Pecados Nacionales VII

Solemos creernos con la mejor verdad de las posibles. No sé con exactitud si es un rasgo típicamente español o si ocurre en algún otro lugar, pero aquí lo hacemos a conciencia.
Nos gusta tener una opinión sobre cualquier cosa, incluso aunque no tengamos ni idea de en qué consiste esa cosa. Especialmente si no tenemos ni idea.
Pongo un ejemplo extremo: el CERN. ¿Saben qué es? Yo tampoco. Pero seguro que opinan que es bueno para el avance de la física cuántica, u opinan que es peligroso que un lugar que puede generar un miniagujero negro exista tan cerca de casa. En su momento ya trajo la debida atención y difusión de esta tendencia tan nuestra de parlotear como si lo supiéramos todo.
Otro ejemplo extremo: Mourinho sienta a Sergio Ramos en un partido de Champions. ¿Saben por qué? Yo tampoco. Pero no tardamos ni un minuto en tener una explicación, según el color de la camiseta que me gusta. Ni siquiera esperamos a que los protagonistas se expliquen, si es que llegan a hacerlo, ¿para qué? Si dicen lo que pensaba, “yo tenía razón”. Si dicen lo contrario, “mienten para no admitir que yo tenía razón”. Si no dicen nada porque piensan que no tienen por qué decir nada, “se esconde mi verdad”.
Mi verdad.
Me asombra esta empecinación por tener siempre la razón (o que el de enfrente piense que quiero tener siempre la razón). Se me ha ocurrido llamarle el Fanatismo De Lo Mío porque es muy temprano todavía, pero debería de valerles.
El Fanatismo De Lo Mío se reduce al axioma “esta es mi verdad y la defenderé aunque tenga que hacerlo solo, fané y hecho caldo. Aunque no tenga razón. Especialmente si no tengo razón.” Jackson Brown debió nacer en Talamanca del Jarama.
Este mismo erial lleno de letras es la prueba palpable, tangible y desmostrable de lo que afirmo: no soy menos fanático, me guste o no.

Soy consciente que podría utilizar cualquier ejemplo cotidiano para ilustrar este nefas nuestro. Pero qué quieren que les diga. Es mi blog y con él hago lo que quiero. Y una vez más quiero redundar en lo sobado. Seh, una nueva perla anticatalana fabricaindependentistas.
No es que a mí me guste el tema especialmente. Sé lo que parece y por eso lo advierto. Ya que estamos tratando de hablar de verdades sí o verdades no, a mí no me da de comer hablar de los nacionalistas catalanes. Ni pienso que tuviera especial talento para tratar el asunto de manera oficial o profesional. Porque a mí también se me va la fuerza por la boca al expresar mis verdades como puños.
Las verdades polarizadas tienen el inconveniente de tener las patas más cortas, incluso, que las mentiras.Y en los últimos tiempos quizá no haya dinero, pero hay polarización a cascoporro. O conmigo o contra mí.
Lo lamentable es que muchas veces sabemos demasiado bien que no puede ser cierto lo que estamos defendiendo con tanto ahínco, pero no queremos admitirlo delante del de enfrente. Antes llamarle ‘fascista’ o sus múltiples equivalencias.

La crida catalanista
1. El expolio fiscal.
El “España ens roba” hizo fama y fortuna nada más llegar, lo que sólo pueden decir Patrick Rothfuss (best-seller a la primera, ahí es nada), Leo Messi o Justin Bieber.
Tendrá visos de tener su parte de verdad, pero a la gran mayoría no les importa hasta qué punto es cierto: basta con que encaje en mi ideario para darlo por bueno y gritarlo a los cuatro vientos. Debe de haber decenas y decenas de estudios, de toda clase de organismos dependientes e independientes, que demuestren ese expolio y ese robo, ¿no? Pues no. Ni falta que hace. Oímos la cifra de 16.000 millones de leuros anuales y nos escandalizamos. Con razón. Si nos dicen que con la independencia pagaremos menos impuestos y seremos iguales que Dinamarca o Suecia nos hacemos independentistas. Con razón.
