El origen de los nombres de los meses y los días

Se tarda un segundo en pronunciar la palabra ‘segundo’. Pruébenlo. ¿No es increíble?

El tiempo es el nombre que pusimos a la magnitud en continuo avance. Pero hicimos algo más que ponerle nombre al concepto. Lo fraccionamos. Lo acotamos desde su mínima expresión hasta cantidades más propias de imaginación que de medición perceptible. Nanosegundos. Era. Eón.
Y aunque podría ser interesante dedicar el próximo trío de miles de palabras en hablar del tiempo, no somos tan ingleses.
Algunos de ustedes se habrán detenido en la palabra segundo. La habrán leído un par de veces, pensativos. Y se habrán hecho la misma pregunta que me hice yo: ¿por qué llaman segundo a lo que va primero?
La respuesta la heredamos como todas las demás acotaciones de lo que llamamos tiempo.
Hoy es lunes 15 de abril. Para explicar por qué llamamos así los días y los meses hay que remontarse a los tiempos en que los hombres dejaron de tirarse excrementos los unos a los otros y se olvidaron de desparasitarse. Cuando miraron las estrellas y uno de ellos comprobó que éstas se movían y volvían cada cierto tiempo exacto. Los primeros cálculos prometían, ahí tienen los Stonehedge de Inglaterra o Gagal Refaim de Siria, pero tenían que ser los egipcios, que montaban pirámides como urbanizaciones costeras, los que se dieran cuenta de cuánto duraba un año y cómo debían dividirlo.
Somos la suma de pequeñas partes sumerias, griegas, hebreas y romanas. Cada una de ellas empezó contando con los dedos, y ese sistema à la vieillefueron los orígenes de los sistemas decimal y sexagesimal que aún utilizamos hoy. Para los profanos como yo, explicar estos sistemas puede hacerse recurriendo a lo fácil: cuenten sus dedos de las manos y obtendrán el por qué del sistema decimal. Palpen con el pulgar las tres falanges de los cuatro dedos restantes de su mano de escribir y comprenderán por qué usamos también el sistema sexagesimal con múltiplos de seis y doce.
Centrados en el cálculo del tiempo, imagínense con bonetes en la cabeza y barbas hasta el pecho y que se llaman Hammurabi o Nabucodonosor. Son ustedes babilonios, nietos de los sumerios, y acaban de calcular la duración de un año en trescientos sesenta días fijándose en el movimiento del sol y las fases de la luna.
Los babilonios tenían por esclavos a unos cuantos pueblos de los alrededores que luego se establecerían por su cuenta. Entre ellos a unos que venían de un sitio llamado Judea y que volvieron a casa con la lección aprendida. Esto será importante más adelante cuando, a la hora de contarles los cuentos a sus hijos, dijeron que Dios creó el mundo en una semana y que su mesías nació el último día del año oficial, un 25 de diciembre.
 Los egipcios también habían pasado por ese yugo, pero gracias al Nilo, y sus crecidas puntuales como un reloj, comprendieron que los años babilónicos tenían un desfase de cinco días y los añadieron al final de año empezando desde lo que hoy llamaríamos 25 de diciembre.
Mientras tanto los primeros griegos, los mismos que disfrutaban llamando Estado a su granja, pensaron por su cuenta. No parecía dárseles mal. Siendo Grecia una región montañosa, la agricultura era un bien escaso y precioso.  Su idea fue basar el cómputo del tiempo en lo que les daba de comer, dividiendo su año en tres estaciones de cuatro meses. Sus cálculos habían partido el año en doce meses alternando uno de veintinueve días con otro de treinta. Si se fijan, verán que faltan días. Ellos también se dieron cuenta y, en lugar de cambiar la duración de cada mes, prefirieron complicarse la vida intercalando un mes extra de cuándo en cuándo.
Y aquí es donde entran los romanos en escena.
Estos tipos tenían el clásico cacao de culturas y tradiciones propio de quienes preferían que inventaran otros. Hasta a sus dioses. Así, se apropiaron del calendario griego basado en la agricultura y lo adornaron con lo que habían oído que hacían los egipcios, más precisos. Pero había algunos matices que no encajaban.
Para empezar, porque los romanos habían crecido basando su cálculo del tiempo en las fases de la  luna y pretendían copiar sistemas basados principalmente en el movimiento del sol. A partir de ahí, el caos.
Les costó seiscientos años adaptarse a la semana. Ellos contaban los días de una forma mistérica y de a ocho, siendo el octavo día el de mercado, que lo llamaban día nueve (dies nundina) para hacerse los graciosos. Además, tenían un pavor malsano a las supersticiones. Desde la palabra amor (inverso de Roma, considerada tabú) a los números pares. Treinta es número par y hasta ahí podían llegar. A esos meses les añadieron un día. Pero habían olvidado los dichosos cinco días extras de jolgorio que usaban los egipcios y con el paso del tiempo se vieron con un mes de diciembre en pleno otoño.
Ahora es cuando se pone interesante. El año comenzaba en marzo, herencia griega del inicio de la siembra, que los romanos adoptaron bien por aquello de que era más fácil invadir a otros con buen tiempo. Hasta que un poblacho llamado Numancia les hizo planteárselo mejor. Si se preguntaban por qué el año empieza en enero, la culpa es de Soria.
Los cargos electos duraban un año natural. Debido a la inexactitud de su planteamiento, el año natural lo determinaban los augures añadiendo o quitando días a capricho. Un cónsul con bastante influencia, digamos un Julio César, podía alargar sus años de mandato sine die.
Julio César es, precisamente, básico en esta historia. En el año 46 a.C. tenía un poder absoluto que comenzaba a ser motivo de conspiraciones. No necesitaba alargar años para cumplir mandatos y, libre para hacer y deshacer, decidió acabar con aquel sindiós.
Lo hizo bastante bien, teniendo en cuenta cómo todos los calendarios anteriores tenían varios días o incluso meses bailando: el nuevo calendario juliano tenía un desfase de sólo once minutos al año.
Pero un Papa de Roma creyó que once minutos era cosa de herejes. Algo de razón tenía, no se crean, puesto que, con el paso de los siglos, esos once minutos hicieron que el mundo conocido fuera diez días por delante de lo que debería.
Gregorio XIII (1502-1585) aprovechó la jugada para retocar los días que le tocaban a cada mes y ajustar lo que conocemos como años bisiestos. De un día para otro se pasó del 4 de octubre de 1582 al 15 corrigiendo el desfase. Ya estaban otra vez a buenas con el universo. Y así nos llegó el calendario gregoriano, el que usamos hoy en día.
Lo que no hizo Gregorio, ni ninguno de sus sucesores, fue cambiar los nombres de los meses ni de los días de la semana, algo que le agradezco porque así puedo contarles el origen pagano de todo este tinglado.
Se podría separar los nombres de los meses en tres grandes apartados: los originales con carga simbólica, los que fueron cambiados o quisieron cambiarse y los que simplemente marcan el ordinal que les correspondía desde tiempos remotos.

