Categoría: History

El origen de los nombres de los meses y los días

Se tarda un segundo en pronunciar la palabra ‘segundo’. Pruébenlo. ¿No es increíble?

El tiempo es el nombre que pusimos a la magnitud en continuo avance. Pero hicimos algo más que ponerle nombre al concepto. Lo fraccionamos. Lo acotamos desde su mínima expresión hasta cantidades más propias de imaginación que de medición perceptible. Nanosegundos. Era. Eón.
Y aunque podría ser interesante dedicar el próximo trío de miles de palabras en hablar del tiempo, no somos tan ingleses.
Algunos de ustedes se habrán detenido en la palabra segundo. La habrán leído un par de veces, pensativos. Y se habrán hecho la misma pregunta que me hice yo: ¿por qué llaman segundo a lo que va primero?
La respuesta la heredamos como todas las demás acotaciones de lo que llamamos tiempo.
Hoy es lunes 15 de abril. Para explicar por qué llamamos así los días y los meses hay que remontarse a los tiempos en que los hombres dejaron de tirarse excrementos los unos a los otros y se olvidaron de desparasitarse. Cuando miraron las estrellas y uno de ellos comprobó que éstas se movían y volvían cada cierto tiempo exacto. Los primeros cálculos prometían, ahí tienen los Stonehedge de Inglaterra o Gagal Refaim de Siria, pero tenían que ser los egipcios, que montaban pirámides como urbanizaciones costeras, los que se dieran cuenta de cuánto duraba un año y cómo debían dividirlo.
Somos la suma de pequeñas partes sumerias, griegas, hebreas y romanas. Cada una de ellas empezó contando con los dedos, y ese sistema à la vieillefueron los orígenes de los sistemas decimal y sexagesimal que aún utilizamos hoy. Para los profanos como yo, explicar estos sistemas puede hacerse recurriendo a lo fácil: cuenten sus dedos de las manos y obtendrán el por qué del sistema decimal. Palpen con el pulgar las tres falanges de los cuatro dedos restantes de su mano de escribir y comprenderán por qué usamos también el sistema sexagesimal con múltiplos de seis y doce.
Centrados en el cálculo del tiempo, imagínense con bonetes en la cabeza y barbas hasta el pecho y que se llaman Hammurabi o Nabucodonosor. Son ustedes babilonios, nietos de los sumerios, y acaban de calcular la duración de un año en trescientos sesenta días fijándose en el movimiento del sol y las fases de la luna.
Los babilonios tenían por esclavos a unos cuantos pueblos de los alrededores que luego se establecerían por su cuenta. Entre ellos a unos que venían de un sitio llamado Judea y que volvieron a casa con la lección aprendida. Esto será importante más adelante cuando, a la hora de contarles los cuentos a sus hijos, dijeron que Dios creó el mundo en una semana y que su mesías nació el último día del año oficial, un 25 de diciembre.
 Los egipcios también habían pasado por ese yugo, pero gracias al Nilo, y sus crecidas puntuales como un reloj, comprendieron que los años babilónicos tenían un desfase de cinco días y los añadieron al final de año empezando desde lo que hoy llamaríamos 25 de diciembre.
Mientras tanto los primeros griegos, los mismos que disfrutaban llamando Estado a su granja, pensaron por su cuenta. No parecía dárseles mal. Siendo Grecia una región montañosa, la agricultura era un bien escaso y precioso.  Su idea fue basar el cómputo del tiempo en lo que les daba de comer, dividiendo su año en tres estaciones de cuatro meses. Sus cálculos habían partido el año en doce meses alternando uno de veintinueve días con otro de treinta. Si se fijan, verán que faltan días. Ellos también se dieron cuenta y, en lugar de cambiar la duración de cada mes, prefirieron complicarse la vida intercalando un mes extra de cuándo en cuándo.
Y aquí es donde entran los romanos en escena.
Estos tipos tenían el clásico cacao de culturas y tradiciones propio de quienes preferían que inventaran otros. Hasta a sus dioses. Así, se apropiaron del calendario griego basado en la agricultura y lo adornaron con lo que habían oído que hacían los egipcios, más precisos. Pero había algunos matices que no encajaban.
Para empezar, porque los romanos habían crecido basando su cálculo del tiempo en las fases de la  luna y pretendían copiar sistemas basados principalmente en el movimiento del sol. A partir de ahí, el caos.
Les costó seiscientos años adaptarse a la semana. Ellos contaban los días de una forma mistérica y de a ocho, siendo el octavo día el de mercado, que lo llamaban día nueve (dies nundina) para hacerse los graciosos. Además, tenían un pavor malsano a las supersticiones. Desde la palabra amor (inverso de Roma, considerada tabú) a los números pares. Treinta es número par y hasta ahí podían llegar. A esos meses les añadieron un día. Pero habían olvidado los dichosos cinco días extras de jolgorio que usaban los egipcios y con el paso del tiempo se vieron con un mes de diciembre en pleno otoño.
Ahora es cuando se pone interesante. El año comenzaba en marzo, herencia griega del inicio de la siembra, que los romanos adoptaron bien por aquello de que era más fácil invadir a otros con buen tiempo. Hasta que un poblacho llamado Numancia les hizo planteárselo mejor. Si se preguntaban por qué el año empieza en enero, la culpa es de Soria.
Los cargos electos duraban un año natural. Debido a la inexactitud de su planteamiento, el año natural lo determinaban los augures añadiendo o quitando días a capricho. Un cónsul con bastante influencia, digamos un Julio César, podía alargar sus años de mandato sine die.
Julio César es, precisamente, básico en esta historia. En el año 46 a.C. tenía un poder absoluto que comenzaba a ser motivo de conspiraciones. No necesitaba alargar años para cumplir mandatos y, libre para hacer y deshacer, decidió acabar con aquel sindiós.
Lo hizo bastante bien, teniendo en cuenta cómo todos los calendarios anteriores tenían varios días o incluso meses bailando: el nuevo calendario juliano tenía un desfase de sólo once minutos al año.
Pero un Papa de Roma creyó que once minutos era cosa de herejes. Algo de razón tenía, no se crean, puesto que, con el paso de los siglos, esos once minutos hicieron que el mundo conocido fuera diez días por delante de lo que debería.
Gregorio XIII (1502-1585) aprovechó la jugada para retocar los días que le tocaban a cada mes y ajustar lo que conocemos como años bisiestos. De un día para otro se pasó del 4 de octubre de 1582 al 15 corrigiendo el desfase. Ya estaban otra vez a buenas con el universo. Y así nos llegó el calendario gregoriano, el que usamos hoy en día.
Lo que no hizo Gregorio, ni ninguno de sus sucesores, fue cambiar los nombres de los meses ni de los días de la semana, algo que le agradezco porque así puedo contarles el origen pagano de todo este tinglado.
Se podría separar los nombres de los meses en tres grandes apartados: los originales con carga simbólica, los que fueron cambiados o quisieron cambiarse y los que simplemente marcan el ordinal que les correspondía desde tiempos remotos.

