La Batalla

Enlil, Señor del Viento, Guardián del Hálito y Símbolo de lo Amplio, mece al ritmo desacompasado y caprichoso de sus ráfagas los mechones sueltos que sobresalen del yelmo mientras su música penetra en los oídos en un ulular tenebroso, cargado de tensión y del miedo que humedece de sudor y escalofríos todo el cuerpo. Reclama sangre.
Acaricias el mago de tu espada aún enfundada. Pronto llegará la hora de apagar su sed, toda ella vibra esperando el momento de atravesar todo cuanto se interponga en su camino. Sin vacilar. Sin descanso ni final a la vista. No, hasta que no quede nadie a quien reclamar combate.
Se acerca el momento culminante que dé comienzo a una nueva lucha. No sabes en qué momento exacto sucederá, pero tú crees estar preparado. Sabes que sólo hay dos alternativas: salir vivo o morir dando lo mejor de ti. Aceptas tu destino…
¿Lo haces?

Suspiras con toda la profundidad que permiten tus pulmones. Miras a tu alrededor, comprobando que, de nuevo, te hallas solo frente a incontables enemigos alineados en perfecta formación frente a ti.
Oscuros pendones que el aire ondea mostrando toda clase de símbolos y orígenes, una amalgama confusa e incoherente que muestra la cantidad de asuntos por resolver. Algunos de ellos se muestran deseosos de derrotarte, a otros no les resultas más que una mota más de polvo que espantar de un manotazo. Pero te encuentras con la determinación de hacer frente a todos y cada uno de ellos.

Un instante de pavor invade tu cuerpo y te priva de todo pensamiento cabal. ¿Huir? ¿Suplicar clemencia? ¿Rendirte? Calibras tus opciones reales sabiendo de antemano que lo único que podrías hacer sin temer echar la vista atrás es, precisamente, dar el paso adelante que sentenciará tu destino. Con miedo, pero decidido a enfrentarte a todos tus enemigos, especialmente al peor de todos: tú mismo.
Sin embargo, el germen de la duda eclosiona, alguno de tus adversarios pueden detectar ese instante que determina la diferencia entre la vida y la muerte, aunque afortunadamente para ti se encuentran lo suficientemente alejados como para no representar un peligro real. Pero les ha espoleado, y ellos son quienes deciden comenzarlo todo.
El Príncipe de la Inseguridad es el primero en dar la orden de carga. Montado en un imponente alazán azabache, te señala con su lanza y, a galope tendido, se abalanza sobre ti dispuesto a ensartarte mientras chilla dispuesto a inmovilizarte de terror. Contemplas su avance en una lenta evolución: los cascos golpeando la arena y provocando pequeños remolinos a su alrededor. Los bufidos de la montura a través de sus ollares. La gélida mirada de su jinete, apenas una línea visible tras su imponente casco brillante que atraviesa tu alma, provocándote una evanescente sensación de caída.
Te empequeñeces, víctima de su arma más poderosa. Se ve tan grande, tan fuerte, tan convencido de su victoria… es imposible que tu espada pueda siquiera arañar sus defensas. La imaginas de madera, quebrándose y dejándote indefenso, desnudo.
Tras él vuela impulsado por una mano invisible Paranoia, oscuro Hechicero de los Pensamientos Funestos. Su báculo de guerra, Come-Tarros, es legendario y apunta hacia ti dispuesto a ejercer sus peores y más contundentes efectos. Tendrá éxito, ahora que tus defensas flaquean y has bajado la guardia: el impacto te tira nuevamente al suelo y, en él, te encoges buscando protegerte como buenamente puedes de tus peores augurios. Todo el mundo está en tu contra, nadie acudirá a tu llamada de socorro, a nadie le importa lo que te suceda. Ves enemigos por doquier, más de los que existen, temiendo hayarte rodeado de ellos y sin posibilidad de escapar.
Obsesión, Señor de la Permanencia, Bucle Interminable, ríe montado en su carro tirado por esclavos. Es el siguiente en emprender el ataque, consciente de lo fácil que le resultará herirte con su escudo de cristal: no tiene más que hacer que te veas reflejado en él para hallarte totalmente a su merced. Entonces, presa de las compulsiones más nocivas y las ideas más oscuras, no tendrás nada que enfrentar salvo tu indudable derrota.

