Caer de la rama

No soy nacionalista. Es decir, creía que no lo era. No al menos como entendemos aquí el arquetipo clásico del buen facha, ya domesticado y silenciado. Desterrado a la anécdota de la excepción y la bufonada. Pero en los últimos años he observado cómo hemos dejado crecer otro tipo de fachas igual de peligrosos que rezan a otros ídolos y adoran otros colores. Me tapé los ojos para no ver todos los paralelismos, para justificar sus violencias, entender sus mentiras, aceptar sus falsedades, asumir sus manipulaciones. Ellos no podían ser fachas. Era imposible que lo fueran, y si cabreaba tanto a los fachas debían ser de los buenos. Y si eran de los buenos yo, que también lo soy, al menos no debía inmiscuirme. Todo por no reaccionar como aquello que tanto temía: como un apestoso facha.

Dejé que aquellos adoradores decidieran qué éramos todos los demás y me acabaran incluyendo en la parte de los que agraviaban. Dejé que me llamaran vago, ladrón, mesetario, maketo, paleto, africano, moro, opresor, colono, bárbaro, primitivo, maltratador, conquistador, invasor, monolingüe, golpista, imperialista, centralista, cañí, negrero, genocida, represor, terrorista, franquista, rancio, casposo, intolerante, uniformizador. Lo acepté con deportividad pensando que tendrían razón, que ellos sabrían algo que yo ignoraba. Con qué infantil jolgorio reía y jaleaba los primeros tiempos. Dadles caña a esos jodidos cerdos, a por ellos, se merecen cada puto insulto. El respeto empieza y termina donde a mí me sale de los cojones y hay gente que no se merece ninguno. Toda opinión es válida pero hay opiniones que valen una mierda. Despreciaba los torpes intentos de respuesta absurda, mira tu DNI, eres español y lo serás hasta la muerte. Se merecían cada burla, cada risa condescendiente y cada maldito manotazo. No es que simpatizara en absoluto con el independentismo, ni siquiera con un federalismo amable en el que empezáramos a aceptar que cualquiera con ganas de sentirse importante se autoproclamara algo. Pero me avergonzaba de los fachas. De la escasa inteligencia que mostraban con tanto trapo al aire y pulseras coloridas. Renegué de banderas y me autoconvencí de que si para mí una tela estaba hecha de hilos sin valor, todos los demás estarían de acuerdo. Hasta que vi telas que se imponían a otras telas. Hasta que vi que dependía del palo que abrazaban. Hasta que vi que algunas no se podían despreciar igual. Convencido de creerme ultrademócrata, imbuido de progresismo liberal y contagiado de espíritu libertario y ácrata, todo aquello espoleaba cada arrebato de carcajadas sin comprender que me estaba convirtiendo en el maltratador del que me acusaban. El que justifica. El que comprende. Y, a veces, siendo yo mismo el que agrede.

Porque un día dejé de ver la rama del árbol y vi aterrado todo el bosque. Decía que mi país daba asco. Pronunciar su nombre me suponía un esfuerzo conteniendo el rechazo y el ramalazo de desagrado. El sonido de su voz, expresado en su himno, me parecía atroz. Creí que mi país no pintaba nada, que no era nada, que no servía para nada más que para hacer el ridículo. Que mi país era un cero a la izquierda, infradesarrollado, mal educado que sólo provocaba vergüenza cada vez que salía al extranjero. Que nadie escuchaba a mi país porque no tenía nada interesante que decir. Que era el hazmerreír de todos. Que no lo querían ni sus antiguos hijos, especialmente sus antiguos hijos. Que sólo podía querer un país así un tarado o un aprovechado que en cuanto le diera la espalda lo despellejaría como esas lastimeras de corrala y corrillo porque no se merecía otra cosa. Que cualquier otro país era mejor. Que incluso cualquier región, cualquier provincia, cualquier pueblo pequeño era mejor y enumeraba todas las virtudes de ídolos falsos para hacer sentir a mi país aún más nada, más ninguno, más reducido a un desaliento que había que soportar. Que mi país debía seguir ahí abajo, degradado y maldecido, porque ese era su lugar.

Sustituí el nombre de mi país por un nombre de mujer. Uno cualquiera. Entonces se me congeló la risa, se ahogaron mis ánimos y mi frente se llenó de arrugas.