En el primer apartado están los seis primeros meses del año.

 

Enero era el mes de Jano [januariusjanero – enero]. Jano era un dios raro hasta para los romanos. Como los demás dioses, no fue cosa suya aunque tampoco vino importado de Grecia. El dios de las dos caras era dios supremo de la guerra de los etruscos, las primeras víctimas de los romanos. El problema es que no encajaba con Ares-Marte, el guerrero oficial. Temerosos de desencadenar la ira de cualquiera de los dos, no fuera a ser, decidieron reciclarlo y convertirlo en el dios de la transición y los cambios. Sin embargo, a pesar del cambio, nadie quiso enfurecerle por si las moscas, y eran las puertas de su templo, no las de Marte, las que debían permanecer abiertas mientras durara una guerra.
Cuando Soria provocó el cambio del inicio del año, pareció el mes más adecuado para ser el primero en celebrar el Año Nuevo.
Febrero se llamó así por ser el mes en el que se celebraban las Februa [februariusfebrario – febrero]. Las Februa eran rituales anuales para purificarse por todas las acciones cometidas durante el año. El misticismo y las ganas de explicarse inventarían un dios Februo a toro pasado por pura superchería: a los romanos no les hacía mucha ilusión la idea de bautizar el mes en que moría el año con el dios del inframundo Hades-Plutón.
Marzo fue dedicado a Marte [martiusmarcio – marzo] y podría considerarse la versión original de ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Marte probablemente se sentiría satisfecho teniendo el mes en que las nieves se retiraban y se podía invadir mejor. Con marzo comenzaban las campañas militares, la razón de ser de Roma no sólo por prestigio y expansionismo, sino algo mucho más mundano. Su estilo de vida les llevó a necesitar el oro de los botines de guerra para sobrevivir. ¡Están locos, estos romanos!
A pesar de la cantidad de dioses que tenían para bautizar meses, a los romanos no se les ocurrió ninguno gracioso para el mes en el que se abren las flores, así que en un alarde de creatividad lo llamaron ‘el mes en el que se abren (las flores)’ [aprilisabrile – abril].
Mayo ofrendaba sus días a los ancestros [maiorismaius – mayo]. El mos maiorum era el código de conducta fundamental de la sociedad romana, basado en la costumbre de los ancestros. Si a los romanos no les apetecía inventar lo que podían copiar de otros, tampoco iban a ser muy originales con las costumbres. De este término podría provenir el de mayoría, puesto que eran pocos e insignificantes los que no seguían los rectos principios morales que se aplicaban en Roma. Como los romanos no daban puntada sin hilo, el por qué de llamar así a este mes también se podía superponer con la puesta en marcha de los ejércitos hacia el lugar del mundo que habían decidido subyugar, liderados por los maiores, es decir, los grandes de la república.

En cambio, junio era mes de los pequeños [iuniorisiunius – junio]. En disputa con Juno-Hera, madre de dioses, que no pintaría nada en un mes veraniego, aunque sí lo harían los juniores, los pequeños, no siempre niños, que no tenían edad para servir en las legiones y que aprovechaban el principio del verano para salir a pillar cacho y casarse. Eran otros tiempos, claro. Raro era el que llegaba a abuelo y había que espabilar.

Pasado junio, los demás meses tenían por nombre el ordinal que ocuparon originalmente. Pero algunos fueron cambiados e incluso a otros les conoceríamos por otro nombre si no hubieran sido promovidos por los personajes menos adecuados.
Julio fue conocido anteriormente como quintilis, el quinto. Marco Antonio, encaprichado de Cleopatra, lo cambió a julio para que César no se enfadara mucho, cosa que él celebró pasando olímpicamente del asunto, demasiado ocupado en morir apuñalado.
Octavio Augusto fue el primer emperador de Roma, y por si eso no fuera bastante, además era sucesor del propio Julio, su sobrino-nieto y fue adoptado por él en sus últimos años. Fue divinizado y el amo absoluto. Sin embargo, también fue él mismo quien bautizó sextilis como agosto, movido por un ataque de celos y de rivalidad con su antecesor. Iniciaba sin saberlo la moda de rebautizar meses de nombres intrascendentes por emperadores machos.
El problema era que los encargados de esculpir los nombres de los meses en las tablillas tenían cosas mejores que hacer como, por ejemplo, no morir ajusticiados por cualquier tirano de los que se hicieron con el poder:
Tiberio, sucesor de Augusto, llamó a septiembre tíber, pero como no le aguantaba nadie se cambió a su muerte.
Calígula, sucesor de Tiberio, también quiso probar suerte. Como su antecesor abusó de la costumbre de matar, llamó germánico a tíber-septiembre. A su muerte, como había sido aún más odiado que Tiberio, también se quedó con un palmo de narices.
Nerón, sucesor del sucesor de Calígula, tonteó con la idea de bautizar meses tal y como lo hicieron sus antecesores (y como haría también Domiciano años después). Pero nada, que no había manera de que a la gente les gustara eso de ponerles más nombres a los meses.
Y así, tras el vergonzoso intento de Domiciano de llamar domicio a octubre (septiembre estaba muy quemado con tanto cambio y la gente estaba mareada) la decadencia de Roma se hizo más patente cuando dejaron de intentarlo y ni siquiera se molestaron en actualizar los ordinales de los meses, aunque esto probablemente se deba más a la dichosa superstición romana, muy de capa caída, de dejar las cosas que funcionan como están.
No pocos debieron verlo patente el Año de los Cuatro Emperadores. Pero esa es otra historia.
Noviembre y diciembre son hoy en día el remanente de lo que antaño fuera el viejo sistema de medición del año, desfasado pero aún así vigente.
Los días de la semana tuvieron un origen ligeramente diferente. En ellos se puede observar la profunda división que provocaron las invasiones bárbaras. Debemos tener en cuenta que la semana de siete días no logró imponerse en Roma hasta la era de Constantino, ya en el siglo IV, y pronto convertidos al cristianismo como religión oficial del Imperio. Entretanto, la expansión cultural había hecho mella en los pueblos germánicos, que adaptaron la semana a su manera y con sus propios nombres cuando lo creyeron oportuno.
Es importante apuntar que el cristianismo se expandió con relativa lentitud en Europa, mucho más de lo que cabría pensar a estas alturas, pues aunque todo el Imperio Romano se bautizó porque no les quedaba otra, en Escandinavia tuvieron otros cinco siglos de mitología nórdica hasta San Olaf. Los noruegos tuvieron mucha culpa en la propagación de sus propios mitos y dioses en cada drakkar que navegaba mares y ríos. Saqueaban que daba gusto verles.
Lunes. Día de la luna en (casi) todas partes [dies Lunaelunae(di)es – lunes].
Lunes, lundi, lunedi, monday, montag… todos significan lo mismo: día de la luna. En otros tiempos era el segundo día de la semana. Lo prueban los portugueses, soberbios ellos, que lo llaman segunda-feira.

