Profecia autocumplida

Se dice que una profecía (LOGSE: decir algo que va a pasar más tarde) basada en fundamentos realistas puede llevar a un cambio de actitud que termine por convertir en realidad lo que hasta entonces sólo fue teoría, desembocando en el cumplimiento de la profecía.

A Aquiles le profetizan que si va a la guerra de Troya no verá crecer a su hijo pero será recordado por generaciones. Algo así como decir “chato, si vas y lo das todo serás el amo pero morirás allí”. Y guerreó, claro. Y fue el amo, claro. Y murió, claro. Pero no murió porque una profecía lo había impuesto. Murió porque estaba el primero en todas las batallas, quería matar a los peces más gordos y desafió a todo el que se le puso tonto. Quizá conocer esa profecía por su propia madre influyó algo en su ánimo.

Paul Krugman, nóbel de Economía en 2008, profetiza que Grecia saldrá del euro y que España será un corralito a la argentina, y eso sólo para empezar. Al margen de su verdadera capacidad para hacer esta clase de pronósticos, suponemos (debemos suponer) que Krugman es un hombre influyente. Que algunos le hacen caso o al menos se paran a pensar si no tendrá razón el hombre. No sería mucho de extrañar que esos mismos que le hacen caso se pongan manos a la obra y saquen las zarpas de España o, los más, apuesten directamente en su contra.
Inciso: porque sí, damas y caballeros, en el mercado actual es posible apostar en contra de algo o alguien basándose nada más y nada menos que en chuparse el dedo y esperar a que el viento sople. Se les llama opciones.
Con semejantes premisas es relativamente fácil que una profecía se cumpla.

Ahora bien, las cosas pueden complicarse un poco más cuando dejamos a un lado la influencia y el nombre y simplemente tiramos de lugares comunes para tratar de profetizar algo.
Supongamos ahora un movimiento civil pensado, motivado y movilizado por una causa lo bastante evanescente como para incluir a todo el mundo. Lo mismo puede ser “la crisis” que “los políticos” o “el Madrid ganó por fin”. Gente anónima con el corazón a la izquierda o la derecha. Tan es así que desde el principio se renuncian a símbolos que pudieran excluir a alguien.
Aquí la profecía autocumplida viene de lejos. A los conservadores no les gustó el 15-M. La sociología y la psicología antropológica intentan decirnos que mientras el de izquierdas es activo y militante, el de derechas es pasivo y expectante. Casos aislados aparte.
Los columnistas más reacios no tardaron en ver motivos por el que espantar a los derechistas, que en ningún momento fueron malvenidos. Primero dijeron que la acampada se hacía en Sol, donde está la sede de la Comunidad de Madrid (PP) y no en otra parte donde hubiera socialistas. El argumento es flojo, ¿verdad? También lo pensaron ellos, que rápidamente fueron a buscar a los comerciantes que tienen sus tiendas en Sol. Tener la plaza abarrotada de gente no es positivo para las ventas, decían, si éstos sólo están ahí protestando en lugar de comprar. Así que protestan por los protestones y se quejan de la ruina que supone para ellos que, día sí y día también, los accesos a sus tiendas estén colapsados de gente. Parece que nadie les explicó el concepto de márketing, pero eso a los que estaban en contra de las protestas les daba igual: ahora tenían dos argumentos que explotar. Y pronto le añadieron un tercero, el de que el movimiento de los indignados no era otra cosa que un hatajo de perroflautas, vagos y maleantes. Izquierda pura y dura.

Pero, ¿por qué iban a estar los derechistas en desacuerdo con el 15-M en pleno gobierno socialista? ¿Por qué iban a estar en desacuerdo si los motivos del 15-M eran asumibles por cualquiera? No lo estaban. Pero la profecía autocumplida hizo su labor:
a. El derechista se desahoga desde casa o el trabajo. No se va a pasar frío o calor a la calle pudiendo decir lo mismo en un foro de internet o una columna de periódico.
b. El derechista temía que el movimiento fuera acaparado y explotado por la izquierda.
a+b. El derechista no se presenta en Sol y le deja todo el espacio a la izquierda.