El Fanatismo De Lo Mío está ahí para darnos cuenta de lo mucho que cuesta admitir que si gano mil pago más impuestos que el becario que gana diez. Pero al FDLM le da igual cómo suene o cómo parezca. Al FDLM no le gusta contrastar lo que se afirma con la realidad. El FDLM se alimenta de lo que se ha oído o se ha leído o le han contado. Tanto hablar de falta de transparencia con las cosas de la política y resulta que todo el mundo se sabe al dedilllo las cifras y las cuentas oficiales: como poco el (dicen) millón y medio que se manifestó en Barcelona el otro día. Como poco. No sólo eso. También saben cuánto se gastan los catalanes en las inversiones de infraestructuras de Madrid. Proclaman a los cuatro vientos que ellos han pagado el metro, las autovías, las ‘rondas’, el AVE, la Terminal 4. Si me apuran, también levantaron ellos el Bernabéu. Como si los madrileños no tuviéramos un pavo. Como si fuéramos pobres de pedir.
Se publicaron las balanzas fiscales y el FDLM no se molestó en averiguar si hay más índices que corrijan la tendencia, como ciertas balanzas comerciales que nadie ha visto ni calculado, de tal modo que aparenta no existir más que en el imaginario españolista. Como nadie las ha visto ni calculado, los catalanistas pueden mantener el sentimiento de agravio todo lo que les plazca.
16.000 millones son muchísimos millones. Pero si suponemos que tantérrimos millones se deben a los impuestos que pagan los catalanes que se fugan de Cataluña para ir al Estado, que no son todos los que se pagan porque una parte no desdeñable son impuestos autonómicos y locales, ¿cuántos millones tienen los catalanes? ¿De verdad es una cantidad tan estratosférica para ellos?
Alguien quiso comprobarlo, o al menos el rumor arrojó un porcentaje: el 8% del PIB. La cifra recorrió bocas y teclados y es vox populi, pero no lo es de dónde proviene esa verdad. Ni falta que hace. Un ocho por ciento suena muy alto en comparación con el 0.7 que se da a ONG. Y Cataluña no es una gran ONG, como ha quedado acreditado. Así que el FDLM no duda en abrazar la tesis y culpar de su quiebra al déficit fiscal. Sin haberse parado a pensar, siquiera por un momento, que si esa y sólo esa fuera la causa de la ruina catalana, peor deben de estar Madrid y Baleares. Y no lo están.

2. El hecho diferencial
Cataluña es diferente. Hasta qué punto lo es nadie lo sabe con certeza porque cada cual usa sus propios baremos en función de lo que quieren que sea y no de lo que realmente es. En el Fanatismo De Lo Mío abunda una paradoja que, vista desde fuera, tiene mucho más sentido: ahondar en las mínimas diferencias y exagerarlas, establecer un sentido en ellas y dotarlas de calibre, desechando las posibles semejanzas exteriores (o suprimiéndolas) y de ese modo convertir un localismo débil en una auténtica diferencia abismal. Ejemplo práctico: determínese qué diferencia hay entre maltratar a un toro en una plaza y maltratarlo en una calle, localización geográfica aparte.
La explicación, no por sencilla, deja de tener sus complicaciones: necesitamos sentirnos diferentes.
Se utiliza la lengua como punto de partida y válgale a nadie decir que esa lengua no es diferente. Aunque lo sea por milímetros como lo son el portugués o el gallego. O el italiano. O el valenciano y el balear. O el castellano respecto a aquellas, que tanto monta. Se trata de cualificar la diferencia, no de cuantificarla.
Y como de cualificaciones va la cosa, cualquier atisbo de diferencia, aunque sea lateral o cogida muy por los pelos, se exagera o se crea de la nada. Tan ricamente. Ejemplos hay unos cuántos.
Como la Historia, así, con mayúscula. Por cada Pío Moa hay un Armand de Fluviá que, bien pertrechados con sus argumentos retorcidos, consiguen transformar su deseo en certeza.