Martes. Día de los dioses de la guerra, Marte para nosotros [dies Martimarti(di)es – martes].
Martes, mardi, martedi, tuesday, dienstag… recuerdan al dios de la guerra. En los países del norte a Marte se le conocía como Tyr y las mil variantes de los orgullosos hablantes de lenguas que quieren ser nación: cada uno tenía la suya y de ahí que no se entiendan unos a otros cuando dicen martes. En Portugal, en cambio, se decidieron por el coqueto terça-feira por aquello de no molestar y tal.

Miércoles. Día de Mercurio para los latinos [dies Mercuriimercurii(di)es – miércoles], día de Odín para los vikingos y sus pobres víctimas [Wodens-daeg/wednes-day/Wednesday].

A los noruegos se les ocurrió pensar que su todopoderoso Odín, padre de dioses, era mucho más macho que un diosecillo con pies alados que huía como una nenaza del combate, por lo que se olvidaron pronto de él y se quedaron con su tuerto barbudo. En Lusitania, por no variar la costumbre, es quarta-feira.

Jueves. Día de Júpiter para los sureños [dies Iovisiovi(di)es – jueves], día de Thor para los bárbaros [Thures-daeg/Thurs-day/Thursday].
La razón por la que unos y otros dedican este día a dioses aparentemente distintos (Júpiter siendo el pez gordo de los dioses, Thor un rubito cachas con un martillo que vuela) es debido a que ambos utilizan rayos y truenos. Afortunadamente para los portugueses, a ellos su quinta-feira les suena menos lluvioso.

Viernes. Día de Venus [dies VenerisVeneris(di)es– viernes], que a los germánicos les dio por rebautizar como Frigg o Freya [Freyyas-daeg/Fri-day/Friday] porque su diosa del amor estaba más buena y machacaba cráneos como era debido y no peleaba como una chica, con grititos y tirones de pelo. Lo que pasa es que los lusos se quedaron en sexta-feira y así les va, de fado en fado y tiro porque si no me enfado.

El fin de semana es especial. No sólo por lo que a días libres se refiere, el que los tenga, sino por su propia denominación. En este punto nos olvidamos de todo lo dicho anteriormente y damos un salto evolutivo en ambos casos. Los cristianos del sur modificaron los nombres dados originalmente y los convirtieron en conmemoraciones religiosas, mientras que los nórdicos se adaptaron a las antiguas denominaciones romanas y las tomaron para sí. Un curioso salto multicultural que, por cotidiano, no llama mucho la atención.

Sábado. Día de descanso [del hebreo SabbathSabato – sábado] para los mediterráneos, el día de Saturno para todos los demás [dies Saturni /Saturn-day/Saturday]
Hasta los portugueses se olvidan de sus feiras y se suben al carro del buenrollismo con su sábado.

Domingo. Día del Dominador (dies DominicusDominicusDomin(cu) – domingo), día del Sol para todos los que prefirieron seguir con la moda romana [dies Solis/Sonn-daeg/Sun-day/Sunday], ‘día en el que no se trabaja’ en países eslavos.
Cuando Constantino instauró la semana y poco tiempo después decidió cambiar el día del culto al sol (demasiado parecido a Mitra, que se parecía demasiado a un tal Cristo) por el día de lo que podríamos llamar Dominador, teniendo en cuenta que los esclavos llamaban dominus a sus amos y que de ahí vienen los don que interpretamos como prefijos de cortesía para los nombres propios, nos haríamos una idea de lo mucho que le había afectado. Tanto meterse con los partos, ‘esclavos del Divino Rey’, para acabar igual. Por eso los nórdicos pasaron de Constantino y, en cambio, los portugueses no.

La próxima vez hablaremos de Soria.
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Comunistas en 2009

Hoy se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín. Se supone que el aniversario no celebra la demolición de un muro sino la caída de todo un sistema, el comunista, cuya teoría les sonará bonita a unos cuántos pero cuya práctica no piensa lo mismo.
La historia, en clave logsiana, vendría a ser más o menos así:
El 8 de mayo de 1945 termina oficialmente la II Guerra Mundial. Alemania se rinde incondicionalmente y, como le habían dado mucho para el pelo, ni siquiera era capaz de mantenerse a sí misma. Los ganadores -USA, UK y la URSS- decidieron repartirse el país en función de los pedacitos que habían conseguido invadir. Como Francia esperaba que su grandeur siguiera como estaba (y De Gaulle sabía llorar muy bien, el jodío) también la incluyeron en el lote.
Pero claro, no puedes invitar a merendar a un mod, un rockabilly, un bakala techtonik y a un soviético [N del T: los rusos nos han legado muchas cosas útiles como el vodka o las matroshkas, pero no tribus urbanas] sin que lluevan hostias. Así que en 1949 los primeros decidieron juntar sus pedacitos y formar un país al que llamarían República Federal Alemana (RFA). A los rusos no les hizo ninguna gracia y, como no querían sentirse menos, no tardaron ni seis meses en montarse una réplica que llamaron República Democrática Alemana (RDA) no sin cierto sentido irónico del humor, por lo de ‘democrática‘ más que nada.
Las cosas habrían transcurrido de algún modo diferente de no haber un pequeño inconveniente: no sólo se había troceado Alemania. Berlín también había sido cuarteada siguiendo el mismo modelo: el oeste de la ciudad era “propiedad” occidental (tres sectores inglés, francés y yankee) y el este soviético. Para ir de un sector a otro se necesitaba tener un salvoconducto o un pase. Cosa chunga cuando tenías el salón en zona inglesa y la cocina en zona soviética. Las tres zonas occidentales se unieron formando el Berlín Occidental, que aunque se decía que era parte de la RFA en realidad era más un minipaís que otra cosa.
Una vez montados los paripés de los países, pudieron ignorarse mutuamente mirándose de soslayo en plan ‘mucho ojito conmigo, tío, que tengo armas nucleares hasta en el ojete’. Al invento lo llamaron Guerra Fría porque por la época no había una Leire Pajín que le diera un nombre más planetario y que molara.
Así, en Berlín había barrios comunistas y barrios capitalistas. Al principio las fronteras eran bastante de risas (un poco como las de Andorra, sin Guardia Civil pero con tanques más pendientes de los tanques del otro lado que de comprobar quién cruzaba) y los berlineses del este (y en general gente del Bloque del Este) cruzaba a cascoporro como quien dice que va a por tabaco y no vuelve. Se dice que de 1949 a 1961 cruzaron unos 3 millones de personas. Ahí es nada. Lo raro es que quedara alguien, visto lo visto.
Pero quedaba la gente suficiente para que los mandamases de la RDA dieran un puñetazo a la mesa y gritaran ‘hasta aquí llegamos, camaradas’. Si el paraíso socialista [la RDA era, de largo, el más mejor de todos] no bastaba con retener a la gente, tal vez un “obstáculo” les ayudara a pensárselo mejor.

