La falacia de la lengua como identidad

La identidad personal está construida a través de capas. Es necesario que sea así para poder mantener el grado de socialización que nos define como especie y que trasciende el núcleo principal de nuestras relaciones más directas. Uno es uno mismo, y luego familiar de alguien, y luego habitante de un edificio, de una calle, de un barrio, de una ciudad, de una región, de un país, de un área, de un continente y así hasta llegar a la propia definición de Humanidad. Pero la identidad no son sólo localizaciones superpuestas. Cada gusto, cada preferencia, cada hábito condicionan a ser uno parte de algo más que identifica a un todo, a veces de forma monolítica y uniforme. Es sano rechazar los estereotipos pero al mismo tiempo nos esforzamos por mantenerlos vigentes: así se mantiene intacto el estándar desde el que reflejarse y con el que interactuar, sea de forma imitativa –con sus convergencias y divergencias respecto a ese canon en función de cuánto queremos parecernos- o de forma evitativa, es decir, siendo todo lo contrario a lo que no se quiere parecer.

La pertenencia es un elemento necesario entre animales sociales, y somos animales sociales. Necesitamos sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos que contraste nuestra definición y nuestro posicionamiento. Es el yo soy yo y las circunstancias que me rodean y los demás yoes con los que me relaciono.

Cuando alguien confronta esa opinión o cuestiona esa creencia, por muy racional o argumentada que ésta sea, nuestro sentimiento de pertenencia se siente amenazado y, por lo tanto, nuestra identidad misma. Se trata, así, de un choque de legitimidades entre la libertad de expresión, la tolerancia a ideas diferentes, la identidad personal y la autoestima. Cuestionar la propia identidad es cuestionar la autoestima, con todo lo que lleva aparejado de respuestas emocionales: agresividad, irreverencia, búsqueda de comparativos que compensen la cadena de errores lógicos y sitúen al otro en un plano falaz. Eso conlleva a expulsar al discrepante de la pertenencia al mismo colectivo imaginario que se superpone a la identidad personal, puesto que nos hemos convencido de que, además de nuestra propia definición de lo que somos, existe una identidad grupal a la que adscribirnos. Con las mismas capas: hay una identidad grupal de familia, de calle, de barrio, de ciudad, de región, de país, de área, de continente hasta llegar a la conclusión de que nuestra identidad grupal como especie es la Humanidad. Todos nos consideramos seres humanos con la misma intensidad que reconocemos al resto como seres humanos.

Sentirse ser humano es fácil. No necesita mucho argumento. Lo verdaderamente difícil es negarle a uno su condición humana como identidad. Ese sería el tronco inicial desde el que tomar todos los puntos de partida posteriores.

La identidad se conforma a través de la experiencia y el aprendizaje. Y éstos se adquieren a través de lo cognoscible por nuestros sentidos. Podemos ser visuales y entonces importa la fisonomía para identificar unos de otros. Los colores, de piel, de ojos, de impresiones. Las proporciones, de altura, de volumen, de pareceres. Se juzga lo que se ve en función de qué me gusta mirar.

Quienes clasifican desde este punto (de vista, de tacto) no son diferentes a quienes lo hacen a través de otros sentidos (de gustos, de oído). Una lengua entra en el mismo ámbito de decisión personal que la ropa que vistes, la música que escuchas, las expresiones con las que te identificas o los sabores que disfrutas. Se enjuicia lo que se oye o se paladea en función de cómo quiero ser visto.

La misma racionalidad se da entre quienes distinguen una raza de las otras que quien distingue un hablante de una lengua de las otras. Ambas son imposiciones binarias: no se decide con qué piel nacer ni cuál se desea más tocar, tampoco las preferencias sexuales forman parte de nuestras decisiones. Aunque tengo la posibilidad de aprender más idiomas no he decidido mi lengua materna, me la han impuesto al enseñarme una sobre todas las demás. Del mismo modo que me puede resultar más agradable escuchar unas que otras (por afinidad o por rechazo), siempre me resultará más sencillo comprender a quienes hablan esa lengua u otras que se parezcan.