En el primer apartado están los seis primeros meses del año.

 

Enero era el mes de Jano [januariusjanero – enero]. Jano era un dios raro hasta para los romanos. Como los demás dioses, no fue cosa suya aunque tampoco vino importado de Grecia. El dios de las dos caras era dios supremo de la guerra de los etruscos, las primeras víctimas de los romanos. El problema es que no encajaba con Ares-Marte, el guerrero oficial. Temerosos de desencadenar la ira de cualquiera de los dos, no fuera a ser, decidieron reciclarlo y convertirlo en el dios de la transición y los cambios. Sin embargo, a pesar del cambio, nadie quiso enfurecerle por si las moscas, y eran las puertas de su templo, no las de Marte, las que debían permanecer abiertas mientras durara una guerra.
Cuando Soria provocó el cambio del inicio del año, pareció el mes más adecuado para ser el primero en celebrar el Año Nuevo.
Febrero se llamó así por ser el mes en el que se celebraban las Februa [februariusfebrario – febrero]. Las Februa eran rituales anuales para purificarse por todas las acciones cometidas durante el año. El misticismo y las ganas de explicarse inventarían un dios Februo a toro pasado por pura superchería: a los romanos no les hacía mucha ilusión la idea de bautizar el mes en que moría el año con el dios del inframundo Hades-Plutón.
Marzo fue dedicado a Marte [martiusmarcio – marzo] y podría considerarse la versión original de ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Marte probablemente se sentiría satisfecho teniendo el mes en que las nieves se retiraban y se podía invadir mejor. Con marzo comenzaban las campañas militares, la razón de ser de Roma no sólo por prestigio y expansionismo, sino algo mucho más mundano. Su estilo de vida les llevó a necesitar el oro de los botines de guerra para sobrevivir. ¡Están locos, estos romanos!
A pesar de la cantidad de dioses que tenían para bautizar meses, a los romanos no se les ocurrió ninguno gracioso para el mes en el que se abren las flores, así que en un alarde de creatividad lo llamaron ‘el mes en el que se abren (las flores)’ [aprilisabrile – abril].
Mayo ofrendaba sus días a los ancestros [maiorismaius – mayo]. El mos maiorum era el código de conducta fundamental de la sociedad romana, basado en la costumbre de los ancestros. Si a los romanos no les apetecía inventar lo que podían copiar de otros, tampoco iban a ser muy originales con las costumbres. De este término podría provenir el de mayoría, puesto que eran pocos e insignificantes los que no seguían los rectos principios morales que se aplicaban en Roma. Como los romanos no daban puntada sin hilo, el por qué de llamar así a este mes también se podía superponer con la puesta en marcha de los ejércitos hacia el lugar del mundo que habían decidido subyugar, liderados por los maiores, es decir, los grandes de la república.