Como no pretenderé dármelas de historiador, existen centenares de artículos, tesis y libros que hablan del asunto para todos los gustos del fanatismo que toque. Es decir, los hechos son siempre los mismos pero las interpretaciones que quieran darse de ellos pueden dar lugar a posiciones opuestas, según interese. Y ahí está la base del problema, que el Fanatismo De Lo Mío no consiente razonar con lo que hay, sino recrearse con lo que debería haber sido.
¿Y las consecuencias? Bien, gracias. Ahí están para el que le apetezca verlas. Todos sabemos llamar gilipollas al de enfrente y menospreciar su criterio cuando no coincide con el nuestro, pero es mucho más difícil tratar de ponerse en su lugar y reflexionar por qué diablos no opina como yo. Pero así funciona este chiringo y por eso llevamos décadas tirándonos trastos a la cabeza.
Al hecho diferencial y su fanatismo les gusta cobijarse en la parte por el todo y basarse en complicados juegos aritméticos que aglutinen una mayoría social cualificada. Ellos son Catalunya y, por ello, su palabra es leyenda (aún más que ley) y sus actos, meras expresiones del genuino sentir del catalán medio. Aunque no lo sea. ¿Necesitan detalles? Imagínense cierta Ley del Cine que obligara a las productoras a doblar el 50% de las películas al catalán. Como expresión de hecho diferencial es remarcable y aparentemente refleja una necesidad satisfecha, un sentir refrendado por ley. Que luego el 70% de los catalanes prefieran ver las películas en castellano es residual y anecdótico.
Marcar distancias es la consigna, y ello crea más problemas de los que resuelve. Eso no gusta, claro que no. Escuece y pica y lo primero que buscamos es cualquier resquicio de argumento que pueda servirnos. De ahí que si alguien se pregunta por qué ese empeño en descolgar banderas estatales de los balcones oficiales, reciba aproximadamente el mismo tipo de respuesta prefabricada: “porque no la sentimos como propia”. Si alguien protesta porque se silba el himno en finales de competiciones estatales, es porque “no es el nuestro”. Si alguien intenta entender por qué se elaboran políticas lingüísticas discriminatorias, siempre recibe la misma mistérica respuesta: “porque debemos proteger nuestra lengua para que no desaparezca” (ni en éstas es posible desprendernos del victimismo). Si se renombran topónimos al gusto y decimos Saragossa u Osca “es porque hay costumbre de llamarlo así”, pero no es ni remotamente comprensible escribir o decir Lérida y Gerona “porque son Lleida y Girona y punto”. Y así con el resto de puñado de acciones diferenciadoras (promover compras selectivas, las embajadas, subvencionar instituciones separadoras…).
Es evidente que todo esto hiere las sensibilidades no afines. Debería ser lógico entender que la pretensión de marcar tanta distancia supone un coste. Pero el FDLM no lo percibe así. Ni puede, ni quiere ni debe. Aún mejor, rechazan que alguien pueda sentirse ofendido si queman una bandera o pitan un himno. “¡Sólo son símbolos, por favor!”. Trapos y melodías. Ejercen una libertad de expresión consistente en demostrar su rechazo. Porque se sienten diferentes.
El hecho diferencial interpreta y promueve remarcar esa diferencia, ese ‘somos otros’ que excluya el ‘nosotros’ del ‘vosotros’ y llevarla a cabo hasta las últimas consecuencias. Pero con cabeza. Que seremos distintos, pero no idiotas: la práctica, habitualmente de hechos consumados, se basa en la premisa cómoda de exigir que el Estado cargue con buena parte de aquello que resulte indecentemente caro y dejarnos a nosotros gastar otro buen pedazo en ‘hacer país’, que básicamente consiste en fomentar el inciso del hecho diferencial. Los fanáticos no terminan de ver por qué desde cualquier otro lugar esta práctica se concibe como cínica o hipócrita, ni entiende de artificialidades. Se queda con la respuesta recibida por los opositores y reacciona en consecuencia.

