas sobre la simultánea rebelión de ambos territorios en 1640 contra la opresora monarquía hispánica, son, desde luego, episodios que imprimen carácter.

I.- INTERPELANDO EN CATALAN A UNO DE TERUEL

Los reiterados fallos en los servicios públicos, y muy especialmente el tremendo apagón eléctrico del mes pasado, han supuesto, claro está, un sinfín de triviales tragedias -ansiedad, temor, calor, frío, indignación, ruido, gasto- de la vida cotidiana. La suma de todas ellas habría formado una montaña más alta que Montjuïc.Pero la democracia bien podía haberse tomado el lunes la revancha.No es, desde luego, habitual tener la oportunidad de someter a un público tercer grado y, eventualmente, cantarle las cuarenta al presidente de la compañía privada a la que se achaca un colapso de esa naturaleza. Cuando se cae un avión, el capo de la aerolínea no aparece por ningún sitio. Cuando se contamina un parque natural, échale un galgo al presunto responsable de los vertidos tóxicos que tal vez lo pilles en Suecia. Sin embargo, esta vez -ahí lo tienen, es todo suyo, señores diputats- Manolo Pizarro comparecía, a petición propia, en la primera fecha disponible.

Lo único más inaudito que el que los portavoces de todos los grupos -menos el PP y Ciutadans- desaprovecharan gran parte de su capacidad indagatoria y fuerza dialéctica, empeñándose en hablar durante horas en catalán a un turolense afincado en Madrid, cuando todos los oradores, todos los presentes en la cámara y todos los telespectadores y radioyentes que siguieran el debate dominaban perfectamente el español; lo único más inaudito, digo, es que los periódicos locales que al día siguiente constataban, en una mezcla de estupor y masoquismo, la corrida en pelo a la que «la Tizona» castellano-aragonesa había sometido al «florete catalán», no relacionaran -en sus editoriales escritos en el idioma preferido por sus lectores- una circunstancia con la otra.

El problema de los caracterizados por el director adjunto de La Vanguardia Alfredo Abián como «espadachines inexpertos» no era de bisoñez -pues anda que no llevan mili a sus espaldas Nadal, Ridao o el propio Oriol Pujol, que lo ha mamado desde pequeño-, sino de falta de discurso. A Pizarro no le cantaron ni las cuarenta, ni las treinta, ni las veinte, ni las diez porque ni sabían demasiado de lo que se hablaba, ni estaban allí para aprendérselo. Se limitaron a dejar patente su mala educación no dándole ni las buenas tardes, dirigiéndose a él en la «lengua propia» -es decir la que excluye a los que no forman parte del pueblo elegido- y ofreciéndole el pinganillo de la traducción simultánea y los subtítulos, como a partir de ahora va a hacer siempre TV3, a la que por supuesto, cuando nos inviten, algunos contestaremos que vaya la «seva tieta».

No, los diputados nacionalistas -patético PSC incluido- no estaban allí para esmerarse en una actividad de control parlamentario al servicio de una ciudadanía tan ideológica, cultural y lingüísticamente plural como uniformemente cabreada, sino para representar una vez más el tedioso rigodón identitario. Para preservar un espacio simbólico de la intrusión foránea. Si le hubieran hablado a Pizarro en castellano seguro que el debate habría sido más vivo, el interrogatorio más preciso, las réplicas y contrarréplicas más eficaces…

¿Eficacia? ¿Quién ha dicho que se tratara de eso? Haber empleado el idioma común de todos los españoles hubiera significado pasar por el aro del utilitarismo, rendirse a la evidencia de la nivelación con el simple turolense de amenazante apellido. Algo así como si los regidores de Barcelona que formaban parte del Consejo de Ciento hubieran renunciado a su pretendido derecho a permanecer cubiertos ante los príncipes de sangre real y se hubieran destocado, cual murcianos o extremeños, ante el cardenal-infante Fernando, hermano de Felipe IV, cuando éste acudió a las Cortes catalanas en 1632.