En cambio, junio era mes de los pequeños [iuniorisiunius – junio]. En disputa con Juno-Hera, madre de dioses, que no pintaría nada en un mes veraniego, aunque sí lo harían los juniores, los pequeños, no siempre niños, que no tenían edad para servir en las legiones y que aprovechaban el principio del verano para salir a pillar cacho y casarse. Eran otros tiempos, claro. Raro era el que llegaba a abuelo y había que espabilar.

Pasado junio, los demás meses tenían por nombre el ordinal que ocuparon originalmente. Pero algunos fueron cambiados e incluso a otros les conoceríamos por otro nombre si no hubieran sido promovidos por los personajes menos adecuados.
Julio fue conocido anteriormente como quintilis, el quinto. Marco Antonio, encaprichado de Cleopatra, lo cambió a julio para que César no se enfadara mucho, cosa que él celebró pasando olímpicamente del asunto, demasiado ocupado en morir apuñalado.
Octavio Augusto fue el primer emperador de Roma, y por si eso no fuera bastante, además era sucesor del propio Julio, su sobrino-nieto y fue adoptado por él en sus últimos años. Fue divinizado y el amo absoluto. Sin embargo, también fue él mismo quien bautizó sextilis como agosto, movido por un ataque de celos y de rivalidad con su antecesor. Iniciaba sin saberlo la moda de rebautizar meses de nombres intrascendentes por emperadores machos.
El problema era que los encargados de esculpir los nombres de los meses en las tablillas tenían cosas mejores que hacer como, por ejemplo, no morir ajusticiados por cualquier tirano de los que se hicieron con el poder:
Tiberio, sucesor de Augusto, llamó a septiembre tíber, pero como no le aguantaba nadie se cambió a su muerte.
Calígula, sucesor de Tiberio, también quiso probar suerte. Como su antecesor abusó de la costumbre de matar, llamó germánico a tíber-septiembre. A su muerte, como había sido aún más odiado que Tiberio, también se quedó con un palmo de narices.
Nerón, sucesor del sucesor de Calígula, tonteó con la idea de bautizar meses tal y como lo hicieron sus antecesores (y como haría también Domiciano años después). Pero nada, que no había manera de que a la gente les gustara eso de ponerles más nombres a los meses.
Y así, tras el vergonzoso intento de Domiciano de llamar domicio a octubre (septiembre estaba muy quemado con tanto cambio y la gente estaba mareada) la decadencia de Roma se hizo más patente cuando dejaron de intentarlo y ni siquiera se molestaron en actualizar los ordinales de los meses, aunque esto probablemente se deba más a la dichosa superstición romana, muy de capa caída, de dejar las cosas que funcionan como están.
No pocos debieron verlo patente el Año de los Cuatro Emperadores. Pero esa es otra historia.
Noviembre y diciembre son hoy en día el remanente de lo que antaño fuera el viejo sistema de medición del año, desfasado pero aún así vigente.
Los días de la semana tuvieron un origen ligeramente diferente. En ellos se puede observar la profunda división que provocaron las invasiones bárbaras. Debemos tener en cuenta que la semana de siete días no logró imponerse en Roma hasta la era de Constantino, ya en el siglo IV, y pronto convertidos al cristianismo como religión oficial del Imperio. Entretanto, la expansión cultural había hecho mella en los pueblos germánicos, que adaptaron la semana a su manera y con sus propios nombres cuando lo creyeron oportuno.
Es importante apuntar que el cristianismo se expandió con relativa lentitud en Europa, mucho más de lo que cabría pensar a estas alturas, pues aunque todo el Imperio Romano se bautizó porque no les quedaba otra, en Escandinavia tuvieron otros cinco siglos de mitología nórdica hasta San Olaf. Los noruegos tuvieron mucha culpa en la propagación de sus propios mitos y dioses en cada drakkar que navegaba mares y ríos. Saqueaban que daba gusto verles.
Lunes. Día de la luna en (casi) todas partes [dies Lunaelunae(di)es – lunes].
Lunes, lundi, lunedi, monday, montag… todos significan lo mismo: día de la luna. En otros tiempos era el segundo día de la semana. Lo prueban los portugueses, soberbios ellos, que lo llaman segunda-feira.

