El relato

No hay más relato que el que uno quiera seguir.

En un conflicto político hay dos posturas radicalmente opuestas. Polarizadas. Inasumibles para el otro. Federalismo o jacobinismo. Monarquía o República. Real Madrid o Barcelona. Todos legítimos pero irreconciliables porque no puedes escoger ambas. Pero esto no es ni fue nunca un conflicto, sólo ganas de tirar hacia adelante como se pudiera, con pereza para resolver. Con desidia para defenderse. Con melindres para rebatir embustes tan enquistados que algunos creen verdades. Con placer culpable en aceptar que quizá sea cierto, quizá esto sea irreformable, quizá somos vagos, quizá robamos, quizá somos mas corruptos, quizá más atrasados, quizá no respetamos sus diferencias ni las cultivamos lo suficiente, quizá sean mejores y más civilizados. Quizá sean daneses. Quizá seamos magrebíes. Quizá seamos tan racistas como ellos y llamarnos magrebí nos ofenda. Quizá nos hayamos merecido parte de esta pena.

En esa carga llevamos el peso del relato. Que otros cuentan y debemos ir a remolque, contrastar y medir y resignarse a que el ruido inicial se lleve por delante todo razonamiento y análisis. Llamar derechos a desobedecer leyes. Llamar democracia al voto censitario del Catalan-only. Llamar libertad privarme de la mía. Llamar diálogo a aceptar sus tesis. Lo han convertido en un teatro donde falsearse, en algo que pueden modularse entre ellos y también a los demás. No dudo que ellos se crean la pantomima. Cuestiono que esperen que me lo crea yo también. Que comprendan que hay males crónicos, rupturas permanentes. Relatos inasumibles.

Como los de los que viven en negación. Aquellos que no quieren imaginarse otra posibilidad que su pequeña esperanza de ser todo teatro y pose. Los que se desesperan por confiar en que todo esto sea para tener una posición de fortaleza para negociar mejores condiciones en Madrid. Cuántas veces oí el mismo delirio tenaz. Con qué pena asistía a personas lúcidas y sagaces vendarse los ojos y taparse los oídos. Desdibujando el lienzo que se pintaba a su alrededor con otros colores más amables, más elegantes, más capaces de ser soportados. Sin remedio. Resisten, tozudos, como si de esto pudieran salir con un pacto fiscal o un estado federal. Como si alguien a este lado fuera a ofrecérselo sin ser tachado de ingenuo.

Pero hay ingenuos. Hay quienes les dan la razón por cálculo político. Que de veras piensan que somos todos idiotas y pueden decir un discurso para un día después decir el contrario sin que se note, de forma constante y consistente, y que eso no tenga un coste. Los que un día dicen que apoyan el referéndum para deslegitimarlo el día después. Los que exigen que se pacte un nuevo referéndum en igualdad de condiciones. Son los mismos que cuestionan el Régimen del 78 por estar viciado y condicionado. Los que menosprecian el referéndum que votó la Constitución que les ampara. Ninguno de todos ellos ve las similaridades de las que tanto abominan ni establecen diferencias en los vicios ni los inconvenientes. Porque sólo es un relato construido. Un relato corto, que no sostiene el discurso ni media hora. No importa. No conocen el significado de coste, porque no pagan el precio del que asume el relato.

Ingenuos a izquierda y derecha. Que aseguran que esto tiene arreglo mañana. Con más cesiones. Más desigualdades. Más blindajes. Más conculcaciones. Que lo haga el Círculo de Empresarios no me sorprende por todo lo que supone de inflar su bolsa, pero que replique Foment es de nota. Pórtense mal, empleados. No sólo no les despedirán. Les subirán el sueldo y les darán más días libres. Exijan ilegalidades, atormenten a sus compañeros. Nos sentaremos con ustedes a negociar sus condiciones. Eso dicen. Frases que no resisten un segundo análisis. Respuestas sin pregunta y tesis indemostrables. No durará su dicha cuando entiendan la magnitud de la brecha abierta, cuando sus propias palabras les ahoguen.