3. El anticatalanismo
El odio a Cataluña existe. Alguien, en alguna parte, debe odiarla a ella. No a sus gentes. No a algunas de sus gentes. No a algunas de las cosas que dicen o hacen, no. A Cataluña.
Tiene que ser así porque buena parte del hecho diferencial se basa en criminalizar la oposición al hecho diferencial. Es básico para fomentarlo y expandirlo. Aprovechamos los ataques para reforzar nuestra identidad diferente arguyendo que no nos comprenden ni nos quieren como somos.
Quien ejerza su libertad de expresión consistente en demostrar su rechazo se expone a ser tachado de anticatalán y de odiar a Cataluña. Porque, damas y caballeros, quien antes expresó su rechazo y se jactó de su libertad para hacerlo no quiere recibir lo mismo y con el mismo derecho. Espera que su voz sea única y que la única respuesta sea un apoyo contrito.
Así de simple. Se ha comprobado que funciona.
Pero para ello fue necesario mucho esfuerzo. Sacrificamos la libertad de prensa para disponer de unos medios que siempre remarán a favor de nuestra causa y educamos a los nuestros bajo unas claras premisas que sienten las bases necesarias para desconfiar de cualquier mensaje que provenga del exterior. Con la burbuja aislante ya formada, interpretamos un fabuloso papel dramático cuando esos mensajes sean críticos con nuestras capacidades y no dudamos en envolvernos con banderas, tachando de ‘anticatalán’ a todo el que no esté de acuerdo con mi planteamiento. Lo que extiende la teoría de que todo el que no es catalanista es, por definición, ‘catalanófobo’.
La creación del anticatalanismo fue básica para generar el mecanismo de defensa propio de quien se siente atacado. Si nos sentimos atacados queremos defendernos. Si queremos defendernos buscamos argumentos que nos apoyen. Si no los encontramos, cosa poco inhabitual, nos frustramos y entendemos que hay desafección. Si sentimos que hay desafección, es porque nos odian. Si pensamos que nos odian, dejamos de creer que formamos parte de lo mismo y buscamos la separación.
Bajo todas estas premisas, fue relativamente sencillo construir un oasis en el que toda la presión se volcaba hacia fuera. ¿Para qué rebatir un argumento pudiendo reducirlo a la amenaza? A nadie le gusta que le tachen de anticatalán, y por ello si nos esforzamos en llamar así a todo el que no comulgue conmigo, acabará por dejar de criticarme e incluso intentará ganarse mi favor.

4. El maximalismo
Contra eso es difícil luchar. Habría sido necesario una labor dialéctica demasiado extensa para revertir lo que lograba una sola palabra. Y cuando eres catalán o vives en Cataluña, eso significa la diferencia entre sentirte aceptado o no. En lo que llaman integración.
Piensen en los andaluces, extremeños y murcianos que emigraron allá en los sesenta. Piensen en sus hijos y sus nietos. Imagínenselos intentando encajar con las premisas impuestas: un lugar donde se les repite que son diferentes, que sienten diferente y que todo el que no lo haga igual podría ser acusado de odiar a los catalanes. ¿Les extraña que hoy sean los más furiosos independentistas? Nada sugiere otra causa para explicar semejante conversión, no dentro de un mismo estado y bajo las mismas condiciones socioculturales que en otros lugares donde también hubo inmigración masiva. Sonará ofensivo para algunos, pero no es la primera vez que ocurre este fenómeno. La fe del converso se inventó hace mucho.
Pero no podemos ni queremos culpar a nadie por ello. Se trata de supervivencia. De vivir en paz dentro de lo posible. De no hacer un ruido más alto que otro, que dejamos para quienes siempre lo hacen. Y así, hoy en día parece que todos los catalanes son independentistas: porque los que no lo son no lo dicen con tanto ruido. O no lo dicen, sin más.
