Amor a la ibera

En los últimos siete días la política ha vuelto de las vacaciones con rabia. Demasiada, incluso, para los tiempos que corren. Hace siete días la Generalitat cruzó el Rubicón (LOGSE: un arroyo facha) y se lanzó en brazos del abierto independentismo. Por fin. Ha costado, pero al fin hemos conseguido entre todos que cayeran las caretas.
El 11 de septiembre dicen que dos millones de catalanes marcharon sobre Barcelona pidiendo un “nuevo Estado de Europa”. Como si Durao Barroso no hubiera alertado que no existe precedente de secesión en un estado miembro y que Catalunya, hecha la independencia, estaría fuera de la Unión. Como si esta advertencia no fuera luego confirmada por el Comisionado de turno, el mismo día de la manifestación. Pero como quien oye llover, damas y caballeros. Porque a los catalanes últimamente les ha dado por no querer oír nada que no sean cosas bonitas.
No quieren oír que están arruinados y en quiebra. No, si no es para que les digan que todo es culpa de Madrid, que les roba y les expolia. Pero que no se ofendan los madrileños, ¿eh? Que ‘Madrit’ es una alegoría, una metáfora, un símbolo que viene muy bien cuando no queremos hacernos responsables. Lo mismo que llamar ladrones y expoliadores. Que tampoco es un insulto, es sólo una forma de llevarme el agua a mi molino sin tener que dar explicaciones.
No quieren oír que necesitan un rescate y que, normalmente, ese tipo de cosas suelen llevar consecuencias como que quien presta quiere saber en qué se gasta. Está mal, sí, porque invades libertad de movimiento. Pero por otra parte si no tienes más alternativa que pedir dinero al mismo Estado del que te quieres separar y al que no paras de menospreciar en cuanto tienes ocasión, la protesta queda como muy de boca pequeña.
Porque no, tampoco quieren oír que ellos, que se quejan tanto de lo poco que les quieren o respetan, son los primerísimos en no querer ni respetar. Apartar banderas de fotos oficiales, quemar fotos del rey o silbar himnos en finales deportivas son faltas de respeto que ofende a mucha gente, pero ellos no ven ofensa en ello. No pueden oírles, señores, porque están demasiado ocupados gritando ‘¡no nos quieren ni respetan!‘.
¿De verdad no se han parado a pensar en ello?
Es como todos aquellos que, preguntados, decían que no iban a la manifestación independentista “en contra de nadie, y mucho menos de España”. No son antiespañoles, dicen. Pero basta con rascar un poco para darnos cuenta que es imposible mayor antiespañolidad. Imaginando la España opuesta (una república federal) se me hace muy difícil imaginarles manifestándose, más bien serían de esos que ahora llaman ‘fachas’. Ergo sí es antiespañola, anti-esta-España. Pero si ni siquiera admiten lo más obvio, no esperemos llegar más allá de la superficie histriónica y cargada de contradicciones.

Porque el independentismo catalán ha llegado a tal punto de contradicción y excepcionalidad en sus propias premisas que ha desarrollado una serie de respuestas igualmente extrañas.
Verán, es que Cataluña es en sí misma una contradicción excepcional. Crisis aparte, vive muy bien en España y las conexiones son tantas y tan fuertes que ni siquiera los más acérrimos supremacistas encuentran la forma de que el discurso dominante rompa todas las cadenas.
Así, nos encontramos con boutades (LOGSE: gilipolleces) como que el FC Barcelona seguiría jugando la Liga (‘de la Península Ibérica’, dijo el vice culé con tal de no decir Española), porque es imposible imaginar una competición de fútbol sin al menos un par de Clásicos al año, porque una institución como el Barça no sobreviviría en una liga menor como sería la catalana.
O que la independencia no tiene por qué llegar mañana, hombre, no me meta prisa. Que ya decidiré yo cuándo me viene bien mientras intento arramblar con todo lo que puedo delante de tus narices. Ya se habla de unos treinta años de proceso. Demasiada agonía para tan poca muerte, si no es más bien un plazo pensado para cambiar tendencias: treinta años es exactamente el tiempo que necesita un independentismo para abandonar el independentismo.
Pero mi perla favorita, por encima de cualquier otra parida imaginable, es esa que hace que muchos catalanes crean que su voto vale (o debería valer) más que el mío. Cuando aúnan el primordialismo de creerse nacionalidad histórica con la convicción supremacista de que sólo ellos pueden y deben ser diferentes. Y lo creen genuinamente. Y aún así no admitirían jamás ningún tipo de problema racista y se enfadarían con que el sugiriera semejante barbaridad llamándole anticatalán (racista). Porque se han acostumbrado a acusar a todo el que le critica de los mismos delitos que cometen, por si pueden desviar la culpa. Funcionó durante treinta años y acomplejó a tantos librepensadores que no querían ser tildados de franquistas que buena parte del lío que tenemos ahora con el tema se debe a aquella impagable maniobra.

