El manifiesto que leyó Josep Guardiola

Desgrano el contenido del manifiesto, sacado de una fuente partidaria. Lo leyó Josep Guardiola, ilustre ex-jugador y entrenador. Un vocinglero que difunde la palabra y que es cáscara vacía con altavoz, pura pose diletante y spleen ávido de épicas que no verá, absoluto oportunismo de quien tiene la vida resuelta y les pide a otros que arriesguen las suyas. Nunca me cayó bien. Ni como jugador ni mucho menos como entrenador.

Dicho esto. Como a todo deportista profesional -como a cualquier persona, de hecho-, no se le exige un compromiso diferente que a lo que le da de comer ni tiene por qué dar explicaciones de sus ideas o sus ideales. Guardiola puede ser todo lo independentista que desee ser. Puede hacer declaraciones estrambóticas que a otros les parezcan muy cabales y aplaudirlas, dar la callada en otros aspectos que podrían resultar más polémicos (o no hacerlo) y mantener esa impresión como de estar hecho a base de retales ficticios en los que no hay detrás sino nada. Puede desear ser utilizado por el secesionismo -aunque dé vergüenza ajena en ocasiones– o incluso encabezar sus causas si le da por ello, y sin que eso suponga una especial inquina por haber jugado casi cincuenta veces con la selección española. Allá él. Como ciudadano libre de un país libre, tiene derecho a todo esto.

Sólo que él declara no ser un ciudadano libre ni proceder de un país libre.

‘La única respuesta posible: votar’

El título ya chirría. En los últimos tiempos asistimos y consentimos con demasiada facilidad el solipsismo “único”. Es fascinante esa querencia por hablar de únicas soluciones, únicas respuestas, únicas salidas. Da igual que haya cientos de matices, decenas de posibles interpretaciones o infinidad de opciones diversas, opinadores aficionados y de alquier por igual transcriben “único” queriendo decir “por mis cojones”. Cuando el cojonismo alcanza niveles de este calibre, uno termina por preguntarse dónde queda el límite y de qué sirven las palabras, si el significado que se les da es el de simples muletillas con los que continuar una frase. Pero respuesta única, dicen.

Votar. Es el mantra preferido, un hito en el camino, una verdad indiscutible e inmarcesible. Cómo vamos a oponernos a votar. En qué cabeza cabría impedir la posibilidad de voto, la expresión de la voluntad individual en un demos colectivo. En España hay miedo a votar, dicen. Porque no participamos -votando a toda clase de partidos- en el juego democrático en 4 niveles (local, autonómico, estatal y europeo). O sí, pero no importa. Tampoco podemos saltarnos la dialéctica de partidos y proponer Iniciativas Legislativas Populares para que sean debatidas y sometidas al juego de mayorías para crear leyes. O sí, pero es irrelevante. Porque al catalanismo ni le interesa el voto (que no tiene) ni plantear iniciativas (que no ganaría). Quiere la influencia que no se merece. Pretende el reconocimiento de sus delirios sin réplica.

Hoy estamos aquí para dejar bien claro que el próximo 1 de octubre votaremos en un referéndum para decidir nuestro futuro. Votaremos aunque el Estado español no lo quiera.

Para dejar bien claro. Esta vez sí. No como las veces anteriores. Esas eran de prueba. El referéndum para decidir su futuro lo hacen cada cuatro años, aproximadamente, pero el catalanismo no se refiere a eso. Se refiere a ejercer un derecho de autodeterminación que no tienen, a dictar una secesión que no pueden declarar, a establecer unas fronteras que no sabrían dónde empezar a construir. Por eso el Estado español no quiere. Porque no hay ninguna garantía, ni reglas de juego, ni condiciones previas, ni baremos para medir resultados, ni nada. Tan sólo lo mismo de siempre, parole.

Ni siquiera menciono la Constitución y sus costuras. Es innecesario, puesto que aun en el supuesto de que autorizara un referéndum de secesión, no sería al modo en que pretenden realizarlo los catalanistas. Pero esto no les interesa.

Lo hemos intentado acordar este referéndum hasta 18 veces y la respuesta siempre ha sido No, ignorando el apoyo del 80% de la población y despreciando la rotunda mayoría con lq que cuenta al Parlament. No tenemos otra salida. La única respuesta es votar.

Errores sintácticos y gramaticales aparte, que evidencian que no son capaces ni de redactar una declaración solemne como es debido, el catalanismo se aferra a “intentos” por “acordar” un “referéndum” hasta “18 veces”. En el lenguaje catalanista, “intentos por acordar” se entiende como el forzar al otro a aceptar sus premisas y condiciones, la fecha y la pregunta y las respuestas y el quórum y cualquier mínimo detalle. Cualquier cosa diferente a una adhesión fue vista como un “No”. Lo de las dieciocho veces -escrito en numeral- es un adagio de Esquerra Republicana que nadie se ha molestado en corroborar, aunque muchos medios lo publicaron con alegría. Porque así es como se impone un discurso.