Este fenómeno tiene, además, otra ventaja. Todo lo que los nuestros digan es válido de cara a la galería (aunque en petit comité lo neguemos y lo censuremos) porque forma parte de nuestra realidad de país, del hecho diferencial. Podemos expresar cualquier idea por excesiva que parezca. Genuinamente. Nadie nos lo va a discutir.
Podemos decir que España no es un estado democrático porque no acepta mis reglas. Que somos una colonia castellana sojuzgada y oprimida. Que Cervantes y Colón eran catalanes. Que el recorte del Estatut vino impuesto por el uniformismo españolista. Que ETA no debería atentar en Cataluña.
Nadie se va a alarmar si todos los periódicos catalanes publican el mismo editorial. Nadie debería ofenderse si TV3 utiliza el castellano sólo si es para mostrar mensajes ridículos, torpes o paletos, o si el Canal 33 emite un vídeo en el que un tipo le pega tiros al rey y a algunos catalanes que no le gustan. A pocos les preocupa que la deriva secesionista no termine en la Ítaca soñada que cada día parece más lejana y distorsionada.
Nadie ha dicho lo que ha pensado que pasará a partir del día después a que consigamos la libertad. ¿Seguirá siendo así? ¿Seguiremos permitiendo sólo un pensamiento oficial? ¿Contra quién se levantarán nuestros rebeldes? ¿A quién mirarán cuando busquen a aquellos a los que no quieren parecerse los inconformistas? ¿Hasta cuándo podremos culpar a los mismos de nuestros problemas?
¿Y si el catalanismo puede morir?

No puedo ni quiero escribir un mamotreto como este sin dejar a un lado las críticas que merece la otra facción fanática, la de enfrente. No sería justo otorgarle la máxima visibilidad a sólo una de las partes del todo. Y el todo es el problema con mayúsculas, otro pecado nacional más del que no somos inocentes
Quizá ese sea mi problema: que no puedo abstraerme a un lado y quedarme en él.

El quejío españolista
1. El chantaje soberanista
España tiene unos 47 millones de habitantes, de los que 7 viven en Cataluña. De éstos, aproximadamente la mitad se declaran o han votado a partidos nacionalistas. Nunca 3.5 millones de personas dominaron con tanto ardor a los otros 43.5. La actual legislación electoral les otorga un peso desproporcionado por el número de personas que representan, especialmente en aras de la gobernabilidad del país: siempre piden más de lo que merecen y los distintos gobiernos están obligados a dárselo a cambio de votos desleales.
Esa es la visión primordial del fanático: unos pocos condicionan la vida del resto. Lo que a estos FDLM les molesta en realidad es que esos pocos sean catalanes o vascos, porque eso de que una oligarquía domine a la masa plebeya existe desde que abandonamos las cuevas.
Y aún suponiendo que fuera cierto que la legislación electoral está trampeada para sobrerrepresentar a algunos partidos, no son precisamente los nacionalistas los más inflados. Se suponía que la ley d’Hont tenía como propósito garantizar estabilidad entre partidos mayoritarios, pero no que éstos tenían que ser hegemónicos y marginar a los nuevos (o a los menos mayoritarios) a eternos papeles secundarios e ínfimos. Una cosa es cierta: la suma de votos de CiU y PNV apenas supera el 5% de los votos globales, y el conjunto de todos los partidos nacionalistas no llega al 10%. Pero a los fanáticos no les gusta que exista gente nacionalista. Para ellos, el Congreso debería ser la cámara española por excelencia en la que las únicas voces autorizadas fueran leales patriotas dispuestas a buscar el bien común de todos los españoles y no sólo de los suyos, aunque al mismo tiempo hacen claros distingos entre los ‘suyos’ y los ‘nuestros’.
Los nacionalistas tienen derecho a ser nacionalistas. Y tienen derecho a expresarlo y a sacar rédito político por ello. Si decidimos organizarnos de esta manera tenemos que respetar que funcionamos así hasta que no tengamos otro sistema. Pero en lugar de buscarlo, preferimos patalear sobre la suerte que tienen algunos de necesitar tan pocos votos para influir tanto. Es más fácil.