II.- O EL LENGUADO, O LA GUERRA

Esa escaramuza fue el prólogo de la inmensa tragedia que se desencadenó en Barcelona el día del Corpus de 1640. Para los hombres del siglo XVII, tan ayunos de conocimiento y razón como prisioneros de reputaciones, la soberanía se resumía en ese código tan simple: quién se quita o no el sombrero, quién es el que rinde tributo y quién es el que lo recibe. Por eso, cuando la crisis del Principado ya había estallado en toda su sangrienta virulencia, lo que a finales de aquel annus horribilis -acababa de quemarse el Palacio del Buen Retiro- desató la consternación en la corte madrileña fue comprobar cómo no llegaba el protocolario lenguado que desde Lisboa enviaban al Rey para celebrar la Vigilia de la Inmaculada.O el lenguado, o la guerra. La rebelión de Portugal era un hecho y el penúltimo de los Austrias y su ciclotímico Conde-Duque debían afrontar esa consuntiva guerra en dos frentes que a ellos les partió el espinazo y tanta ilusión le hace ahora a Montilla rememorar cinematográficamente.

De haber perdurado la costumbre, y siendo intercambiables lenguados y merluzos, es al propio president jienense, con sus ojos de pez disecado, sus cocochas al pil pil y su perpetuo balbuceo de piscifactoría, al que deberían mandar este año los portugueses en una bandeja adornada con limones a La Moncloa. Zapatero se lo cenaría a gusto -si eso le sirviera de alternativa a la decisión del Tribunal Constitucional sobre el Estatut-, y la inteligencia política de la península Ibérica no sufriría merma alguna.

La idolatría nacionalista no deja de ser la última mutación de esa enfermedad totalitaria -o totalizadora al menos- que, apelando al vacío dejado por las convicciones religiosas, Steiner bautizó como «nostalgia del absoluto», pero al menos Pujol o Maragall eran sinceros en su fanatismo. La obsesión de que todo parezca como si siguiera mandando uno de ellos -y no la de demostrar que se puede presidir la Generalitat siendo socialista, obrero y español- recuerda en el caso del mediocre arribista Montilla todo el celo con que los esclavos libertos cumplían con el obsequium que debían a sus antiguos amos, realizando «voluntariamente» las mismas tareas que tenían encomendadas antes de la manumisión.

No deja de ser una aleccionadora pirueta de la evolución a la inversa del homo sapiens que muchos de quienes en su día abrazaron el marxismo o sus destilaciones socialdemócratas porque, según Steiner, «como hace la gran teología, ofrece una explicación completa de la función del hombre y un contrato de promesa mesiánica respecto al futuro», encuentren ahora en el nacionalismo una especie de sucedáneo del sucedáneo. Cuando en aquel malhadado 1640 supo de una reyerta entre el virrey de Cataluña -el pronto asesinado conde de Santa Coloma- y uno de sus aliados napolitanos, Olivares exclamó: «¡Malditas sean las naciones y malditos los hombres nacionales!… Amo a todos los vasallos del Rey nuestro señor y no soy yo nacional, que es cosa de muchachos».

III.- “TU HAS ESTAT VALENT I JO HE ESTAT COVARD”

¡Cosa de muchachos! Si la interpretación del mundo y de la Historia a través de la lucha de clases no dejaba de tener algo de inmadura ligereza, la disposición a filtrarlo todo a través de la dimensión nacional -catalana, vasca o, si fuera el caso, genéricamente española- debería quedar directamente encuadrada en una especie de adolescencia crónica, por no hablar de infantilismo patológico.Sería lo menos malo que en justicia podríamos decir de Xirinacs, ese ofensivo, cruel y repelente niñato de 75 años, empeñado en joder con la pelota de la provocación, capaz de frotar con sal y vinagre las heridas de las víctimas del terrorismo y elogiar, desafiante, a sus verdugos. Menudo hijo de su madre.

«Avui la meva nació esdevé sobirana absoluta en mi», dejó escrito en su calculada nota de suicida. Lástima que algunos de los etarras a los que elogió y otros tantos batasunos que le han embalsamado ahora con sus loas no le sigan por la misma torrentera. Sería la única forma de obtener algún beneficio colateral de ese ejercicio de autodeterminación, de esa «soberanía absoluta», exaltada de acuerdo con el diagnóstico de Steiner. Para Xirinacs lo «absoluto» era la lucha contra la ocupación de los Paisos Catalans por España, Francia e Italia, «desde hace varios siglos». Lo relativo, en cambio, el sufrimiento de quienes perdieron a un familiar en la masacre de Hipercor o cualquier otro atentado de esos «amigos» de las libertades catalanas que renuncian a la novia y al cine para seguir sembrando de bombas su camino de perfección.