La trampa de la identidad por idioma reside en la falacia de su taxonomía: una persona que ni ha pisado ni pisará Cataluña puede aprender catalán pero no por ello serlo. Un catalán que no ha salido jamás de su pueblo puede no hablar catalán y no por ello dejar de serlo. Porque el constructo “lengua propia” no es más que eso, un constructo. Un lugar común desde el que tomar posiciones ideológicas. Un territorio no tiene lengua, no se la ha enseñado a sus habitantes ni hay en la atmósfera local un evocador de palabras. En la misma Cataluña a lo largo de la Historia se ha hablado ibero, griego, latín, germano, árabe, lenguas de transición y catalán y castellano. Y castellano, sí, al menos desde el siglo XV. La identidad personal no te la da el instrumento con el que te comunicas con otras personas. Pero entre ciertos nacionalismos etnicistas sin base racial se ha instalado este elemento como el rasgo identitario diferencial con el que poder hacer sentirse diferente a otro del que se quiere diferenciar. Quebec, Flandes. Cataluña. País Vasco. Galicia.

Federico II, el estupor del mundo, quiso hacer un experimento con niños recién nacidos (a los que crió sin dirigirles palabra ni gesto alguno) para identificar la lengua primigenia y no encontró ningún resultado. Porque no hay lengua primigenia sin aprendizaje. Para que exista una lengua debe haber al menos dos personas que necesiten comunicarse. Para uno mismo, para sus adentros, se puede cuestionar si es del todo imprescindible construir un idioma para identificar pensamientos, emociones, necesidades e instintos, si yo podría bautizarlos con mis propios términos y entenderme a mí mismo. De hecho, el “yo me entiendo” lo conocemos todos como parte de esa disonancia entre lo que nosotros hemos definido interiormente y lo que sabemos expresar hacia afuera.

Y sin embargo, el experimento del Hohenstaufen fracasó (y añadió una veintena de muertes al mundo) porque las lenguas son necesarias para establecer términos complejos que definan, expliquen e identifiquen algunas situaciones que nuestra experiencia no ha sabido explicar o expresar con la suficiente definición. Tan es así, que cuando un idioma no puede alcanzar por sí mismo un término, expresión o experiencia, lo toma prestado de otro que sí lo ha hecho. No es que entonces se enriquezca (que también), es que si no lo hiciera terminaría por dejar de ser útil y desaparecería. El valor de un idioma se mide por su utilidad. Lo demás, simbolismos incluidos, es romanticismo.

Escribo en este idioma porque es el que me resulta más fácil para poder explicarme mejor que otros que hablo y pienso. Es gracias a esta lengua –podría haber sido otra- que puedo permitirme expresar lo que llevo dentro. Forma parte de mi identidad, sí, pero no lo percibo como un elemento fundamental. No dejaría de ser quien soy si hablara otra lengua o empezara a hacerlo ahora. Si mañana se decidiera una lingua franca para todo el mundo no me sentiría molesto o perturbado en mi identidad, mientras siguiera pudiendo identificar mi realidad con las palabras que necesito. El problema sería entonces que alguien me prohibiera pensar para mis adentros en la forma que lo hago. Que alguien cuestionara mi identidad por la forma en que me relaciono conmigo mismo. No tendría ningún sentido. Pero, por lo visto, lo tiene para los que consideran la lengua el elemento definidor de su identidad. Que se sintieran menos ellos, menos lo que les define, si otras personas que no son ellos no hablaran como ellos. Y por ahí entra mi rebeldía, y la evidencia de la trampa que supone semejante arbitrio.

