El fin del Estado Autonómico


No se lo oiréis decir a ningún miembro de la casta política, no al menos de manera pública y notoria. Tampoco se habrá de dar pábulo en ciertos sectores de opinión o de información, quedando arrinconado en algún remoto concepto, entre conspiranoia o elucubración.
De hecho, parece mentira pero es cierto: ninguno de nuestros próceres parecen saber lo que a pie de calle es una certeza. Este país, llamadlo Estado, llamadla nación, llamadla como os salga de las pelotas, ha entrado en una espiral irreversible de cambio. Hacia qué lado se inclinará la balanza, dependerá de muchos factores. Pero que nadie se lleve a engaño: el sistema actual está condenado. A muerte.

Partimos de dos corrientes de pensamiento diferentes, una nacida de la situación privilegiada de ciertas zonas del país y la otra, mezcla de nostálgica de otros tiempos -con intenciones y modos renovados y más políticamente correctos- y de respuesta a la primera corriente.
No me andaré por las ramas: España terminará siendo una federación de entes semi-independientes o un estado jacobino a la francesa. El término medio, eso que hemos llamado durante 30 años Estado de las Autonomías, agota su existencia.
No es la prédica de un profeta pasado de setas. Tampoco una paja mental razonable. Es, simple y llanamente, un breve resumen de lo que está por venir.
_¿A quién le importa, en realidad?
Por lo pronto, a todos aquellos que viven del Estado. Funcionarios, empleados públicos, asesores y carguetes varios. Un buen par de centenares de miles de tipos y tipas que deben sus lentejas al invento. Luego, a todos aquellos que no terminan de convencerse de la idoneidad del sistema actual, que vienen a ser legión si sumas a tirios y troyanos. Unos, por aspirar a cotas mayores de poder o fondos. Otros, suspicaces ante la cantidad de burocracia generada y la multiplicación de los gastos necesarios para mantener al bicho.
_El resumen está claro: la izquierda es federalista. La derecha, jacobina.
Que no te oiga Alfonso Guerra decir eso. Y a ver qué opinan CiU o PNV de semejante razonamiento clásico pero erróneo.
La izquierda ha sido tradicionalmente propensa a conceder ciertos ademanes permisivos con todo aquél dispuesto a pegarse por su terruño y sólo su terruño. Teóricamente, de hecho, Marx –y, especialmente, Lenin– abogaban por el ya consabido “derecho de autodeterminación de los pueblos“. Teóricamente.
La experiencia y el paso de los años nos han demostrado que del dicho al hecho hay un trecho y que los marxista-leninistas que disfrutaron de décadas de poder absoluto no movieron un sólo dedo por promover esos derechos, si acaso se emplearon a fondo en reprimirlos. Pasó en la URSS, pasa en China, en Bolivia y en varios países africanos. Pasó en Camboya y pasa en general en todos aquellos países en los que existe en su interior alguien dispuesto a querer montárselo por su cuenta y riesgo, ya sean de un signo u otro.
Pero no pretendo teorizar. Expuesto el contrasentido, ahora queda saber qué se propone cierto sector político de España a la hora de decidir el sistema territorial -y, por ende, político- de las próximas generaciones. De hecho, las palabras de Zeta defendiendo el actual sistema autonómico deberían interpretarse en su justa medida, conociendo como ya conocemos al personaje.
_Ya te salió la vena facha.
En realidad no, creo que no depende del pensamiento ideológico creer que esta persona no es precisamente honesta ni sincera. Te puedes aguantar porque es de tu cuerda o rechinar más los dientes porque no lo es, pero nadie puede decir realmente que sabe lo que dice o lo que se hace. No ahora. Por eso, cuando dice una obviedad que nadie le ha pedido como es la de defender el status actual, como poco hay que preguntarse qué hay detrás.
_Detrás está el puto nacionalismo periférico, que rompe España.
Es una pista. Nos pongamos tontos o no, lo digamos mejor o peor, seamos más educados o menos, no por eso es falso que la corriente nacionalista actual no está para tener el añejo “sentido de Estado“. ¿Dónde está? Ni lo olemos. Ni está, ni se le espera. A lo máximo a lo que están es a conseguir la mayor cantidad posible del trozo de pastel que llevarse a la boca. Los demás, que se busquen la vida.
Pero no son los únicos que pretenden modificar el sistema actual. También están aquellos que no ven la monarquía como la figura de cabecera idónea. O los que miran con simpatía movimientos secesionistas por los motivos que mejor les parezcan.
Aquí entra tangencialmente -por ahora- el partido en del gobierno. Sí, duela o se agradezca, es así. Pero lo hace tangencial y no directamente porque pretende jugar un doble juego de intereses. ¿Por cuestiones ideológicas? Ni hablar. Ideológicamente el PSOE hace ya mucho tiempo que dejó de ser socialista, obrero y español. Ni la sombra de Suresnes. No es una crítica, es una observación de cómo ha ido evolucionando el partido a lo largo de los años y de su posicionamiento ideológico actual, más en línea con la socialdemocracia sueca de Olof Palme que con el socialismo francés del último Miterrand.
¿Por cuestiones tácticas? Tiene más sentido. Agita el árbol del sentimentalismo regional-nacionalista allí donde tiene cabida hacerlo. Calla o mira hacia otro lado donde no existe, exponiéndose por otra parte a sus propias contradicciones internas. Pero no tienen que responder por ellas, puesto que cada grupúsculo tiene su compartimento estanco donde no hay injerencias de otros lugares, tan sólo de la cabecera, y ésta tiene las manos atadas: sin las direcciones regionales no son nada.
¿Por cuestiones internas? Ahí es donde está, sobre todo, la madre del cordero. Miles de militantes a los que tener contentos y colocados. Miles de simpatizantes a los que mantener a costa del presupuesto. Miles de coches oficiales que hay que utilizar. Cientos de miles de cargos que adjudicar. El actual sistema les permite contentar al mayor número posible.