De hecho, el fanático españolista es, por definición, pasivo. Si los partidos mayoritarios representan poco más del 70% de los votos, es perfectamente posible reformar la ley electoral. Pero no lo hacen ni lo harán.
Si ‘la insolidaria Cataluña’ protesta por tener que contribuir a la armonización de las comunidades menos favorecidas y tal insolidaridad genera respuestas airadas, esas comunidades podrían apretar los dientes y ponerse a generar más o producir mejor. Pero no lo hacen ni lo harán. Para qué. Con lo cómodo que es que te den de comer a cocinarte tus propios platos. ¿Demagogia? Puede ser. Pero no nos duelen prendas en llamar insolidarios a todos los catalanes ni pensar que ellos también pueden tener sus propios vagos.
Es un hecho lógico que quien se ha visto favorecido por políticas de subvención se sienta cómodo recibiendo extras a cambio de nada, siendo una conducta muy propia del carácter español.Con todo lo que se reparte entre todos es difícil comprender por qué está costando tanto desarrollar comunidades españolas y de qué manera se está distribuyendo esa contribución. Que el mensaje de insolidaridad provenga, en mayor medida, de las otras comunidades que contribuyen más (y salen incluso peor paradas) sólo se explica desde la postura cínicamente estoica de quien no le gusta lo que hace, preferiría no tener que hacerlo y acusa a quien sí da un golpe en la mesa, pues tal insolidaridad se ha demostrado falsa: Cataluña sigue pagando esos 16.000 millones. Que lo haga a regañadientes no le quita ni un ápice de solidaridad.
Los españolistas critican la continua pronunciación de los términos ‘robo’ y ‘expolio’, pero aparte de ladridos no hacen nada más. Ni aportan datos que maticen o contradigan tales adjetivos ni tampoco parecen muy dispuestos a cambiar el orden de las cosas para que no se den más muestras de voluntades insolidarias. En realidad, los Fanáticos De Lo Mío viven cómodos en esa protesta de ‘eres un insolidario’ al mismo tiempo que ponen el cazo.

2. Treinta años de manipulación nacionalista
Los niños catalanes son idiotas, sus padres les aleccionan (o pasan de ellos) y los profesores son malignos manipuladores dispuestos a todo por su patria propia. Esa es la conclusión fácil a la que llegar para acusar a la educación como el principal motivo por el que hay tanto nacionalista y separatista.
Desgranemos esa opinión tan generalizada.
a. Los niños catalanes son idiotas. Tienen que serlo por fuerza si los mensajes que les llegan de que el Ebro es un río pequeño que nace en tierras extrañas es fácilmente asimilable y convertido en dogma. Si lo pone el libro de texto, entonces será verdad. Como además les dan todas las clases en catalán, apenas aprenden castellano y su capacidad para expresarse y escribir en la lengua común es más limitada. Porque son idiotas.
b. Los padres les aleccionan (o pasan de ellos). Los padres ya tienen su opinión formada y la transmiten a sus hijos. Si son nacionalistas, los hijos tenderán a serlo a menos que se rebelen, cosa menos habitual de lo que se cree. Si no lo son, pasan de sus hijos y permiten que éstos crean una versión falsa y deformada, con España como enemigo principal, de modo que casi todos los niños catalanes acaban siendo nacionalistas y por eso hay tantos ahora.
c. Los profesores son malignos manipuladores dispuestos a todo por su propia patria. De hecho, para ser profesor en Cataluña tienes que tener el carnet del partido soberanista que mejor te caiga, estar dispuesto a cerrar los ojos ante aberraciones de algunos libros de texto y, en las clases, limitarte a repetir lo que pone en ellos sin ponerlo en discusión.