La imposición de identidades siempre resultan conflictivas y no conducen a ninguna parte. Por eso me han resultado siempre tan ridículos los que dicen “qué pone en tu DNI” o “eres y morirás siendo español” (como afirmación del hecho que una identidad administrativa confirma una identidad personal) como el que llama “mal catalán”, “botifler” o niega directamente la catalanidad al que no piensa en catalán o el que no lo fundamenta como rasgo de nacionalidad (como afirmación del hecho de que una identidad personal conforma otra identidad personal).

Por ese mismo motivo cuesta tanto aceptar la nacionalidad de Cataluña por su base lingüística. No es un rasgo definitorio de la expresión de una realidad colectiva suficiente. No es definitoria (Cataluña seguiría siendo lo que es si el catalán no hubiera existido) ni es homogénea (apenas la mitad es catalanoparlante y la proporción no es la misma en todas partes) ni es monolítica (no todos los catalanoparlantes hablan el mismo tipo de catalán). Y el catalanismo lo sabe, por eso necesita esforzarse, con fiero ímpetu, a defender una lengua que, si fuera tan definitoria del hecho diferencial, su mera existencia bastaría para confirmarlo. Pero como no es suficiente, es necesario añadir la amenaza de otra lengua, el castellano, y de quienes se expresan en ella. Porque no pueden coexistir como lo han hecho durante siglos.

Por supuesto, pensar así es excluyente. Pero es que el ser humano es excluyente por naturaleza y para dejar de serlo es necesario realizar un proceso de transformación en el que la identidad personal no se ve cuestionada, minusvalorada o empobrecida al contacto con otras. Como eso supone un esfuerzo –o una adaptación al entorno- una significativa mayoría prefiere permanecer en su zona de confort y asumir esa exclusividad como parte natural de su identidad. Cuando se pone peligroso es cuando un número crítico de personas comienzan a exigir uniformidad y que todos los demás sean como ellos o, al menos, no se discuta lo que dicen o lo que sienten. La identidad personal queda entonces sometida a la identidad grupal, caracterizada por llegar a los extremos.

Mi identidad no se siente amenazada por su existencia, ahora hostil. Las cosas que hacen no me empujan a radicalizar mi discurso o a reforzar algunas partes de mi forma de pensar o de identificarme. Hablo por mí sabiendo que hay mucha más gente que sí se ha visto empujada hacia la polaridad. Cuando no consigues congregar el consenso general alrededor de una afirmación, es posible que ésta no sea del todo cierta. Tal vez la humillación que tanto temen sea precisamente que sus principios fundamentales tengan grietas y fallas.

Lo que inevitablemente lleva a preguntarse qué hacer. A dónde conduce esto. Podemos dar por perdidos a los más fanatizados. Quien ha construido su identidad (aunque sea con bases inestables) ya no va a deshacerse de ella a menos que lo haga de forma voluntaria y gradual. El trabajo está en hacer ver, a quienes aún quieran ver, que su identidad, inalterada, es compatible al contacto con otras igualmente inalteradas. Nadie sano y cabal va a cuestionarle la pertenencia o la identidad a un catalán en España por hablar y sentirse catalán. Otra cosa es que eso suponga un hecho diferencial que le confiera poderes, que sea superior, o siquiera diferente. Que es susceptible de crítica tanto como lo puedo ser yo o lo que represento o lo que me conforma. Ninguna de esas críticas cuestiona lo que soy o lo que siento. No se habla mal de Cataluña por criticar el catalanismo. No se es anticatalán por tener una opinión legítima cuestionando sus dogmas. Tampoco se es antiespañol por ser catalanoparlante, lo siento por quienes se lo creyeron y lo disfrutaron.

 

De ahí mi idea, personal e intransferible, de que bien llegamos al compromiso de entablar relaciones entre personas iguales donde ninguno hacemos gala de resaltar nuestras diferencias para sentirnos especiales y reclamar injusticias, o bien cada uno tire por su lado y juntos, en armonía, construyamos un buen y sólido muro.

(Editado)

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