El 13 de agosto de 1961 se cerró la frontera a cal y canto. Nadie entra y nadie sale. Se bloquearon los túneles del metro y todos los autobuses que cruzaban la frontera dejaron de funcionar. Como resultaba complicado explicar que lo construían para dejar de perder gente, se dijo que el muro era un muro de “protección antifascista”, aunque curiosamente las ‘protecciones’ estaban del lado de la RDA, pero eso no eran más que futesas, minucias de un plano leído al revés. Que hasta los eficientes alemanes meten el cuezo alguna vez.
De ahí que, toda vez que el Muro de piedra y hormigón rodeaba completamente la zona “capitalista”, llegara un tal John Fitzgerald Kennedy (JFK para los amigos del aeropuerto de Nueva York) en el 63 y dijera “ich bin ein Berliner“, que vendría a ser algo así como ‘yo soy un dónut relleno de crema’. Aquella revelación, claro, dejó al camarada Jrushov (Nikita para Elton John) algo confuso, tal y como confesaría en su diario personal: ‘yo siempre creí que en realidad era un panellet, esto demuestra que no se puede confiar en los burgueses capitalistas. Yo por mi parte prefiero seguir siendo una eficiente chapatita candeal’.
Así, el mundo siguió girando unos cuantos años. La RDA ganaba medallas en los Juegos gracias a sus travestis, se jugó un RDA-RFA en un Mundial de fútbol y todos contentos, comunistas unos y capitalistas (o demócratas, como se prefiera) los otros.

Pero el invento no podía durar. Ya lo intuía Gorbachov (el tipo de la mancha en la calva) cuando llegó al poder en el 85. Checoslovaquia se les había sublevado unos años antes y Polonia tampoco parecía muy dispuesta a seguir bailando el agua. Hungría se desangraba, Yugoslavia se agrietaba y Rumanía tenía a los Ceaucescu, que no es poco.
Así las cosas, el bueno de Mijaíl se inventó la perestroika, que en cristiano vendría a significar ‘vale, yo también quiero un Rólex’. Empezaron entrando productos y divisas, pero al final acabó saliendo la gente. Lo descubrieron unos campistas húngaros cuando se perdieron por el bosque: andando, andando, llegaron a Viena y nadie les había dado el alto. Era el verano de 1989 y la voz corrió como la pólvora. Como entre los Países del Este no había controles en las fronteras, a nadie pareció sorprenderle que de repente a muchos les apeteciera pasar unos días en Hungría. Lo que pasa es que no se les volvía a ver el pelo, a los jodíos. Y es que unos días antes Budapest había abierto sus fronteras con Austria, sin restricciones pero también sin avisar. El Telón de Acero tenía un boquete.
Poco después dimitía Honecker, jerifalte de la RDA. Y tras él se fue todo el gabinete. Ya nadie creía en el invento y no sabían cómo salir del atolladero. La URSS no se ponía al teléfono (‘¡soy una rica chapata candeal, soy una rica chapata candeal!‘) y la Stasi -el CNI versión chunga- ya no tenía a quién espiar. Estaban gordos y aburridos.
El 9 de noviembre de 1989, en una rueda de prensa rutinaria -y, por lo tanto, obviamente retransmitida en directo para toda la RDA y de visionado obligatorio- un tal Schwaboski, sudoroso y agobiado, sólo pensaba en salir a tomarse una cerveza. Un periodista italiano le hizo una pregunta acerca de un farragoso anuncio hecho público un par de días antes acerca de no sé qué de las “restricciones que habían sido suprimidas”. Como no tenía especiales ganas de explayarse, Schwaboski sacó un papel del bolsillo y leyó el siguiente comunicado: “los panellets, quiero decir, los berlineses del este pueden ir a comer dónuts rellenos de crema“. El periodista italiano, flipando un poco, preguntó que desde cuándo. Y el bueno de Schwaboski, rascándose la cabeza porque no había leído el papel entero -y la fecha no estaba hasta el final de la hoja- en lugar de decir “a partir del 10 de noviembre” tal y como le venía indicado dijo “en cuanto termine de decir esta frase… que no, que era broma, quiero decir inmediatamente“. Luego se supo que le susurró a Gerhard Beil, que le tenía al lado, aquella mítica pregunta: ‘¿soy el único al que le ha entrado hambre?‘.
El resto es historia. El muro fue derribado al más puro estilo teutón (a martillazos) y la RDA, el paraíso comunista, dejaba de existir. Dos años después sería la mismísima URSS la que corriera la misma suerte. El sistema comunista por antonomasia se desintegraba.


Hoy, 20 años después, los nostálgicos aún se preguntan qué es lo que pudo fallar. Aprovechando el aniversario algunos intentan tímidamente sacar pecho y exhibir con orgullo sus convicciones en la supresión del capital y los planes quinquenales, y pelillos a la mar con eso de los crímenes y tal, que es una cosa muy fea y otra cosa no, pero ellos son siempre muy estupendos. Quieren retomar una idea del siglo XIX en el XXI, ‘adaptada a las circunstancias’.
Roures, el Señor de LaSexta, aprovecha la coyuntura para regalar libros de Marx y Engels. Su diario pontifica y da voz a una corriente minoritaria de un partido venido muy a menos.
El País, por su parte, intenta dar la sensación de estar más alejado y se pregunta qué significa ser comunista en 2009. En un entrevista sin desperdicio un par de ellos nos dejan claro que, afortunadamente, son tan escasos como los falangistas. Ojito con la nueva incorporación, Esther López Barceló. Da miedo pensar que una chica que apenas supera la veintena se cree a pies juntillas que Otegui es un “preso político“, que en España hay muchos de esos o que Cuba es “la democracia más profunda” que ha vivido. Lo mejor es que cree que unos fusilamientos no deberían “manchar un régimen para siempre“, pero obviamente sólo si es de izquierdas. Claro que si es la misma persona que sostiene sin sonrojarse que “existe una realidad en el País Vasco, de gente de izquierda, que no defiende la violencia pero sí sufre la represión de los agentes del Estado” entonces la cosa tiene más sentido. Sobre todo, porque esa misma chica tampoco dice que Batasuna, por ejemplo, sea esa ‘gente de izquierda’ de la que habla. “No son compañeros de lucha” y en el fondo le da igual si son de izquierdas o no, y hace bien intentando expulsarles de su lado aunque no cuele. Incómodo, el asunto. El pobre Willy Meyer, el otro entrevistado, no sabía dónde meterse.
Pues sí. Estos son los comunistas del 2009.
Alzad el puño, camaradas. Pero bajito, por favor.