Todos los anticatalanes sabemos y comprendemos que la inmersión lingüística es discriminatoria, pero tenemos más cara que espalda al utilizar a los pobres niños indefensos catalanes como arma arrojadiza. Les tomamos por idiotas incapaces de aprender el castellano fuera de las clases y clamamos al cielo por una horita más de español como si fuera a resolver el problema de una vez por todas.
Cualquiera de nosotros (y de ellos, no se crean) entiende a la perfección que dejar la educación en manos del cacique de turno es una olorosa gran cagada. Pero dice muy poco en nuestro favor menospreciar la capacidad crítica de los que no piensan como el fanático.
Los idiotas serán idiotas, hablen en la lengua que hablen. Los poco interesados en saber más seguirán sin querer saber más. Los que sólo hablen en catalán seguirán hablando sólo en catalán, y los que hablan castellano en casa seguirán haciéndolo. Y habrá listos catalanistas y listos españolistas. De hecho, en Madrid deberíamos intentar comprender por qué hay tanto catalán despuntando en tantas áreas mientras nosotros sólo valemos para funcionarios, y si no tendrá algo que ver la educación que reciben. Sea o no nacionalista.
Pero preferimos que sean tan inútiles como lo somos nosotros o que, al menos, lo sean en las mismas condiciones en las que acabamos nosotros. Sí, desde luego, es problemático este tira y afloja en un área sensible. Pero el FDLM se despreocupa de dar ejemplo. Prefiere imponer su mediocridad.

3. El uniformismo
España es un país europeo con fronteras bien definidas y delimitadas que implican que todo lo que hay dentro de ellas es España. Llevamos mucho tiempo siendo así, tanto que es impensable imaginar España sin alguna de sus partes. Pero existen varias Españas. Cuántas de esas españas son o pudieron ser, cada uno se queda con la suya, pero del mismo modo que un oscense no es igual en todos sus aspectos a un zaragozano, ni un gipuchi diría jamás que es igual a un vizcaíno, tampoco se puede afirmar tan alegremente que todos los españoles son uniformes (que no iguales). Los Fanáticos De Lo Mío insisten en utilizar la palabra igualdad sin saber muy bien cómo la están usando. Porque no hay más españoles desiguales que vascos y navarros, pero por sus fueros y nada más.
No existe uniformismo ni se puede pretender imponerlo como sucedió en otras épocas censurables. Los FDLM quieren pensar que, por ser españoles, debemos pensar todos en las mismas circunstancias y condiciones y mostrarnos fieles y leales a unos valores concretos, como si de una religión se tratara. Los peores de todos ellos desprecian la mera existencia de lenguas que no sean la estatal y confieren un valor más alto del real a toda manifestación que no se ajuste a su ideal de españolidad. Tan es así que no dudan en utilizar definiciones inexactas de las comunidades más conflictivas. Un ejemplo: cualquier persona que para referirse al País Vasco utilice la expresión ‘Vascongadas’ es un fanático de lo suyo. Y lo hace así porque o se ha dejado llevar por la cadencia de otros fanáticos, más aventajados en tamañas lides; o porque la mera idea de que exista una comunidad que se llame ‘País’ le rechina en la mente uniforme.
Los FDLM hablan mucho de patria, de Nación con mayúsculas, del pasado milenario y las hazañas del Imperio, pero no se avienen a admitir que todo aquello dejó de tener sentido cuando entramos en Europa y ésta dejó de acabar en los Pirineos. Y aunque tenga sentido saber de dónde vinimos y hasta dónde llegamos una vez para saber a dónde vamos, no lo tiene si no va acompañado de una coherencia que no se da en los días que vivimos. No hay rastro alguno de patrias o Nación mayuscular, ni parece que España dure otros mil años ni que vuelva el Imperio. Aventar todo aquello sólo puede ser interpretado como la pose de quien no tiene nada mejor de lo que enorgullecerse y considera que nadie más puede hacerlo si no es bajo su ideal.