Trastornados así, encabronantemente instalados en el limbo de la puerilidad patriótica, los hay en todas partes. De Sabino Arana desciende toda una remesa y el fascismo español también ha dado unos cuantos buenos especímenes, incluido algún que otro cuervo ensotanado como éste. La diferencia es que cuando la espiche el protonotario o cualquier otro de sus émulos, no habrá nadie respetable que desde el periodismo o la política se preste a amplificar su delírium trémens.

A Xirinacs, en cambio, le ha seguido el juego místico-macabro todo quisque como si en lugar de quitarse la vida, hubiera ascendido en carne mortal al Paraíso. Mientras en Madrid un cronista algo herrumbroso se aferraba a la glosa de sus constructivas enmiendas constitucionales en el bienio 77-78 -diantre, Robespierre también se opuso a la pena de muerte en la Asamblea Constituyente, pero su biografía no concluyó ahí-, en Barcelona su cortejo fúnebre ha sido el de la comunión de las almas.

Cuando Pujol le denominó «profeta bíblico» no se sabe muy bien si fue asumiendo el papel de Yahvé al contemplar como hasta a él -perdón, hasta a El- se le desmanda el rebelde Isaías o sintiendo la morbosa deleitación en la pronosticada decadencia que, naturalmente, debe suceder una vez que el brío del gran Nabucodonosor ha dado paso a la insípida molicie del pobre Balthasar tras el interregno del errático Nabónidus. Cuando, hablando en nombre de Montilla y su gobierno tripartito, Joaquim Nadal exaltó su dimensión «apostólica», no está claro si se refería a sus viajes misioneros hasta los últimos confines de los Paisos Catalans, a su judicialmente certificada apología del terrorismo o al carácter ejemplar de ese su postrer «acto de soberanía». ¿Propondrá este Govern que el suicidio de Xirinacs forme parte de su Educació per la Ciutadania?

El más sincero ha sido el novelista Alfred Bosch en el Avui, poniendo el dedo en la llaga del problema de la insuficiencia de los esfuerzos emancipadores de la Cataluña esclava: «Mentre jo buscava la supervivencia, tu abraçaves el calvari I proclamo, admirat Xirinacs, que tu has estat valent i jo he estat covard, i em temo que ho continuaré sent». Este es el gran drama: que el pueblo elegido -ni siquiera individuos tan concienciados como el compareciente- no ha estado a la altura de su Mesías. Y lo que es peor: tampoco dará la talla en el futuro porque aunque el espíritu está fuerte, la carne es débil y se conforma, acomodaticia, con las glorias del Barça y el apartamento en la playa. Por eso ya que el martirio del redentor también esta vez será en vano, descendámosle con mimo de la cruz de ese «calvario» y amortajémosle con nuestro mejor mohín de exaltación patriótica. «Xirinacs buscaba, a su manera, esta grieta del que se hace trampas en el solitario», ha escrito con meritoria lucidez nuestro antiguo columnista Francesc-Marc Alvaro. Solo cabe añadir que, visto lo visto, esa búsqueda fue lo único fructífero de tan destartalada vida.

IV.- “NI POR EL GÜEVO, NI POR EL FUERO”

De ahí que lo más irritante de sus exequias haya sido verlas impregnadas «por la decadencia -de nuevo Steiner- de la antigua y magnífica arquitectura de la certeza religiosa». Al margen de la particularidad contemporánea de que, quien como suicida hubiera tenido vedada la inhumación en campo santo, haya sido encumbrado a los altares del edén nacionalista con tanto incienso y liturgia canónica, fue esa misma manipulación de lo sagrado la que sacó de sus casillas a Quevedo cuando leyó en su prisión leonesa del hoy Hostal de San Marcos un panfleto llamado Proclamación Católica en el que los rebeldes catalanes no sólo justificaban su conducta, sino que se jactaban de tener a Dios de su parte.Concretamente alegaban que cuando, tras el Corpus de la Sangre en el que los Segadors de la «Catalunya triomfant» persiguieron al virrey como a un conejo hasta darle matarile en la playa, la celebración religiosa se trasladó a otro día posterior, «en él se paró el sol», mientras algunas de las imágenes más veneradas comenzaban a «sudar y llorar».