¿Quiere esto decir que los columnistas tenían razón? No, pero al igual que Aquiles o Paul Krugman se aseguraron de tener razón: un año después las imágenes de las concentraciones son otras. Ya no se da la misma espontaneidad y heterogeneidad de doce meses antes. El imaginario colectivo ha aceptado la tesis de que el 15-M es (y por tanto se presume que siempre fue) de izquierdas. Porque:
a. El izquierdista gusta de expresarse en la calle, sea pasando frío o calor, además de decir lo mismo en un foro de internet o una columna de periódico.
b. El izquierdista temía que el movimiento fuera aceptado y bienvenido por la derecha.
a+b. “El 15-M es y será de izquierdas. No queremos a la derecha en él”.

Asumimos que parte de un movimiento estará formado por extremistas, porque los hay en cualquiera. Y asumimos que a esos extremistas se les llama así por su condición de llevar ideas y actos al extremo de lo aceptable.
Un extremo de lo aceptable podría ser, por ejemplo, que hubiera policías infiltrados en las manifestaciones, concentraciones o grupos de cotorras “para montar follón” y darles una excusa a los antidisturbios para disolver a porrazos, algo nada imposible dada la propia naturaleza de la guardia, intocable e ininsultable, altiva y arrogante.
Inciso2: la lógica intenta explicarnos que un policía tiene que tener un rango ligeramente superior al de un civil para que su autoridad sirva para hacer su trabajo. La misma lógica explica que esa condición afecta a la propia percepción que el madero tiene de sí mismo, haciéndole creer el amo del cotarro aunque todos tengamos un jefe: él te puede llamar de todo menos bonito. Tú a él no.
Así las cosas, cualquiera que en un momento dado tenga ganas de armarla en una concentración donde se reúne lo mejor y lo peor de cada casa es, por definición, “un policía infiltrado”. Esto tiene que ser así por dos razones:
1. Dada la condición de alguno de los miembros del movimiento, es mejor vendar la herida antes: si montas alguna bronca te llamaremos policía, lo que significará que te echamos del grupo, lo que significará que eres de los nuestros siempre que no te salgas del guión.
2. Pero al mismo tiempo, y conocida la naturaleza de los más extremistas, libera de toda responsabilidad a los reunidos: cualquier violento es madero. Aunque no lo sea.

Desde el otro lado las perspectivas tampoco mejoran. Si la Policía teme que algún exaltado empiece a liarla y tienen instrucciones de mantener el orden público (tratar de diseccionar este concepto da para otra entrada), estarán tensos y a la que salta en cualquier ocasión, sea cierta o no. Y además dan por sentado que cualquier detenido dirá que es inocente aunque no lo sea. Y si lo es, “estabas en el momento equivocado y en el lugar equivocado, pero vas a comisaría igual. Será injusto, tal vez, pero esto es lo que hay y te jodes porque no pienso comerme el marrón por ti y te denunciaremos igual”. Y además liberarán tensiones y adrenalina. Profecía autocumplida: se temen disturbios y la misma Policía los agrava.

Y así hemos llegado a este punto crítico. ¿Tal es la fuerza de algunos que pueden influir tanto en los demás? La práctica dice “sí” aunque la teoría diga “no”. ¿Por qué entonces las profecías autocumplidas se cumplen? Porque suponen el deseo de muchos: en el caso de Krugman el deseo es la ganancia de dinero rápido y fácil apostando por lo mismo que apuestan unos cuántos. En el caso de los derechistas es victimizarse de lo poco que les quieren. En el caso de los izquierdistas es reivindicarse con algo que se les da bien. En ambos, además, está el pavor a mezclarse unos con otros.

Autocúmplanse ustedes también.

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Un comentario en “Profecia autocumplida

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