Com ho fem? Carta abierta a Jordi Pujol

Querido Jordi

No nos conocemos. Tal vez esta sea una de esas raras ocasiones en que el paso generacional deslavaza la antigua costumbre de escuchar al anciano sabio y aprender de sus consejos. Porque lo cierto es que no consigo comprenderle.
Debo, ante todo, presentar mis credenciales que determinen mi idoneidad para escribirle estas líneas. Lo cierto es, discúlpeme de antemano, que no son tan extensas y anchas como las suyas. Pertenezco a esa llamada juventud mejor preparada de la historia, que será la que tenga que lidiar con el problema que unos y otros han ido construyendo a lo largo de los años.Quizá sólo eso me justifique, aunque desearía ahondar sólo un poco más y añadirle algo más de empaque a mi modesta pluma.
Fui catalán durante cinco años de mi vida, entendiendo y asumiendo su propia acepción de quién es y cómo es un ciudadano de Cataluña. Durante esos años y los posteriores, desarrollé un profundo afecto a esa tierra y especialmente a sus gentes. Nada en mí, ni entonces ni ahora, podrían sugerir o cuestionar mi conocimiento en primera persona de las realidades que se viven y se sienten, ni que mis propios sentimientos y opiniones se basen en otros datos que los que conocí. Permítame, pues, que una vez dichas estas escuetas descripciones me dirija al asunto por el que le escribo.

Leí con verdadero interés su intervención en el Encuentro Cataluña-España  Què Fem? organizado por el diario El País. Debo precisar, de entrada, que le entiendo. Es difícil retomar posturas propias de otros tiempos.
Se lo dice un independentista catalán a ratos.
Estoy entristecido, sobrepasado por los acontecimientos, impresionado por la inasumible lista de errores cometidos. Usted expuso los que siente más afectos, pero no pude encontrar, pese a mis esfuerzos, una pareja de los que provocaron. Los que a mí me han afectado. No hablaré por otros, se lo aseguro. Dejo esa responsabilidad a los que deseen hacerlo.

He leído listas de agravios.Algunas viscerales que simplemente buscan un culpable, otras pragmáticas que tratan de poner luz sobre un problema y su solución. Pero, don Jordi, ¿quién escribe los agravios que ustedes cometen? ¿Ante quién pedimos cuentas y responsabilidades? ¿Están libres de pecado y pueden tirar piedras?

Dijo usted “hay una cosa que no se puede tocar, ni atacar: la lengua. La identidad catalana no es la pela. Es la lengua, que no se equivoque nadie.” “Deben hacerse las cosas bien y con la voluntad de crear cohesión. Por eso es tan importante que no vengan a hurgar con la lengua“. “La viabilidad de Cataluña de la independencia de Cataluña es muy difícil. Pero hay una cosa más difícil que esa: que es la viabilidad de Cataluña como país, cultura, lengua, como sociedad cohesionada en las condiciones que nos ponen en España“.
Como entiendo que usted viene, y le cito, “de 60 años de actuar en la línea de una fuerte afirmación catalana y nacionalista y, al mismo tiempo, de participación en el proyecto español” es difícil saber qué quiere decirnos. Y le estoy escuchando, don Jordi. ¿Me escucha usted a mí?
La lengua. Algo que siempre me ha llamado la atención es el grado de alarma que suscita cualquier comentario que sugiera un cambio, aunque sólo fuera una leve modificación, apenas un oscilamiento, de las circunstancias que rodean a la lengua. Se lo digo porque yo estuve escolarizado en un colegio de Barcelona con dos horas de catalán a la semana, y no era privado. Claro que eran los ochenta, ¿se acuerda? Usted era el que gobernaba. Ahora es justo al contrario. Se tocó la lengua, don Jordi. Se hurgó en ella. Se consideró viable hacerlo. Ningún partido, entidad cultural o asociación puso en cuestión la dignidad de España o su viabilidad entonces pero, ¿se lo planteó usted alguna vez?
Verá, entiendo que para usted el catalán sea la piedra angular de su teoría de pensamiento, el origen de su hecho diferencial y el germen de la cultura catalana. Pero debo mencionar que existen catalanes que tienen otra lengua, diferente al catalán, que sienten como propia. Dicho esto, a mí no me resulta ningún axioma que ustedes deban hablar uno u otro idioma. Se trata de poder entendernos, a fin de cuentas, y si no es en castellano o en catalán sería en francés o en inglés. O de ningún modo. Pero llama la atención que reclame para sí lo que niega a otros como usted, que viven en el mismo lugar que usted. La dignidad de su lengua. Que no se finja su inexistencia. Yo era uno de esos catalanes que sentían indignada su cultura y realidad en las señales de tráfico, en los carteles institucionales, en las comunicaciones con la administración. Usted debía velar por ellas en tanto era el máximo representante de todos nosotros. ¿Por qué no quiso hacerlo?

Si su identidad y su cultura son sólo en catalán y se siente agraviado si alguien intenta modificarlo, ¿por qué hace lo propio con los que sienten y piensan en la otra lengua? ¿Y cómo puede luego pedir respeto o dignidades que no respeta ni dignifica usted mismo?
Le suplico que no me quite la razón cuando le digo que no nos sirven las falsas premisas. No puedo aceptar que me diga que el catalán está en peligro después de siglos de coexistencia. No me permito consentirle a nadie que justifique este peligro en la masiva llegada de inmigrantes de otras regiones que les enriquecieron y les hicieron prosperar en su momento.
Pero le entiendo. Usted propugna un cambio en el paradigma. Quieren ser lo que desean ser y que los demás les acepten. Le entiendo precisamente porque los que quieren cambiar las cosas son quienes más sufren los rechazos de quienes no quieren cambiar nada.
Usted asegura que fue la sentencia del TC contra el Estatuto de 2006 la que espoleó la desafección y el camino hacia la independencia. No se lo discuto. Si me pongo en su lugar puedo comprender eso y mucho más. Pero yo, en cambio, no puedo pedirle que se ponga usted en el mío. No podría comprenderme. Porque, con todo el tiempo transcurrido, se puede acordar sin sonrojos que aquella reforma del Estatuto era una reforma de la Constitución por la puerta de atrás. Y después de leerle diciendo que no vengan a hurgar en la lengua, ¿por qué sí la Constitución y no la lengua? ¿Quién espoleó la desafección?

Por favor, no me considere inmovilista. Yo le acepto el catalán como premisa argumental. Después de haberle dicho lo que he dicho, creo que se dará cuenta en que doy pasos hacia usted y no en contra. Continúe oficializando la única existencia de una lengua sobre la otra. Lo respetaré. ¿Qué respetará usted de mis sentimientos, de mi identidad, de mi cultura? ¿Y con qué garantías?

Usted dijo “la iniciativa debe venir de ustedes”. Bienvenida sea y se la presento. Pero se equivocaría si pensara que es una iniciativa que no espera una contrapartida. Si yo tuviera la influencia que usted posee trataría de cambiar muchas cosas a favor de Cataluña, pero también les exigiría muestras de que todas esas medidas no son meras compras de tiempo o etapas de un final anunciado.
Porque entonces les pediría que se fueran ya y dejaran de hacernos perder el tiempo a unos y a otros.

Quiero pensar que quien sí tiene esa influencia tiene una manera de pensar pareja a la que tengo yo.
Usted dice no fiarse de ellos. Puedo entenderlo. Pero no me negará que usted, y los suyos, tampoco han dado demasiadas muestras de confianza o lealtad.
Eso podemos cambiarlo todavía.

Ahora bien, com ho fem?

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