Y si sólo fuera eso. Deberían escucharles cuando imaginan su Catalunya triomfant volando libre. Es poco menos que la Arcadia y Utopía unidos en un Edén. Todo perfecto y maravilloso. De repente no existe un sólo problema allí donde antes sólo los había. De repente un nacionalismo periférico en un territorio extranjero deja de ser un problema porque ninguno de los que hoy se consideran españoles en Catalunya se sentirán extraños y reclamarán que se respete su identidad. [¿Se han detenido a pensar en la ironía que supondrá en su momento que haya nacionalistas españoles condicionando el Parlament de Catalunya?]
De repente no habrá problemas de dinero y Catalunya sería como Suecia o Dinamarca. ¿Se imaginan? Sociedades liberales, progresistas, bicicletas por todas partes, Ingmar Bergman, Copenhage. Y eso será posible porque en la Catalunya triomfant no tendrían que montar ninguna nueva Seguridad Social ni armar ningún ejército ni abrir embajadas en todos los países del mundo. Porque serían parte de la OTAN. Porque ya desde el inicio serían miembros de pleno derecho de la Unión Europea. Porque nadie con dos dedos de frente se imaginaría que Catalunya no fuera admitida y querida a cualquier precio en cualquier sitio y porque sí, incluso rompiendo las normas sólo para ellos. ¿Pero es que nadie se ha dado cuenta todavía?
Porque se trata de eso: necesitan pensar que, como pueblo, se merecen todas las excepciones posibles. Que hasta tal punto son diferentes a España. Y, al mismo tiempo, que el resto del mundo rechaza a España con la misma intensidad que lo hacen los catalanes y que, por ese mismo motivo, les darán todo lo que piden. Para hacer rabiar a los fachas, esos mismos que tanto querrían que les quieran.
Que es, en el fondo de los fondos, la verdadera razón de todo este chiringuito.
Las jodidas Dos Españas.
.
Vuelvo a incidir: el independentismo catalán en una república federal sería residual. Los que hoy se sienten incómodos defendiendo la idea de España serían los más patriotas. Pero como toda polaridad invertida, tendría la misma cantidad exacta de enemigos que tiene ahora, sólo que los fachas serían otros.
Y a las pruebas me remito: conforme aumenta el independentismo y las muestras de independentismo en Catalunya, lo hace también en el resto de España. Y como suele pasar con estas cosas, la respuesta no es sino la pataleta del novio despechado que acaba de darse cuenta de que su novia no le quiere como él querría que le quisiera.

Mucho españolista piensa o está dispuesto a creer que un argumento invalidado deja de servir como argumento. Veo esto con mayor énfasis cuando ese argumento se basa en la Historia. Imparten improvisadas clases en las que copian y pegan fechas y hechos que desmienten, para el que lo crea, que Catalunya alguna vez fue independiente. Como si el primordialismo (LOGSE: inventarse la Historia para que encaje con mi idea) no tuviera un sentido y un demostrado éxito. Como si bastara copypastear para borrar treinta años de educación adoctrinadora.
Otros andan por el camino del mezquino revanchismo, y la verdad es que esos me dan más pena que ningún otro. ‘Les boicoteamos y ya verás cómo entonces vienen diciendo lo españoles que son’, o ‘que se independicen ya, que ya verás lo mal que les va a ir y pedirán volver’. Pocas veces se ha visto con tan claridad un ‘por favor, quiéreme’.
Por no hablar de los que se preguntan por qué los sables no rugen con más fuerza. Esos son, indiscutiblemente, la misma clase de personajes que asegurarían que ‘la maté porque era mía’. Pero no se crean que esa tara es exclusiva del facherío, me refiero al rojigualda, me refiero al que le gustan sus toros pero no el de los otros, me refiero al que tiene un clero nacionalista, me refiero… recuerdo que un tipo se suicidó en pleno monte porque no podía soportar que Catalunya aún no fuera independiente.

La gente está confusa. No comprende qué ocurre y, sobre todo, se siente impotente ante la idea de que las cosas no salgan como las imagina en su cabeza. Se ponen a divagar y soñar con toda clase de eventualidades (calamitosas o no) que desemboquen en el resultado que ellos quieren. Se olvidan de realidades y de la tozudez de los hechos para ceñirse a sus deseos. Los unos piensan que será independizarse y ser ricos. Los otros creen que será separarse y que los otros sean pobres de solemnidad por siglos. Y entrambos toda clase de ladridos, que no pasan a mayores porque los catalanes no tienen ejército.
Cómo nos queremos. A la ibera, pero esto es quererse.

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