El Estado ignora el apoyo del 80% de la población. De los cuales el 40% es declaradamente secesionista. Esos son muchos, gustan de decir los melindrosos. Son muchos, aunque menos de los que quisieran. Y es un problema, efectivamente. Pero no para el pretendido Estado autoritario, que ni gasta energías en alentarlos ni dinero en mantenerlos, sino para quienes ese porcentaje de voluntariosos siguen sin ser suficientes para pasar de “muchos” a “mayoría”, cuanto más cualificada, más definitiva. Por eso en el texto han incluido a aquellos que aceptarían votar un referéndum en condiciones legales y pactadas, cosa que ni está sucediendo ni pretenden que suceda. Por lo que nadie está ignorando al 80% de la población, sino en todo caso a la minoría que quiere hacer las cosas a su modo y manera. Pero eso no queda igual de bien, claro.

La “rotunda mayoría” se refiere a esos 72 escaños de 135 con que cuenta el irredentismo a día de hoy. Mayoría absoluta, sí. Insuficiente hasta para cambiar sus reglas internas, también. Pero rotunda, ya saben, al modo catalanista de contarse.

Y por eso no tienen otra salida. Porque no pueden admitir la derrota, que no son suficientes, que no llegan, que se quedaron cortos, que no pueden convencer a más. Que se quedaron por el camino y algunos pagarán un precio muy alto haberse subido a este carro. Por eso su única respuesta es “votar”. Provocar esa reacción del Estado que no llega, los tanques, la agresión, el choque de trenes. El impulso final que por sí mismos no pueden conseguir.

Los catalanes hoy somos víctimas de un Estado que ha puesto en marcha una persecución política impropia de una democracia en la Europa del siglo XXI.

“Víctima” es la palabra nuclear de todo este sinsentido de texto. Y esta frase añade más sinsentidos porque:

  • Incluye a todos “los catalanes” en el victimario. Incluso los que no son independentistas. Incluso los que son miembros de ese Estado persecutor.
  • Llama “persecución política” a la discrepancia y a castigar (con deliberada mesura) al que comete delitos, sin importar origen ni condición.
  • Cataloga como “impropia de una democracia en la Europa del siglo XXI” un Estado de Derecho garantista y sometido a tribunales superiores, tanto europeos como internacionales. Que no se han pronunciado en ningún caso alertando de esa impropiedad o mostrando preocupación por una posible deriva impropia. Nada.

Un ministro del Interior que conspira para destruir la sanidad, unidades de policía política que elaboran pruebas falsas contra nuestros gobernantes, inhabilitación y persecución judicial contra el presidente de la Generalitat para poner las urnas.

Un ministro del Interior -catalán- que conspira (¡conspira!) “para destruir la [S]anidad”. Cómo se les queda el cuerpo. La Ministra de Sanidad -también catalana- seguro que se ha vuelto también independentista. Si tienen interés en saber a qué se refería el ventrílocuo de Guardiola cuando dijo estas palabras, aquí podrán entreverlo. El autor, que lleva años persiguiendo el tema, es de Podemos.

La policía política que elabora pruebas falsas contra sus gobernantes. Porque por qué no. Ninguno ha robado dinero ni ha cobrado comisiones ni se ha quedado con lo que no le corresponde. No ha existido nepotismo, ni cochecho, ni tráfico de influencias, ni prevaricación ni amaño de contratos ni falsificación de cuentas ni financiación ilegal ni enriquecimiento ilícito ni alzamiento de bienes. No hay ni ha habido corrupción, todo es una elaboración de la policía política del Estado.

Todos conocemos los intentos para acabar con el modelo de escuela catalana, pilar de la cohesión social. Y del bloqueo de las inversiones en nuestras infraestructuras, como los puertos, el aeropuerto o los trenes…

Ah, el modelo de éxito y la cohesión social. Significantes vacíos que este mismo texto tan mal construido y escrito confirma como tales. Un modelo tan de éxito que no tiene réplica en ningún lugar del mundo. Que nadie se pregunte cómo es posible. Olvidemos los informes de la UNESCO y cualquier argumento racional. Ideología, ideología, ideología. Esa es la única cohesión social que quieren y pretenden.

También incluyen un bloqueo de inversiones en “nuestras infraestructuras”. Llevan cinco años diciendo que se van y quieren irse y al mismo tiempo que les paguemos la fiesta. Que les construyamos un corredor mediterráneo y ampliemos terminales. Pero es que además es falso. Un Gobierno no puede bloquear inversiones sin cometer un delito. Eso sería prevaricar, y el lugar idóneo para denunciarlo es el Juzgado, no un mitin. A menos que no sea cierto. Pero esto tampoco se lo pregunta nadie.