Pese a todo, aprietas los dientes. Un sordo gruñido te anima a levantarte, aliviando en parte el tremendo esfuerzo que supone hacerlo con tanto encantamiento sobre tus hombros. Algo ha cambiado tu espíritu. No quieres dejarte vencer sin devolver algunos golpes.
Clamas por la gloria de Enki y la fuerza de Ki y, volcando todas las energías que puedes acumular en tu brazo, descargas un mandoble sobre el escudo de Obsesión. Todos se detienen a observar el movimiento. ¿Podrás con él?
El golpe es brutal, tanto que atraviesas el escudo del Señor de la Permanencia y logras alcanzarle de lleno. Éste aúlla y cae en un promontorio que será conocido desde entonces como la Rotura. Antes de morar en las tierras de Ereshkigal y Nergal Meslamstea en el inframundo, aún tiene aliento para intentar una última maldición.
Pero tú ya estás buscando a Paranoia entre el gentío de enemigos que te rodean, aún cegado por su peor sortilegio. Sostienes tu escudo con todas tus fuerzas y cargas contra todos ayudado por tus propios gritos de ánimo. Uno a uno, los Pensamientos Funestos se evaporan a tu paso hasta que, por fin, te encuentras con el hechicero frente a frente.
Éste empuña a Come-Tarros dispuesto a lanzarte una nueva andanada. Comienza a recitar en voz baja la salmodia que, ya lo sabes, precede la Oscuridad y el Terror. Sin embargo, esta vez no permitirás que llegue hasta los versículos finales. Bramando de rabia lanzas contra él tu espada.
El Príncipe de la Inseguridad tira de las bridas de Duda, su mejor caballo, alarmado por tu repentina fuerza, con la que no contaba. Observa detenidamente cómo tu arma da vueltas sobre sí misma hasta clavarse hasta la empuñadura sobre el pecho del mago, que del golpe vuela unos metros hasta caer vencido a los pies de un arroyo que, mucho después, será recordado como el Despejado.

Agotado, jadeando rabioso, te vuelves hacia el Príncipe dispuesto a entregar lo que te queda. Todo, menos la vida. Pero éste sabe que ya está vencido, su lucha no tiene quién la apoye, y cabalga despavorido hasta disolverse en el horizonte.
Alzas los brazos victorioso sabiendo que la batalla no ha hecho más que empezar. Pero, sin ningún atisbo de sospecha, eres consciente de que la victoria te encontrará. Has podido con los rivales más poderosos y más peligrosos. Nadie podrá ya hacerte frente sin recordar a quién venciste.
Ni el general Dependencia, Esclavo de Ancestros, Ruina de Libertad. Ni el poderoso caballero don Dinero y su innumerable hueste de desharrapados. Ni siquiera el terrible rey Pavor, Daño de Sombras y Señor de las Almas Rendidas.
Sonríes ajeno a las heridas que sangran por todo tu cuerpo. Shamash te reconforta con su calor y su luz te guía. Recuperas tu espada del cúmulo de cenizas que antes formaban el cuerpo de Paranoia y avanzas con paso firme y seguro hacia el resto de los que te enfrentan.
Porque, ahora más que nunca, sabes que vencerás.

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2 comentarios en “La Batalla

  1. IMPRESIONANTE!!, sin palabras, de verdad, me has llegado a sorprender como hacia tiempo que no lo conseguias….Toda una oda a la imaginación y el talento, haciendo alarde del dominio que ejerces sobre la metafora y la personificación…no puedo mas que ofrecerte mi enhorabuena, aplaudir-te sonoramente y darte las gracias.

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  2. Cada vez me sorprendes más.Estás lleno de registros, y cuanto más te matizas, mas te difuminas..porque te haces más y más completo y complejo.Cada vez que te muestras así, en tus líneas, más te escondes a los ojos de quien quiere más que leerte aprehenderte.Conocerte se me antoja mas difícil que tratar de retener el agua en las manos..Un beso!

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