Sacando fuerzas de flaqueza en defensa de la Monarquía felipista que tan ingratamente le pagaba, Quevedo recordaba la severa reprimenda a San Pedro, cuando desenvainó la espada e hirió a uno de los sayones en Getsemaní, para preguntarse si ese mismo Cristo «¿alargará la vida al día por autorizar con tan esclarecido milagro un homicidio alevoso de los segadores de Barcelona?». Y aun añadía un argumento de mayor autoridad: «No se paró el sol cuando el catalán Benito Ferrer -un célebre sacrílego quemado por la Inquisición- pisó la hostia consagrada, ¿y quieren los catalanes que se pare en aprobación de la muerte que ellos dieron a su gobernador y capitán general? Hasta el sol quieren sacar de su curso, sin advertir que el privilegio de pararle lo da Dios y no el Libro Verde».

El Libro Verde o Llibre Verd era el códice del siglo XIV que contenía los fueros de la ciudad de Barcelona y, naturalmente -ay del que crea que los problemas del Estatut se zanjarán con una «sentencia interpretativa» por parte del TC- los levantados en armas contra la Corona hacían su propia lectura unilateral.En su fogosa réplica, digna por su vigor y brillantez de cualquier antología del periodismo de opinión, titulada La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero, Quevedo denuncia una falsificación que hoy resulta muy familiar: «Muchos fueros y privilegios leí tan diferentes de cómo los alegan, que los desconocí y, siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren No hay fuero que diga: “Los catalanes sean vasallos sin señor, de quien quisieren, hasta cuando quisieren, como quisieren”».

Pero, además de la falta de base jurídica, Quevedo alegaba, como algunos hemos hecho con relación al nuevo Estatut, que Cataluña hacía un mal negocio intentando romper amarras con España: «Hoy nada es suyo sino la rebelión. Las haciendas son de las armas auxiliares; las vidas, del peligro; las honras, de los huéspedes, y el sagrado santuario, sueldo de calvinistas». Esta última alusión se refería a la situación del monasterio de Montserrat de cuyos tesoros trataba de apoderarse el ejército francés -plagado de hugonotes- que había acudido en ayuda de la Diputación sublevada por Pau Claris.

«Luego no es ni ha sido por el güevo», concluía Quevedo antes de apelar al famoso apólogo aristotélico del caballo que recabó el concurso de un hombre para ajustar cuentas con otros animales y se encontró muy pronto sometido a su vara y sus espuelas: «Vengado, pero sujeto al que lo vengó». La fábula servía entonces para los aliados gabachos, pero resume igual de bien el contrato que la sociedad catalana viene renovando desde el inicio de la Transición con la clase política nacionalista.

Por mucho que se calienten los ánimos en los futuros debates sobre financiación autonómica -Zapatero ya ha comentado que serán la verdadera piedra de toque que hará viable o no la aplicación del Estatut- y por mucho que la garantía de un determinado nivel de inversiones públicas, con la que los demás no cuentan, recuerde algunos de los trucos del Buscón o el Lazarillo, no creo, sin embargo, que nadie llegue a la exagerada descalificación quevedesca, propia de quien no tiene nada que perder cuando compara a los habitantes del Principado con «el ladrón de tres manos que, para robar en las iglesias, hincado de rodillas, juntaba con la izquierda otra de palo y en tanto que, viéndole puestas las dos manos, le juzgaban devoto, robaba con la derecha».

A pesar de que los nacionalistas den a menudo la sensación de estar al mismo tiempo al plato del reparto y a las tajadas de la separación, esta metáfora no es hoy en día de recibo y menos en forma de generalización. Pero cuando Quevedo acierta de pleno y se convierte en premonitoriamente actual es al volver sobre sus pasos y describir a la criatura que está rompiendo el cascarón de ese «güevo» que, ahora en su acepción más literal, ha sido empollado por la fronda de la rebelión antiespañola. «Es güevo de gallo -eso va por los franceses- y produce un basilisco».