Hoy el Estado español persigue incluso el debate político. Una amenaza extensible a todos los demócratas: al Govern, al Parlament, a su presidencia y a su mesa. Incluso, a la función pública y a nuestros empresarios que se ven presionados por la fiscalía y la policía judicial. Es inédito y democráticamente insostenible.

“El Estado persigue el debate político”. Inaudito. Aparentemente no existen medios de comunicación (nada subvencionados; igual que los del Estado), partidos políticos ni grupos de presión (tampoco subvencionados) en la Comunidad catalana que planteen ideas independentistas sin que el Estado les persiga o les censure. Debe de haber muchas sentencias judiciales en las bases de datos detallando esas persecuciones y censuras.

Y esa es una amenaza “extensible a todos los demócratas”. Pero acota ese “todos” al gobierno autonómico, el parlamento autonómico, la presidencia autonómica y la mesa autonómica. Desconozco qué somos todos los demás. Por exclusión, tal vez no demócratas. Es lo que ocurre cuando no sabes escribir.

Por supuesto, el Estado amenaza a la función pública. Santiago Vidal era EstadoLluis Llach es Estado. Ellos no lo sabían, claro, pero lo son en tanto representantes del Estado como parlamentarios por Cataluña. Por eso el manifiesto se hace eco de estas amenazas.

“Sus” empresarios se ven presionados por la [F]iscalía y la policía judicial. Pregúntense a cuento de qué va una Fiscalía a “presionar” a unos empresarios cualesquiera, y qué posibilidad de intervención podría tener una policía judicial en ello. Como es una denuncia al aire, no tengo datos concretos que valorar. Hago una búsqueda genérica. Los resultados son descorazonadores. Aparentemente, es “inédito y democráticamente insostenible” que una Fiscalía investigue como colaboradores de un delito de prevaricación a empresas proveedoras de servicios que sabían que estaban colaborando en la comisión de un delito de prevaricación. Es, sin duda, inédito en el mundo.

Este escándalo político solamente se revierte con más democracia. Por eso pedimos a la comunidad internacional que nos ayude. Apelamos a todos los demócratas de Europa y del mundo a hacernos lado en la defensa de los derechos hoy amenazados en Catalunya como el derecho a la libertad de expresión política y el derecho al voto. A hacer frente a los abusos de un estado autoritario.

El mundo les mira, decían. Pero no lo suficiente como para advertir el “escándalo político” que es mantener la seguridad jurídica y la integridad de un Estado. Sin duda, no tardarán esos “todos los demócratas de Europa y del mundo” que no son el Estado español a “hacerse lado” [catalanada sin traducción, similar a apoyar] esa defensa de esos derechos amenazados. Porque recuerden, señores de Europa y del mundo, que los catalanes no tienen derecho a expresarse ni tampoco tienen derecho al voto. Se los arrebatamos, fieles a la tradición de abusos de un “[E]stado autoritario”, sin que nadie se diera cuenta y a pesar de estar bien vigilados desde Bruselas, Estrasburgo, La Haya y Lausana.

Los catalanes votaremos este 1 de octubre, y cuando el Govern de Catalunya cumpla con el mandato democrático no estará solo.

En otro momento, quizá, hable de esa enfermiza obsesión por solemnizar los nombres de las instituciones catalanas en catalán cuando se expresan en castellano. Ideología de nuevo que algunos medios ya recogían de siempre y otros empiezan a adquirir.

Acerca del significante vacío “mandato democrático” otros mejores que yo han escrito largo y tendido sobre el asunto y no añadiré más.

Además, de la mayoría democrática del Parlament, el Govern tiene que saber que todos y cada uno de nosotros estaremos en su lado.

Una falta de puntuación seguida de una gramatical y dos semánticas. No está mal para quienes se dicen que el castellano se aprende muy bien por la tele. Y estos son los adultos. Cómo lo harán los niños.

Ahora que la voz de la democracia quiere ser secuestrada, más que nunca acudiremos a las urnas y defenderemos con todas nuestras fuerzas la democracia y nuestros representantes. Estamos comprometidos. ¡No fallaremos!

Falacias victimistas al margen, sin las que no sabrían mantener este invento más allá del supremacismo y el etnicismo que tan mala prensa tienen, hay algo seguro. Ellos no fallarán, no me cabe duda. Muchos modos de vida dependen de ello y con el dinero no se juega. Lo que fallará, y serán ellos mismos quienes lo vean cuando toque, es el suelo argumental que pisan y el entramado que lo sostenía.

Porque este discurso lo leyó Josep Guardiola.

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Un comentario en “El manifiesto que leyó Josep Guardiola

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