¿Y el PP? ¿Es un “adalid de la unidad nacional”, tal y como de vez en cuando alardea? No más que el PSOE. Le vino bien el momento de la redacción del Estatuto catalán para posicionarse como los únicos que realmente velan por dicha unidad, quizá con demasiado ardor y también incidiendo demasiado en su carácter “democrático”, como si tuvieran miedo de que se les relacionara con el franquismo -en realidad, se hace igualmente, presuman de demócratas o no- o de que pudieran ser acusados de “tibios” por los más exaltados.
En lo único que parten con una ligera ventaja respecto a su oponente natural es en la separación en Navarra de UPN y PP, liquidando el pacto con los regionalistas y presentando una lista propia, apuntándose un tanto (que los socialistas aún no han sabido ver, creyendo tener debilitado al enemigo cuando éste en realidad se ha fortalecido) a la hora de apostar por un mensaje “coherente” (ejem) en todas partes. Lo de “Navarra se vende” ya es historia, claro. Ya no vende.
A no mucho tardar PSC y PSE tal vez quieran seguir esos mismos pasos. Desde luego, sería la evolución natural, tal y como van encaminados.
Pero por lo demás, es el mismo perro con distinto collar. También tienen una lista muy amplia de gente a la que colocar. Y lo malo del sistema actual, con listas cerradas y más centrada en el partido que en el líder que lo preside, es que quienes controlan realmente dicho sistema son uno u otro partido, ninguno de ellos interesado en cambiar -aparentemente- las cosas.

¿Por qué, entonces, se prevé el cambio? Porque se adivina una radicalización en ambos sentidos acerca de la configuración política y territorial de España. Quienes ya hablan sin tapujos de un “Estado plurinacional” hoy, mañana (en realidad, ya) hablan de “Estado confederal” -ni siquiera federal- cuando no de su “miniEstado” de turno. Los otros, tirando de su lado de la cuerda, hablan del derroche que supone 18 gobiernos, su inefectividad en varios ámbitos –alguno reconocido por el propio Gobierno– o del gasto inútil en fondos y energías que podría dedicarse a otros menesteres más favorecedores para el país en su conjunto. Unos quieren dividirse, otros sumarse, pero a ninguno le ampara la razón ni la lógica. Sólo son puntos de vista opuestos acerca de un mismo concepto. Que nadie toque a rebato.
El caso es que tarde o temprano una facción se impondrá a la otra. No me refiero a la fuerza. Pero sí que será motivo de inestabilidad durante un tiempo quizá nada desdeñable, el necesario para que se equilibren de nuevo las cosas en un punto intermedio similar al actual con el que llevarse todos bien. Porque no, no se trata de contentar sólo a algunos. Tampoco de obedecer sólo una tendencia “porque sea la políticamente correcta” (cada cual que interprete cuál es), pero no lo acertado. Ni alzarse por la fuerza de las armas para tratar de imponer lo que de otro modo no sería posible.
Pese a que el escenario de una nueva guerra civil sea muy improbable, no puede descartarse. Los alarmistas de siempre dicen que por menos se montó la del 36. Allá ellos y sus cuentos para no dormir. Pero sería muy irresponsable no tener esa remota posibilidad en cuenta, por pequeñísima que sea.
Hoy mismo, en El País alertaban sobre el rebrote violento de la extrema izquierda en Francia a cuenta de los pronto famosos “Nueve de Tarnac”.
Ya dijo George Santayana (españolito de origen, sabía de qué hablaba el jodío) eso de “los que no conocen su Historia están condenados a repetirla“. Aquí no conocemos nuestra Historia. Cada bando se encarga de inventar, magnificar o modificar su versión para adecuarla a sus intereses. Unos y otros, ojo. Muy sangrantemente unos, muy ilusos los otros.
¿Que cuál es de quién? Cada uno tendrá su propia opinión al respecto, lo que precisamente incide aún más en el error.

De ahí, precisamente, que crea irreversible este proceso.
Espero no ver a dónde nos lleva.

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