Martes. Día de los dioses de la guerra, Marte para nosotros [dies Martimarti(di)es – martes].
Martes, mardi, martedi, tuesday, dienstag… recuerdan al dios de la guerra. En los países del norte a Marte se le conocía como Tyr y las mil variantes de los orgullosos hablantes de lenguas que quieren ser nación: cada uno tenía la suya y de ahí que no se entiendan unos a otros cuando dicen martes. En Portugal, en cambio, se decidieron por el coqueto terça-feira por aquello de no molestar y tal.

Miércoles. Día de Mercurio para los latinos [dies Mercuriimercurii(di)es – miércoles], día de Odín para los vikingos y sus pobres víctimas [Wodens-daeg/wednes-day/Wednesday].

A los noruegos se les ocurrió pensar que su todopoderoso Odín, padre de dioses, era mucho más macho que un diosecillo con pies alados que huía como una nenaza del combate, por lo que se olvidaron pronto de él y se quedaron con su tuerto barbudo. En Lusitania, por no variar la costumbre, es quarta-feira.

Jueves. Día de Júpiter para los sureños [dies Iovisiovi(di)es – jueves], día de Thor para los bárbaros [Thures-daeg/Thurs-day/Thursday].
La razón por la que unos y otros dedican este día a dioses aparentemente distintos (Júpiter siendo el pez gordo de los dioses, Thor un rubito cachas con un martillo que vuela) es debido a que ambos utilizan rayos y truenos. Afortunadamente para los portugueses, a ellos su quinta-feira les suena menos lluvioso.

Viernes. Día de Venus [dies VenerisVeneris(di)es– viernes], que a los germánicos les dio por rebautizar como Frigg o Freya [Freyyas-daeg/Fri-day/Friday] porque su diosa del amor estaba más buena y machacaba cráneos como era debido y no peleaba como una chica, con grititos y tirones de pelo. Lo que pasa es que los lusos se quedaron en sexta-feira y así les va, de fado en fado y tiro porque si no me enfado.

El fin de semana es especial. No sólo por lo que a días libres se refiere, el que los tenga, sino por su propia denominación. En este punto nos olvidamos de todo lo dicho anteriormente y damos un salto evolutivo en ambos casos. Los cristianos del sur modificaron los nombres dados originalmente y los convirtieron en conmemoraciones religiosas, mientras que los nórdicos se adaptaron a las antiguas denominaciones romanas y las tomaron para sí. Un curioso salto multicultural que, por cotidiano, no llama mucho la atención.

Sábado. Día de descanso [del hebreo SabbathSabato – sábado] para los mediterráneos, el día de Saturno para todos los demás [dies Saturni /Saturn-day/Saturday]
Hasta los portugueses se olvidan de sus feiras y se suben al carro del buenrollismo con su sábado.

Domingo. Día del Dominador (dies DominicusDominicusDomin(cu) – domingo), día del Sol para todos los que prefirieron seguir con la moda romana [dies Solis/Sonn-daeg/Sun-day/Sunday], ‘día en el que no se trabaja’ en países eslavos.
Cuando Constantino instauró la semana y poco tiempo después decidió cambiar el día del culto al sol (demasiado parecido a Mitra, que se parecía demasiado a un tal Cristo) por el día de lo que podríamos llamar Dominador, teniendo en cuenta que los esclavos llamaban dominus a sus amos y que de ahí vienen los don que interpretamos como prefijos de cortesía para los nombres propios, nos haríamos una idea de lo mucho que le había afectado. Tanto meterse con los partos, ‘esclavos del Divino Rey’, para acabar igual. Por eso los nórdicos pasaron de Constantino y, en cambio, los portugueses no.

La próxima vez hablaremos de Soria.
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