V.- NACIDO DE GALLO, DE SERPIENTE Y DE SAPO

Aunque la palabra ya sólo se utiliza por analogía para referirse a una persona tan «furiosa y dañina» como suelen serlo muchos de estos obcecados nacionalistas radicales, la leyenda del basilisco subyugó durante siglos la imaginación popular. Se trataba de un animal mitológico, engendrado por la unión de un gallo y una serpiente e incubado por un sapo, que, al cabo de un largo periodo de gestación, nacía con una corona en la cabeza -etimológicamente basilisco procede del griego y quiere decir «regulo» o «reyezuelo»-, poseía la apariencia de sus tres progenitores y nada menos que la capacidad letal de matar con la mirada. Precisamente por eso no había método más eficaz de combatirlo que llenar las habitaciones de espejos para que su amenaza se convirtiera en autodestructiva.

El basilisco al que se estaba refiriendo Quevedo era la efímera República catalana, parida y proclamada por el concurso de voluntades entre los distintos estamentos de los rebeldes, Luis XIII y su valido Richelieu. Según explica Elliott, aquel engendro «sólo duró una semana y no sirvió más que de fachada para traspasar la propiedad de España a Francia fue una mala jugada del Gobierno republicano de la que los mismos catalanes fueron responsables».El monarca francés se convirtió en el nuevo Conde de Barcelona.Como advertía Quevedo, «mudar de señor no es ser libres». Portugal nunca volvió a la corona española, pero Cataluña fue reconquistada pronto por la fuerza, para gran alivio de la mayoría de sus habitantes.

Si aquella pretensión de entonces de ser «libres con señor» era, según Quevedo, «aborto monstruoso de la política», ¿qué otra cosa puede diagnosticarse ahora respecto a este nuevo basilisco estatutario que establece que la «nación catalana» se constituye en «comunidad autónoma» española, mientras se arroga hasta la «competencia exclusiva en materia de tiempo libre», como si pudiera ser «libre» algo -nada menos que el territorio de Eros y de Cronos- cuando se afirma que «compete exclusivamente» al arbitrio del poder?

Concebido inicialmente a resultas de la tórrida entrega de Zapatero a la fuerza seminal de sus aliados de Esquerra e Iniciativa, durante el calentón de una noche de farra con Maragall y otros amigos; incubado luego, entre varias tentativas de aborto, durante las seductoras visitas de Artur Mas a La Moncloa, pitillo en ristre; y podado al fin, al buen tun tun, de algunas de sus extremidades más aparatosas justo antes del parto, el deforme monstruito lleva ya más de un año correteando entre las palomitas de la Plaza de Cataluña -perdón, de Catalunya- sin que el Tribunal Constitucional se haya dignado aún bendecirlo en su pila bautismal. Como hijo de tantos padres arrastra las taras de todos ellos, sin que la jungla dispositiva de sus tropecientos artículos deje margen para que puedan brillar con limpieza las virtudes de ninguno.Y, al igual que en las leyendas medievales, el basilisco no es solamente una criatura, sino también una atmósfera de ansiedad, inestabilidad y amenaza.

VI.- LA TEMPERATURA DEL AGUA EN EL OASIS

Que nadie espere por parte de Zapatero un impulso clarificador a este respecto. Si por él fuera Maria Emilia Casas se habría olvidado este verano, haciendo submarinismo en un arrecife de coral, la llave del cajón en el que tiene bien guardados los recursos del PP y el Defensor del Pueblo. «Parece que, por temperamento -diagnostica Elliott-, al Conde-Duque le costaba trabajo tomar decisiones claras y netas, sin acompañarlas de fórmulas restrictivas y proposiciones subsidiarias que debilitaban o subvertían la línea de actuación que proponía seguir. Fuera como fuera, daba muestras de tener una persistencia a vacilar hasta que en vez de elegir él su política, la política lo elegía a él». ¿Se acuerdan de aquello de «apoyaré el Estatuto que venga de Cataluña»? ¿Y de aquello otro de «Nación, ese concepto discutido y discutible»? Háganlo en marzo a la hora de votar.

Hasta entonces la única terapia que nos queda es la de los espejos.Cuanto más minuciosamente contemple la sociedad catalana al reyezuelo que se le ha instalado dentro, más posibilidades tendrá de desembarazarse algún día de su yugo porque uno de los atributos de todo basilisco es que «si mira lo que hace, deshace lo que mira». Por eso la participación en el referéndum no llegó al 50%, por eso el índice de insatisfacción política -según el Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat- acaba de subir cinco puntos y aúna ya al 60% de los catalanes, por eso en este verano del descontento la crítica política adquiere ya el tono de las increpaciones de la grada del Camp Nou:

«Geli, menys propaganda i més fets», le espetaba el otro día Sergi Fidalgo desde su muy seguida columna de e-noticies a la consejera de Sanidad Marina Geli. «Menys discursos i més metges.Menys demagógia O es que tens accions de les mútues privades i ja et va bé el deteriorament de aquest servei públic? No ets consellera de Salut, ets consellera de la Sanitat Pública de Merda».