El uniformismo pretende refrenar toda iniciativa que se salga de un guión preestablecido. Insiste en manejar unas premisas estrechas que no pueden ser sobrepasadas. Un FDLM espera sentir que, vaya donde vaya, nada resulta cambiante o diferente. Entiende que un país es uno y no diecisiete y que por tanto si va a Barcelona le hablarán en castellano porque allí casi todo el mundo se expresa así, pero si va a Mollerussa también espera que todo el mundo a su alrededor hable en un idioma que él entienda a la primera. En su mentalidad no cabe otra fidelidad que la unidad, sin matices. Los más y los menos asumen la existencia de diversidad pero a unos niveles que no siempre es posible aceptar sin remilgos, y de todas las opciones sólo cabe quedarse con la suya, una Constitución intocable e insustituible. La Biblia hispana, ni más ni menos.
En cada ocasión que los catalanistas sacan los pies del tiesto, apenas tienen tiempo para morder el anzuelo y atacar con saña.

4. La hispanofobia
Porque también necesitan del victimismo para consolidar su pertenencia a una identidad atacada. No intentan convencer, dejando tal misión a un ser inexistente cuya ausencia es palpable. La expresión del fanático es uniformista e inclusiva porque sí, porque lo dice él y punto. “Mira tu DNI a ver de qué país eres”. Exige a otros que piensen como él o al menos disimulen sus opiniones para quienes no estén interesados especialmente en conocerlas, por sabidas o compartidas, de tal manera que a ojos de cualquiera en España no haya más problemas que los que ellos quieran que se muestren. Tan es así que, al empezar el debate secesionista, su primera idea es que se busquen una isla y allá se vayan porque Cataluña “es suya”.
Pero la hispanofobia como tal no existe en proporciones importantes. Ni interesa que se vea así. La intención es magnificar la presencia de ese fanático y multiplicarlo por cientos de miles de fanáticos, convertirlo en una generalización que englobe injustamente a todos los catalanes. En esa labor muchos medios hacen una contribución impagable, dando difusión a hechos que, por muy ofensivos que pudieran resultar, no dejan de ser hechos producidos en lugares concretos y movidos por un interés concreto. Si Vic se declara municipio libre y soberano es insultante para un FDLM españolista, el cual no se para a pensar que tal declaración tiene el mismo valor que quemar una bandera o declarar el amor por los animales de granja: aparte del simbolismo del acto, poco más. Si Berga declara al rey ‘persona non grata’, teniendo en cuenta lo complicado que resulta de imaginar al rey visitando el pueblo alguna vez, es fácil entender que la declaración no es sino una mera y soberana tontería. Pero el fanático, a raíz del falso agravio hispanófobo, aspira a boicotear a toda empresa de Vic o Berga que conozca o averigüe, y no será para devolver al redil a los desnortados, sino una frustración mal contenida que aspira a imponer un castigo. Y pocos hombres libres, leales y orgullosos lo son por haber sido castigados.
Los fanáticos miran alrededor y envidian otros países por meros clichés o prejuicios interesados. De Francia rabian su centralismo rampante como si allí no hubieran sufrido el terrorismo corso, el bretón o como si el bilingüismo no existiera en ninguna parte. De USA suspiran por la admiración que una ínfima porción de yankees sienten por su ejército, pero callan como meretrices del ambiente opresivo que se vive cuando se intenta hablar del 11-S, de Jesucristo o del Dios bendiga a América. De UK su monarquismo, discutido varias veces por los pocos que aún se preocupan por el destino de los Windsor. Y así con cualquier país que tenga o parezca tener algo que nosotros querríamos. Claman por la vuelta a un remedo de estado absoluto donde un solo poder fagocite otros menores, ineficientes y desfasados. Como si eso mismo no fuera esperable en la Unión Europea a la que nos encaminamos a paso de tortuga, si es que llega a consumarse alguna vez.
Otros fanáticos, en cambio, ven la situación imparable y abocada a un final conocible y esperable, y no tienen ganas de esperar. “Pues que se vayan de una vez” es la consigna, y que lo hagan en las condiciones más duras y extremas posibles.

Porque así es la España fanática. Orgullo y prez. De los suyos.

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