¿Feliz cumpleaños?

Se me acumula el “trabajo” después de autoproclamar mi propio mes de vacaciones pagadas y dejar por el camino una redecoración, un par de proyectos y la sartén con la que freía los huevos.
A todos los que se dieron un paseo por aquí estos últimos días y se encontraron con que me rascaba el forro con demasiada fuerza sólo puedo decirles que “ya os vale, panda de vagos” y que fue sin querer queriendo.

Cuando desperté esta mañana y me tomé el primer café -sin pensar en que antes de salir podría ser una buena idea mirarse a un espejo para ver si la almohada se puso creativa con mi pelo durante la noche, y parece ser que le dio un punto kitsch a juzgar por cómo me miraron en el bar- no tenía ni idea de que hoy, uno de septiembre de 2009, era un día especial. Bueno, en realidad no más que cualquier otro que esté de aniversario, pero todo freak de la Historia con mayúsculas sabe que tal día como hoy, hace 70 años, el mundo cambió para siempre. Y, tal y como solemos hacerlo los humanos, empezamos a hostias.

Hace 70 años unos tipos altos, rubios, con cara cuadrada y cascos redondos -comandados por un tipo bajito, moreno y cara de triste con gorra de plato, curiosa ironía- se pusieron a pegar tiros a los vecinos que tenían a su derecha, unos meapilas que vivían en un país que se llamaba como un programa de TV3 Polonia. Apenas unos días después, los vecinos que éstos tenían a su vez a su derecha, envalentonados de vodka y a ritmo de balalaika también entraron pegando tiros. Lo que en lenguaje militar se conoce como “movimiento de tenaza” y en lenguaje castizo, “una putada de cagarse por la pata ‘abajo”.
_Espera, espera… ¿me estás diciendo que Hitler, un redomado fascista, y Stalin, un bigotudo comunista, se pusieron de acuerdo para invadir Polonia juntos y en alegre compañía?
No sólo eso. Unos pocos días antes se había firmado el Pacto Molotov-Ribentropp por el que ambas democratísimas potencias se repartían el espacio que había entre ellas, desde Finlandia hasta Rumanía. En ese pacto, ambos prometían no mandar un obús demasiado fuerte para así tener un problema menos y facilitar las cosas en eso de invadir y tal.

El único problema, con el que ya contaban, era que los llamados Aliados (entonces UK y Francia, USA aún no tenía amigos con los que juntarse) no tardaron ni dos días en declarar la guerra a Alemania, y todo porque los polacos, que se olían el pastel, obligaron a los ingleses a firmar con ellos un tratado por el que si “alguien y-no-miro-a-nadie” les invadía, Londres inmediatamente se pondría de uñas. Fuera quien fuera, como por ejemplo un país que empieza por A y termina en ‘lemania’.
Stalin, que se olía la jugada, supo esperar unos días para invadir su trozo de terreno y evitar así que los Aliados se enfadaran también con ellos. No sólo eso, en un asombroso movimiento de cadera, consiguió por un lado salirse con la suya en lo que a invadir se refería y estar a buenas con los guiris.
Mientras, la gabachada temblaba y no por nada: a fin de cuentas, Polonia no es tan grande y una vez que se hubieran hartado de matar cosacos, a los alemanes no les quedaría otra que mirar hacia el oeste para calmar sus ansias de expansión, en un valiente eufemismo llamado “espacio vital alemán” que venía a ser, así a ojo de buen cubero, el mundo entero y parte de la Luna.
Merendados los polacos, y oficialmente en guerra con Francia, a los alemanes les dio por ponerse chulitos: que si ataco, que si no ataco, que si “huyyy, ¡mosqueo!”… dejando a los pobres franchutes con un ataque de nervios de aquí te espero:
_Pero ¿vais a atacar ya, pour l’amour de Dieu?
Hitler, mientras, les miraba de soslayo con sonrisita cabrona. No por nada, sino porque se divertía viéndoles cocerse en su propia salsa, sin atreverse a disparar primero, mientras Dinamarca se rendía sin pegar un tiro y Noruega sólo resistía un par de meses. Con el Norte asegurado, decidió que ya era hora de andar lanzando petardos por el oeste… pero aún esperaría un poco más antes de sacudir a quienes realmente quería.
El 10 de mayo de 1940 termina la espera invadiendo a cascoporro, que para eso son nazis. Para que os hagáis una idea de lo brutos y eficientemente alemanes que eran, en tan sólo mes y medio Francia (que se suponía tenía el ejército más grande de Europa) firmó el armisticio, se rindiera y les regalara París y dos tercios siempre y cuando fingieran que seguían mandando ellos, poniéndose como nuevo nombre el de una conocida marca de agua que habían bebido en la comida aquella mañana. Una vez sometidos los enemigos del continente, y toda vez que empezaba a hacerse el loco cada vez que Stalin intentaba llamarle, al enano del bigote a lo Charlot (no, Franco no) se le antojó que quería poder cazar el zorro en Hertfordshire y qué mejor manera de hacerse amigos que bombardeando Londres durante siete meses.

A partir de aquí, según todas las películas chachis que nos hemos ido tragando, se supone que los malos -los nazis, por si hay algún despistado- empezaron a perder. Es lo que tiene Hollywood, que está lejos. En realidad, antes de lo que se dice “empezar a perder” a los de la cruz gamada y el saludo romano les dio tiempo a merendarse Libia, Yugoslavia, Grecia, Bulgaria, Hungría y Rumanía (e Italia se conseguía Albania y un trocito de Túnez). Y todo en apenas un año.
No, en realidad cuando empezaron a perder fue cuando al enano austriaco (país que se anexionó por su cara “bonita” en 1938) se le metió entre las cejas que, como ya no le quedaba nada por invadir, tan sólo le quedaba la URSS para ahostiarse. Y en invierno, además, que los chulos en realidad no eran ni fueron nunca los madrileños, sino él.
3 millones y medio de soldados alemanes entraron en la Unión Soviética el 22 de junio de 1944. Pensaron que, como se merendaron Francia en un mes, antes de Navidad habrían llegado a Vladivostok (que, para los que no han leído nunca a Ibáñez, es la ciudad rusa más oriental, casi fronteriza con Corea del Norte) porque “ellos son asín“.
_Pero… ¿no fue algo parecido lo que hizo palmar a Napoleón?
Eso es lo que nadie se explica. Que un enano coñón la cagara 100 años antes y otro enano coñón no hubiera aprendido la lección. Una verdadera lacra para nosotros, los enanos, tener a semejantes tíos como referentes: de los tres millones y medio que entraron en Rusia, apenas 900.000 pudieron volver por patas para morir de camino a Berlín. Eso sí, dejaron tras de sí unos 25 millones de muertos entre rusos y amigos.