Mi país está lleno de defectos e imperfecciones e injusticias y absurdeces. Sobre todo cuando lo gobierna los que no me gustan. Es un país grande y por lo tanto repleto de contradicciones y desigualdades. Pero yo no soy mejor que mi país. Yo no soy quién para hablar así de nada.

Así reparé en aquellos que seguían obcecados en la rama y los discursos agresivos, observé la deriva y el abismo del final y entonces, por una vez, discrepé. Cavaron una zanja y me situaron enfrente. De pronto yo también entraba en lotes imaginarios de monolitismo militante sólo por no estar del todo de acuerdo en algunas de las cosas que ellos juraban y perjuraban que no sólo merecían, sino que poco más era derecho divino. El pueblo elegido. Una superioridad moral, emocional y hasta racial que no encajaba, que no podía creerme ni aceptar sin remilgos. Y repetían los insultos y los menosprecios. Mesetario. Nacionalista. Facha.

Pero qué iba a ser yo nada de esas cosas, me decía insistente. Sólo son palabras, me repetía, pese a que por alguna inexplicable razón empezaban a ofenderme. Pensaba que buscábamos lo mismo desde diferentes geografías, un país en el que todos pudiéramos sentirnos a gusto y dejar de maltratarnos y hacernos daño. Pero para eso ellos debían ser más que yo, tener más privilegios sólo por el accidente de haber nacido en otra parte. Arrogarse principios que negaban a otros. Imponer lo mismo que en otros tiempos se les impuso e incluso apropiarse de aquello que no les pertenecía. Ellos no buscaban lo mismo que yo, un país en el que todos fuéramos igual de importantes. Ellos no veían mi país del mismo modo que yo, me dije entonces. El imperfecto lugar donde me empeñaba en vivir y construir mi hogar no era el suyo. Las tierras secas de pasado poco amable que, sin embargo, debía hacer mío por haber sido obra de mis ancestros y los suyos. Me gustara o no. Les gustara o no. Podría haber aceptado sus deseos si se hubieran limitado a defender sus anhelos y sus intenciones sin buscar la confrontación. Pero me llamaron opresor y lo rechacé. Me tacharon de colono y me dolí. Me clasificaron como intolerante y me enfurecí. Me hablaron de un país maltratador y machista y no sólo no me lo creí sino que brotó la risa incrédula de quien oye al violento hacerse la víctima y acusar al inocente de ser culpable por obligarle a hacerle daño. Empezaron a contarme que querían ser un país independiente sólo en lo que les resultara ventajoso y mis carcajadas se aproximaban a la histeria.

Pero ya no podía responder. Les había dejado tanto terreno para adentrarse que apenas podía boquear protestas por la injusticia. Abrí los ojos a la gran mentira demasiado tarde y entonces esperé que algún facha habitual pudiera responder a lo que yo no quería de ninguna manera. Que alguno de ellos defendiera la postura que yo no diría ni siquiera en voz baja y a oscuras, sin nadie alrededor, pero que rebotaba insistente en la cabeza. Pero ya no quedaba ninguno. Los habíamos amordazado a todos. Se habían cansado, avergonzados, temerosos de estar luchando contra molinos cuando en realidad peleaban contra gigantes invencibles e imparables, expuestos a las burlas de todos los demás. Y me avergoncé de mí mismo, de mi cobardía disfrazada de falsa tolerancia y falso respeto y falsa condescendencia por no querer parecer un fascista de postín. Refinado por posos de modernidad y corrección y espíritu contemporáneo.

Observo ahora a los que intentan templar ánimos. A quienes tratan de ser equidistantes y apaciguadores. Los que buscan medrar en aguas revueltas. Aquellos que aún ven más peligroso un facha que cientos de nacionalistas. Los que justifican cada agresión. Los que comprenden cada golpe. Los que jalean el abuso y la injusticia mientras no les siga tocando a ellos. Porque también hay absurdos en este otro lado. Los que pretenden castigar a todos por una minoría y piden boicots y expulsiones. Los que rugen buscando sables y cornetas.

A todos aquellos que siguen comparando un nacionalismo obsesivo, total y completo con otro residual y los equiparan como si tuvieran la misma influencia. Observo ahora a los que ocupan el lugar que yo ocupaba.

Y me pregunto cuándo dejarán de mirar la rama.

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