Esta es la verdadera temperatura del agua en el oasis. En ningún colegio de la ciudad que fue capital mundial de la edición en castellano se puede estudiar hoy en la lengua de Quevedo. Muy pronto tampoco en sus universidades. En la otrora Atenas de la modernidad se vigilan los rótulos de los escaparates como en Teherán el largo de las faldas. Los únicos records que bate ya la Barcelona olímpica son los del ensimismamiento. Entre tanto el ateo Carod rinde homenaje institucional al suicida Xirinacs en una basílica católica -al que no le guste «que se aguante»- y a Montilla se le sigue poniendo cara de lenguado embandejable.Pero a base de oficializar sus casi cuatro siglos de enemistad y antagonismo con cuanto significaba Olivares, a la Cataluña real parece habérsele contagiado aquella característica tan singular que el nuncio pontificio veía en el valido de Felipe IV: «Siempre quiere hacer ver que en realidad no quiere lo que está queriendo».

Pedro J. Ramírez, El Mundo. Carta del domingo 19 de agosto.

País

Siempre he sido un ferviente defensor de la libertad de cada uno a pensar como mejor le convenga. Así, nadie me cae mejor o peor por ser de derechas o de izquierdas, independentista o constitucionalista, liberal o conservador, nazi o anarquista.

Otra cosa muy distinta, claro, es que comparta algunas de esas opiniones y no esté dispuesto a discutir y rebatir las que no me parecen acertadas.

No creo que sea útil ni necesario que me retrate y me identifique con unas siglas de partido desde las que partir mi ideología. Soy ciudadano español y me gusta serlo, eso mantiene abiertas muchas puertas y me cierra otras tantas. Comparto algunas teorías de un bando y del otro. Y adoro la política, sobre todo discutirla. En este sentido, cuando vivía en Barcelona recuerdo algunas conversaciones (poquísimas para mi gusto) en cuanto a este espinoso tema. Parece como si fuera un tema tabú hablar de ciertos temas, y la política, si no es para poner a caldo el centralismo y el llamado nacionalismo españolista, no se toca.

Por suerte o por desgracia, he tenido ocasión de vivir muy de cerca los dos movimientos separatistas más importantes de los últimos tiempos: tanto en Cataluña como en Euskadi se respira un aire diferente que te impide desenvolverte como si estuvieras en casa. No lo estás. No lo olvides, me decía a mí mismo. En uno, se me conocía con el sobrenombre de El Madrileño, en el otro… El Español o, si había demasiadas cervezas de por medio y ganas de pelea, El Moro.

Por esa razón, imagino, soy un acérrimo enemigo de los nacionalismos (bien expresado y entendido, por supuesto, como una animadversión ideológica que no traspasa las fronteras de la dialéctica, no nos vayamos a pensar que me lío a hostias con el primero que me saque una estel·lada). Es decir, comprendo que hay una idiosincrasia propia en cada uno de estos lugares, una manera de ser y de pensar que no coincide con otras partes del país. También admito que una lengua otorga cierto estatus autónomo y prestigioso con el que poder diferenciarte. Ahora bien, todo tiene un límite. No por todo lo anterior se ha de suponer que los castellanos somos unos fachas rancios que escuchan a la Pantoja, llevan boina y se hacen pajas pensando en Franco. No es precisamente justo que siempre se acuse a los mismos de ser los responsables de la fractura del país cuando no somos exactamente nosotros los que tensamos las cuerdas del victimismo y los discursos incendiarios. Es decir, unos tiran la piedra, esconden la mano y además señalan al de enfrente como el responsable de la agresión: la he tirado porque no me has dejado más remedio, replican encogiéndose de hombros. Tócate los huevos, tú. Y mejor no hablar de lo que ocurre cuando, por fin, los otros responden con otra pedrada. Sí, mejor no comentarlo porque entonces se arma la de Dios es Cristo.

Como dicen por ahí: país.