Pecados Nacionales VI

Ayer un terremoto sacudió Lorca, un pueblo de Murcia, patria chica del imprescindible Yepes y de una conocida mía. Nueve muertos, cientos de heridos, casi todo el pueblo dañado.
De por sí la noticia es terrible, un trágala infame que de cuándo en cuándo la tierra nos receta sin que podamos hacer gran cosa por evitarlo.

En España ha habido terremotos desde que la Península es península, es decir, dos días antes del nacimiento de Fraga. La lista de terremotos es corta, pero cuajadita de desastres [1][2]. Lorca no es menos, si acaso añade una nueva triste entrada.

Aquí la tierra tiembla a menudo, pero casi siempre de forma que casi ni nos damos cuenta. A veces, por desgracia, la sacudida es lo bastante fuerte para que haya que lamentar pérdidas irreparables.
En el mapa de aquí a mi siniestra se exhiben las ‘zonas calientes’ de temblores, lo que demuestra que no es una novedad.

Se ve que alguien ya avisó de que algo así podía ocurrir, no hace ni tres meses. El problema es que no se puede hacer más de lo que se ha hecho: nada.
Como podemos ver el cielo, somos capaces de predecir -con mejor o peor exactitud- el tiempo que va a hacer y prevenir en lo posible. Gracias a las fases de la luna también podemos calcular con precisión las mareas del mar y plantear alternativas. Pero lo que hay debajo… eso es otro cantar.
Lo ocurrido en Lorca es muy triste. Se puede describir con más palabras, pero con el mismo resultado.
Nueve muertos son demasiados. Sobran nueve.

Para variar, los hay que sólo saben aprovecharse de este tipo de desgracias, cada cuál de un modo distinto pero igualmente amargo, desde mi modesto punto de vista.
Vivimos en unos tiempos en los que la inmediatez impone sus normas, y son duras y crueles.
El papel de la clase política, cuando pasa una desgracia, es el de representar el dolor común. Para eso están donde están y ganan lo que ganan. Podremos discutir el modo en que expresan ese dolor, habrá opiniones en muchos sentidos, pero nadie pondrá en duda que lo hacen de corazón. ¿Nadie?
Es difícil sostener esa idea si ves a unos cuántos sonriendo a la cámara en pleno minuto de silencio. De acuerdo, estamos en campaña. ¿Todo vale?
Convenimos todos – o casi – en que el gesto de salir a las puertas de cada Ayuntamiento y quedarse ahí parados un minuto es mejor que ninguno, pero eso no quiere decir que no se pueda hacer mejor. Creo que no es difícil aceptar que nada se puede hacer por quienes acaban de dejarse la vida en algo que no han provocado, ni han querido, ni se han buscado, ni nada que pueda dar lugar a cualquier cuchicheo socarrón. Precisamente por eso la tragedia es tanta. Nada menos que una bonita muestra de solidaridad, ese es el mínimo exigible. Pero incluso en esas tienen que hacerlo a su manera: convocando a los medios. Que nadie se quede sin saber que tal o cual político estuvo firme y silencioso.

No quiero criticarles hoy. No a ellos, no viendo a otros peores: los medios.
En serio, no aprenden.
Terremoto en Lorca. Muere gente, edificios derruidos o seriamente dañados. Cobertura impecable y puntual de cualquier pormenor. Quien puede, emite morbo. Quien no, lo describe. Hasta ahí, lo acostumbrado.
Los hay que creen que su forma de informar transmite cercanía con los afectados y el resto, se sienten el nexo de conexión y gozan con ello. No era esto, pero se admite a falta de nada mejor.
El problema es otro y viene después, cuando la inmediatez impone que, pasado el terremoto y pasadas las imágenes, haya que recurrir a algo más para exprimir el tema. Es la hora del alarmismo fácil.
Unos atizan al de enfrente, porque no sólo los políticos están en campaña. Basta cruzar una mínima línea y ninguno se priva de hacerlo. ¡Aprovechemos el momento sensible para meter nuestra mierda del día! ¡Mirad a ese o a esa, lo que han hecho! Les seguimos el juego publicándolo, pero… ¡ah, qué horror!

Pero incluso eso entraría dentro de lo razonable, o al menos no por novedad.
Tampoco es novedad lo que hacen otros: sacar el alarmismo a pasear en cuanto creen que eso servirá para vender más caros los anuncios. Varios informativos le han echado minutos a expandir la sensación de miedo.
¡Terremoto en Lorca! ¡Muertos, desastre, pueblo arrasado! ¡Podría pasarle a usted!
Podría pasarle a usted. ¡Suenan las alarmas! ¡Que panda el cúnico y la histeria se desboque doquiera! Si usted, avispado lector, vive en un edificio de más de treinta años, ¡desespérese! ¡Dé rienda suelta a su miedo! ¡No repare en gestos y palabras! Quéjese ante alguien, métase con alguien más bajito que usted, lanze algo o simplemente llore a gusto, porque… ¡desde ayer su vida corre un inmenso peligro!
Nadie hasta ahora se había dado cuenta de ello. Antes de ayer el concepto ‘terremoto en España’ era algo etéreo, irreal, una cosa que sólo sucedía en sitios muy lejanos como Japón o Californa. Por eso, nadie había tenido nunca ningún problema por vivir en edificios de más de treinta años. Es más, solían ser más apreciados cuanto más antiguos fueran hasta que se han convertido en el nuevo coco. Que pasados muchos años sigan en pie debería decir algo a su favor, y que aquí no abuden los terremotos desastrosos tampoco pero… ¿dónde estaría la noticia, entonces? ¡Un terremoto puede devastar un pueblo! ¡El suyo!
Así que déjenos cambiar su perspectiva y permítanos meterle miedo en el cuerpo. Deje de sentirse a salvo en su propia casa vieja, plantéese comprar uno nuevo -y de paso sea patriota-, monte gresca en el Ayuntamiento, concéntrse en la pueta del Colegio de Arquitectos. Si puede ser, júntense muchos y todos al mismo tiempo, eso sería aún mejor: así tendremos más cosas que sacar en los próximos informativos.

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