El resto es ya de sobra conocido. Que si los americanos, que si a Ben Affleck le ponen los cuernos en Pearl Harbour, que si Tom Hanks salvando al soldado Ryan y Vin Diesel palmando en plan héroe…
Así nos luce el pelo.

La garzonada

Cuando creímos que el asunto de las Dos Españas ya sólo hacía referencia a si se es del Real Madrid o no, volvemos por donde solíamos a darnos collejas con pseudoideas que guardaban polvo desde hacía décadas.

Permitid que me retrate. Para algunas cosas soy facha. Y mucho. Para tantas otras, soy el más rojo. Según la pregunta a responder, levanto un brazo u otro. No me escondo, asumo que así es como pienso y lo defiendo ante quien sea, con casi la misma vehemencia con la que defiendo que otros no tengan que estar de acuerdo conmigo.
_¿Y quién no lo hace hoy en día en una democracia, amigo?
Si yo fuera un tipo demagogo, diría que, por ejemplo, un juez que se permite el lujo de requerir un listado de víctimas de un sólo bando de cierta Guerra Civil. Pero no lo soy. En serio, y no quiero caer en ese error que supone relacionar una idea sagrada para los occidentales como es la esencia misma de la democracia (en la que, personalmente, creo pero no de modo entusiasta) con un juez que también es político.
Pero la cosa me dio qué pensar estos días.
_No veo dónde está el problema. Garzón hace lo que hizo Franco con la Causa General, allá por los 40, sobre la “horda marxista”. Ya le iba tocando al bando republicano, ¿no?
El problema está precisamente en eso, que Garzón está haciendo “lo que hizo” Franco. Algún mal pensado hasta podría decir que son la misma cosa, y todos sabemos qué significa eso hoy en día. Si en su momento estuvo mal honrar sólo a un bando y acosar al otro, no veo por qué ahora va a estar bien hacer exactamente lo mismo.

Hoy por hoy, quien no sea antitotalitarismos está en fuera de juego. Me da lo mismo si el sátrapa se llama Franco o si se llama Castro. Merecen los mismos adjetivos.
Aquí vivimos una de esas durante 40 años. Una de derechas, nacionalcatólica, cercana al fascismo y el nacionalsocialismo. Una en la que cualquier cosa que oliera a socialista, masón o comunista era silenciado, reprimido y, algunas veces, ejecutado. Una en la que muchos vivieron “plácidamente”, pero unos pocos no. Sólo por pensar diferente (me recuerda mucho a la situación del País Vasco, pero no es hora de hacer paralelismos).
40 años. Una vida, para unos cuantos. 40 años en los que sólo se podía escribir una versión, una historia, una idea. Un bando.
_Qué horror.
Y que lo digas. Al morir (de viejo) aquél hombre, se escogió la vía de la “reconciliación”. Pelillos a la mar y a otra cosa, por ejemplo… mirar hacia delante. Brillante, pese a que nadie quedó contento del todo. Los unos (PSOE, PCE) porque quedaba pendiente ajustar cuentas. Los otros (nacionalistas) porque les daban mucho, pero no la Luna que pedían. Los que faltan, es decir, los de derechas, porque la cosa quedaba como muy progre.

Como ocurría en la antigua Roma, los pactos están sólo para ser incumplidos antes o después. Pasaron más de 20 años de aquellos abrazos y momentos entrañables. Los unos (PSOE, PCE, IU) decidieron que ya había pasado el tiempo suficiente como para poder exigir sus cuentas pendientes. Los otros (nacionalistas e IU) siguen pidiendo la Luna. Los que faltan, están entre la espada y la pared. Tibios, equidistantes. Tabú.

Salió la Ley de Memoria Histórica y ninguno de los que hablan con la boca llena de “democracia” (que nos representa a todos, no lo olvidemos) tuvieron a bien hacer un ejercicio ejemplificador incluyendo a cualquiera que muriera durante aquellos jodidos años, fuera de donde fuera y luchara por quien luchara. Optaron por la solución fácil:
_Ya tuviste 40 años para ensalzar a los tuyos. Ahora me toca a mí.
Y ojo, que nadie lo discuta. Que nadie se atreva a rechistar ni tan sólo un poquito. Que nadie ose plantear si aquello no resulta precisamente comparable a todo lo que condenamos. Ya sabemos qué ocurriría.
Facha! ¡Filofranquista!
_¡Crispadores! ¡Derecha extrema! ¡Cordón sanitario!
O, en todo caso, a vueltas con la misma idea-fuerza:
_Los fachas ya tuvieron tiempo para reivindicar lo suyo, ahora nos toca a nosotros. Además, somos los “buenos”.
Porque nos hemos pasado los últimos 30 años leyendo, escuchando y viendo cómo, efectivamente, los “buenos” llevaban encima una bandera tricolor. Y que los “malos” (y qué malos, joer) llevaban bigote, eran rígidos y crueles y, lo que es peor, enarbolaban una bandera con gallina.
Se lo tienen merecido, faltaría más.

En primer lugar, por haber montado una dictadura de 40 añazos. Por no haber permitido (seriamente) que hubiera libertad de expresión y de pensamiento. Qué coño, con “libertad” a secas acabamos antes.
En segundo lugar porque, acomplejados y cariacontecidos, sus… hum… más cercanos ideológicamente y con amplia representación parlamentaria (dejando claro que no tienen nada que ver, pese a que algún gerifalte intente de cuándo en cuándo demostrar lo contrario) nunca han sabido contrarrestar esta tendencia. Lo han dejado correr, sumidos en el pavor que supondría aparentar que están arrimando el ascua al de El Ferrol.
Ca! ¡Pero si ya lo están!
Eso dice siempre que puede cualquiera del otro lado metido a sectario, cierto. Pero la idea es fenomenal: atan en corto a los únicos que podrían protestar por una situación análoga (con todos los matices habidos y por haber, pero análoga igualmente) y al mismo tiempo campan a sus anchas en determinados campos, como el “cultureta” (¡ja!), donde expandir esa idea y que acabe siendo creíble.
Brillante. Simplemente, brillante. Y rastrero.

Por eso, cualquiera que arremeta estos días contra Garzón para afearle el gesto de brindar al sol por la causa republicana sólo puede recibir palos y no gozar de razón alguna. No importa si la medida es interesada por la situación general del país, si el tipo es famoso, si el tipo es conocido por querer salir en los papeles y chupar cámara… y si todo esto llevará a alguna parte.
_Pues hombre, a la rehabilitación de los defensores de la legalidad y la condena de los genocidas fachas, ¿no te parece poco?
Lamentablemente, visto el percal, poquísimo.

Piratería

Quince hombres sobre el Cofre del Muerto y una botella de ron.