Y los infelices que claman al diálogo. Que pretenden seguir alimentando la fatalidad con más rémoras y lastres. Premiarles la rebeldía y recompensarles los menosprecios. Para así después seguir diciendo que este país es un desastre y tener motivos para decirlo. Sin que se les caiga la cara de vergüenza. Porque ellos no son la ética sino la estética. Sólo entienden de lo aparente sin que el fondo importe. Por eso prefieren dejar que unos delincan y otros paguen. Por eso aúllan los delitos de unos y callan los de otros. Por eso se escandalizan por las detenciones y las intervenciones de policías y miran para otro lado cuando la misma policía pero de otro cuerpo dejó a compañeros arriesgar la piel y jugarse la cara. Y lo llaman ataque, y opresión. Por eso se mesan las barbas y hablan de conflicto político como aquel que hubo en el Norte en otros tiempos. Con la misma desfachatez. Con insulsa y banal insensatez se atreven a clamar por alturas de miras. Ellos, que cuando se las ven en las mismas reaccionan igual o peor. O ellos, los que nunca han levantado la cabeza no fuera a molestar a alguien. Para tener altura de miras se debe considerar el cuadro completo y el largo plazo, ellos sólo ven lo suyo y además viven en el corto del no confrontar, no parecer, no aparentar. Pero en su relato repiten esas tres palabras como si supieran lo que significa de veras más allá de haberlo oído antes. Como si el nacionalismo no fuera el reverso de la elevación, las tinieblas de la razón.

Cuántos compraron el relato y callaron. Cuántos dudaron si opinar hasta que vieron que era mejor dejarlo correr por no hacer mal. Renunciaron al pequeño espacio de discusión que suponían las conculcaciones a sus derechos. Los feos con el idioma castellano. Las burlas públicas a expresiones coloquiales. Los desprecios a tradiciones familiares. A otros ya les iba bien siendo extraños entre extranjeros, el rizo rizado de la ajenidad. No les concernía. O sacaban tajada del invento abrazando la causa con el fervor. Patanes que retoman el relato y lo pretenden hacer suyo. Como si fuera con ellos. Como si contaran con ellos. Como si no hubieran visto que es a ellos a quienes dirigen sus peores insidias, el que vino de fuera a agredir su plácida existencia en sintonía con la tribu. Sin más acogida que la asimilación del relato. El agravio. La queja. El supremacismo que tanto acuna al legítimo como al parvenu.

No consiento el embudo alambicado de libertades concedidas para ellos y silenciadas para mí. De expresión, de credos o de principios. De legitimidades, de deseos y de pareceres. Estoy harto del rasero antiespañol estimulante y anticatalán denigrante. Que se atrevan a meter las fobias en sus delirios. Que se las crean. Que acusen. Que señalen. Que juzguen. Que condenen. Por eso escribo. Para que no haya más silencio. No ser cómplice.

Para contar mi relato.

 

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Un comentario en “El relato

  1. Otra brillante entrada en la que me veo obligado a dejar un comentario como modo de agradecimiento.

    No puedo estar más de acuerdo, pero sí que me gustaría relacionar este tema con el de la anterior entrada. En el fondo se tratan de lo mismo: excusas. Del mismo modo que uno dice que se une al independentismo por Rajoy, hay otros que hablaban de la victoria nacionalista en la construcción del “relato”. Todo para pegarle un palo al concepto de España.

    Por cierto, ¿dónde se metieron todos tras el discurso de Felipe VI? ¿Y tras las muestras de cariño sin precedentes hacia la policía y guardia civil? ¿Ya no es tan importante la épica del “relato” ni los lemas (“no estáis/estamos solos”)? Son preguntas retóricas, evidentemente. Han cambiado todos de excusa. Todo por no admitir que este problema lo está solucionando la fuerza colectiva de los propios españoles. El Rey sólo canalizó en televisión lo que piensan millones de personas pero necesitaban apoyo institucional para perder el miedo. Las empresas no están trasladándose por miedo a la independencia, sino por miedo a boicots y para conservar su imagen. El catalanismo ahora mancha. Y si el Gobierno o políticos comienzan a ser firmes es únicamente porque se ven empujados por votantes cabreados. Es curioso, tantos años insistiendo en que una revolución instigada por la burguesía catalana era “de base”, para no ver esta otra revolución de base cuando la tienes en las narices.

    Al final resulta que todo se resume en lo mismo: España y la antiespaña. Quien está entre los segundos, le negará el pan y la sal al enemigo. No tiene nada que ver con ser de izquierdas, derechas, catalanes y no catalanes. Sino con odiar o no a una nación hasta como concepto. Y por eso no es sorpresa que aparezca hasta el nacionalismo británico rancio, así como el resto de viejos conocidos que llevan ahí desde los albores de la leyenda negra.

    Un saludo

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