La Historia y la leyenda nos narran historias que mezclan aventuras, delincuencia, libertad, libertinaje y ron. Todo aderezado por climas caribeños y la erótica del peligro.
Algunos nombres ilustres han trascendido sus épocas hasta llegar a nuestros días convertidos en mitos. Jack Rackham (cuya bandera, evolución de la mítica Jolly Roger, hoy es universalmente conocida), su mujer Anne Bonny – y su otra mujer Mary Read-, Barbanegra, Francis Drake, Henry Morgan… son sólo los más conocidos al margen de los que la literatura o el cine nos han ido brindando posteriormente: Long John Silver. Jack Sparrow. El Pirata Garrapata.

De aquéllos a éstos media un abismo salvo para los miembros de la llamada Coalición, un ente que engloba a las sociedades de gestión de derechos de autor, a la industria musical y la audiovisual. Dicha Coalición califica de piratas a más de 11 millones de españoles. Ya nos habría gustado haber podido dar tan vasto número al Caribe hace 300 años. Otro gallo nos habría cantado (¿o no?) y seríamos nosotros los protagonistas de tan fascinantes historias.

La situación no pilla de nuevas a nadie. A fin de cuentas, lo de encasillar a tanta gente bajo un único adjetivo es algo que llevamos haciendo desde que existimos culturalmente. Hoy en día, 10 millones de españoles son fachas, 11 millones son rojos… pero, indudablemente, ser piratas es más romántico. Y divertido.

Según cuenta la leyenda, la piratería quiso organizarse bajo una hermandad llamada La Cofradía. Unas pocas y breves reglas carentes de obligaciones daban una mayor sensación de seguridad entre hombres -y escasas mujeres- sin demasiados escrúpulos. Su “base” estaba en la isla de Tortuga, considerado territorio internacional -u hogar pirata, que lo mismo da- debido a que ninguna nación de la época tenía los huevos suficientes para acercarse demasiado por allí.
Así las cosas, ahora La Cofradía se enfrenta a La Coalición. Ni siquiera Tom Clancy se habría imaginado un escenario tan jugoso para montar una historia de tal calibre.

Si, tal y como la SGAE quiere, nos consideráramos piratas (lo cual no tendríamos por qué aceptar), debemos asumir no sólo la versión que ellos pretenden dar del asunto: ladrones, aprovechados y bucaneros; sino que también seremos merecedores de todo el componente libertario y combativo que hicieron gala aquellos hombres que se ganaron la categoría de héroes para unos cuantos. Y si luchamos, lo haremos del único modo que aquellos piratas y éstos piratas de hoy día sabemos:

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Canción del Pirata. José de Espronceda.

Traducción al cristiano moderno: ¡Pon tu mula a trabajar!

Primeros de mayo

Sí, lo sé, es lo que tiene pasarse el puente de “puente” y no tener ni un rato ni tampoco demasiada inspiración para ponerse a escribir. Pero eh, qué demonios, pecatta minuta, nunca es tarde… etc.
Resulta que aquí en Madrid tenemos concentrados en unos pocos días unos cuantos acontecimientos dignos de mención. Por lo menos, a toro pasado lo han sido por algunas dicharacheras razones que no me resisto a comentar.
Además, estaba ya un poco harto de tanto loco. ¡Bwajajaja!

1 de mayo
El día de la refocilación onanista roja por antonomasia no podían faltar momentos reivindicativos y mensajes nostálgicos que no tienen mucho que envidiar a ciertos convecinos.
Pero eh, qué demonios, es el Día del Trabajador.
_Oiga usted, que muchos obreros proletarios sufrieron represiones burguesas para que pudiera tener un día más de fiesta. ¡Glorifiquemos a los caídos por la causa anticapitalista y anti-imperialista! ¡Arriba, parias de la tierra! ¡En pie, famélica…!
Claro, claro. Baje el puño, hombre, si no le ve nadie.
_¡No pasarán! ¡Salud y República!
Y deje de ondear la banderita, que no puedo ver el teclado, ¡coñio con el abuelo!
Ah, sí. Olvidaba que el Primero de Mayo es precisamente un remedo del 14 de abril pero más rojo y más festivo.
A todo esto, ¿se hizo algo el jueves aparte de atascar las carreteras en busca de solete y playa?
Hum… el Abuelo Cenetero -sí, sigue aquí- me pasa un post-it recordándome que hubo 60 marchas por toda España (dicen que Llamazares estuvo en todas), jaleo en Hamburgo entre nazis y sharperos (unos 6.000 tíos dándose estopa, esos tedescos sí que saben organizarlas bien) y exaltaciones varias en diversos puntos del globo, así como un buen lío en Estambul.
_Ponga que ganamos nosotros, eh.
Faltaría más. “Ganamos nosotros”. La clave, supongo, estará en averiguar a quién demonios debería representar ese “nosotros“…

2 de mayo
Hará unos 200 años, hora más hora menos, unos tipos de mal vivir y peor estofa vieron cómo los gabachos se llevaban a un crío casi a rastras mientrás éste, chillando y pataleando, intentaba zafarse de ellos:
_¡Que quiero volver a por mi caballito de madera! ¡No me voy a ninguna parte sin mi caballito de madera! ¡Verás cuando se lo cuente a papá!
Papá era, ahí es nada, Fernando VII, que estaba en Bayona haciendo como que no sabía nada del tema -y menos después de que el abuelo Carlos IV le castigara sin cenar por rendirse de tal modo a la gabachería- aunque de tripas corazón miraba de soslayo.
Pero hete aquí que aquellos tipos patibularios no se lo tomaron tampoco muy bien. Y empezaron a repartir yoyas y cosas peores.
Claro, una cosa llevó a la otra. Que si me ha llamado esto, que si me ha clavado lo otro, que si este tiro que me has pegado te lo metes por el culo…
_Putain avec les espagnoles
Sí, algo así solían decir cuando tenían una navaja de siete muelles (que vendrían a ser en la época lo que ahora los móviles, todo el mundo tenía una y algunos hasta dos) bajo la garganta. Claro que ellos tampoco se andaban con tonterías y la emprendieron con todo el personal con el que se cruzaron. Y parece ser que se cruzó todo quisque con ellos.
El punto vino cuando a un par de militarras les entró el facherío en vena y quisieron montarse la guerra por su cuenta. ¡Quién les mandaba a Daoíz y a Velarde atrincherarse en un viejo campo de artillería a mandar salvas a los libertadores, igualitarios y fraternales franchutes! ¡Y cómo caían los jodíos!
_Merde alors!
Claro, en vista del cariz que estaba tomando el asunto (cada vez más fachas en el Parque de Monteleón, Sol y la Puerta de Toledo y cada vez más enfants de la patrie dejándose la vida por la gloria del Emperador) a un tal Murat no se le ocurrió otra que decir:
_¿Sí? Pues ahora veréis. Sus vais de a cagar – masculló en voz baja para que nadie descubriera que no nació en un pueblecito del Mediodía sino en El Casar de Escalona (Toledo).
Y vaya si se cagaron.
A partir de este punto fachas y rojos no se terminan de poner de acuerdo.

Facha: Es evidente que el glorioso pueblo español supo levantarse ante la insoportable invasión traicionera de Napoleón y demostramos así que somos un pueblo digno de sentirnos orgullosos, es por esto que el 2 de mayo simboliza el “renacimiento” de nuestra gran nación. Además, vencimos al mejor ejército del mundo y fuimos los responsables de la caída de Napoleón. Así las cosas, los Héroes del Dos de Mayo se merecen todo y más.

Rojo: La Iglesia y la caduca nobleza azuzaron al inculto populacho para que se lanzaran contra aquellos que echaron a un Rey nefasto y nos trajeron a otro que prometía devolverle al pueblo lo que pertenece al pueblo. Es evidente que demostramos una carencia total de valores democráticos al no aceptar al invasor como un libertador sino como un “extraño” al que había que expulsar como fuera. Por todo ello, creo que deberíamos rehabilitar el nombre de los “afrancesados” y redibujar su figura histórica. En cuanto a los fachas que mataron a tanto francés… debería darles vergüenza.

Facha: Ya, claro. Es curioso que la nobleza casi en pleno estuviera de parte del francés y que los altos mandos del Ejército mandaran y remandaran que no se atacara a los invasores bajo pena de arresto. O que los únicos curas que se echaran al monte fueran los más bajos del escalafón. Tampoco es importante, supongo, que la mayor parte de todos estos acabaran emigrando junto a Pepe Botella cuando ganamos en San Marcial. Pero lo realmente curioso es que denomines “democrática” una invasión en toda regla y te quedes tan pancho, y más cuando Napoleón no era precisamente famoso por ser un Emperador muy demócrata. Pero eh, que os pongáis de parte de los perdedores es algo que sabéis hacer de maravilla…

Rojo: Oh, venga, por favor. Es del todo improcedente y muestra del más rancio nacionalismo español andar a estas alturas reivindicando viejas batallas y reyertas. Debimos dejar que los franceses nos enseñaran su espíritu revolucionario aunque al principio tuviera que ser una… ejem… “tiranía” irremediable visto que lo nuestro son las caenas. No aprendimos y así nos fueron las cosas cuando “el Deseado” se convirtió en “el Nefasto”. Borbón tenía que ser. José I fue un buen rey al que no se le dio tiempo a hacer todas las reformas que debía hacer.

Facha: Claro, Super-progre, claro. Por eso se nos independizaron casi todas las colonias del Imperio. Por eso ese “gran rey” se quiso llevar de botín a Francia todo lo que había de valor en Madrid antes de que consiguiéramos recuperar algo menos de la mitad en Vitoria. Por eso redactamos la Constitución de Cádiz, la primera de Europa, envidia de la época. Que Fernando VII fue un mal Rey no lo niega nadie. Lo que es de vergüenza es que vosotros seáis tan esquivos con todo lo que huela a España y su Historia que hasta preferís poneros en el bando invasor. Sí, ese que nos machaca la fruta en las fronteras, tiene armas nucleares y sufrió los Banlieues. En serio, hacéroslo mirar porque lo vuestro empieza a ser enfermizo y huele.

Rojo: Uh… pues tú eres un facha. Y franquista.

Si por algún casual pasáis por delante de la plaza de la Libertad, podréis ver un monolito en el que arde en un pebetero un fuego que no se apaga nunca. Representa, en primer lugar, a todos los que cayeron aquél día (en especial, a Daoíz y Velarde, enterrados ahí mismo) y, también, a todos los que murieron en nombre de España.
Fueran, además, rojos o fachas.

3 de mayo
Murió Calvo Sotelo. ¿Que quién es? ¿No sabes quién fue Calvo Sotelo, piltrafilla? ¿Me lo dices en serio?
_Ilústranos, figura.
Esteee… uh… ¿un señor con alopecia?
Ah, no, si encima los hay que se enfadan porque se muere uno de los expresidentes del Gobierno y nosotros tan ricamente. Es lo que tiene cuando la casta política está a años luz de aquellos a los que dicen (juas) representar.

4 de mayo
Precisamente, lo que ambos rebaños tienen en común es que el corazón entiende de razones que la cabeza no comprende. No puedes pedirle a nadie que se arranque un sentimiento por mor de una idea porque ambas cosas están del todo disociadas. Sí, por eso existen nacionalistas de izquierdas. Qué cosas, ¿no?
De ahí que en cuanto Higuaín (precisamente él) coló el segundo después de diez minutos de épica, me encontrara en Cibeles a gente de todo tipo y condición cuya única premisa unía a todos por igual: un corazón teñido de blanco y morado.
Ricos y pobres, fachas y rojos, abogados y paletas, altos y bajos… así hasta medio millón de nada arrejuntados en una plaza ya mítica entonando cánticos que nos hacían sentirnos ganadores de algo que nosotros, por nosotros mismos, no ganamos. Yo no metí aquel gol pero once millonarios vestidos de corto hicieron que, una vez más, me sintiera una pequeña parte de ellos. Me convencen de que aún son capaces de conseguir que un país que se lleva a matar sepa unirse aunque sólo sea para dar de yoyas a otros que apoyan a otro equipo en el que también se incluyen ricos y pobres, fachas y rojos, abogados y paletas, altos y bajos…

Ah, que conste. Qué pena que Eto’o no nos haga el pasillo. Probablemente esté rabioso por haber forzado la quinta amarilla, estoy convencido de que se moría de ganas de aplaudir a aquellos que, no hace tanto, insultó con tanta alegría. Pero aquí ni creemos en casualidades ni pensamos que nadie sea un cobarde, ¿a que no?

11 de Marzo

Hay días como hoy en los que cada átomo del cuerpo pide a gritos expresarse, soltar una idea obsesiva de la mente, calibrar una imagen, un recuerdo, una vivencia o todo al mismo tiempo. Un paso adelante en la evolución de una persona que no cambiará ni descubrirá novedad alguna… pero que, por otro lado, sonríe no carente de cinismo ante una obviedad que se resistía a revelarse.

Hoy es un día que no puede considerarse como otro cualquiera. Un día como hoy, hace 4 años, todos sabíamos dónde estábamos y qué hacíamos cuando ocurrió lo que nunca creímos que ocurriría. Y descubrimos que, por encima de vidas centradas en interioridades y egoísmos, sabemos dar la cara cuando realmente es necesario. Que nadie tiene que movernos para actuar con desprendimiento. Que sabemos dar sin pedir nada a cambio.

Que, después de todo, Madrid (y España) es todavía mejor.