Crisis? What crisis?

La comidilla de estos últimos meses tenía por protagonista la bola de nieve económica que sacude al mundo en proporciones desiguales. Más que nada, es un tema importante por cuanto afecta a cada individuo de una u otra manera.

Aquí, en la piel de toro, las cosas no van precisamente de puta madre. Afortunadamente para unos cuantos (muchos), la burbuja inmobiliaria estalló, llevándose por delante a unos cuantos que se hicieron de oro con el ladrillo. Aún está por ver cómo terminará esto, porque si hay algo claro sobre el asunto es, precisamente, que todavía no ha terminado.

El problema es que, en economía, se dice que todo está conectado. Así, si el ladrillo falla, la Bolsa baja. Si la Bolsa baja, pierden los inversores, cuyas compañías deben reestructurarse para hacer frente a la nueva situación: es decir, menos trabajadores. Los nuevos parados dejan de consumir compulsivamente como lo hacían antes y eso se acaba notando en los comercios.
Pero claro, el “ladrillo” es sólo una variable de unas cuantas que han ido a juntarse en este momento del tiempo: los bancos también tienen lo suyo. Y el petróleo está en máximos históricos, propiciando una crisis energética cuyas consecuencias aún están por medirse. Todo influye.
Aún así, aquí nos ha costado lo suyo admitir que estamos en “crisis”: se gastaron todos los eufemismos posibles. Desaceleración, aterrizaje suave, captación puntual… ah, no, que esta iba de aquél trasvase famoso.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, por mi barrio (qué digo mi barrio, en la manzana de mi casa) no dejan de cerrar bares y tiendas. ¿Culpa de la crisis? Quiá. Lo digo en serio, porque no han cerrado por cese de negocio, sino para… hacer reformas.

Veamos, así a bote pronto, me salen 4 bares: el Gloria II, que no sé si ha cambiado de manos o si está de reformas porque en su rótulo no aparece (todavía) nombre alguno. De todos modos la cosa parece que les está quedando más o menos bien, así que cuando terminen y lo abran quizá me convierta en parroquiano porque me pilla al ladito de casa.
Filo Jorge Juan también está de reformas, por lo que he podido ver. Conozco a gente de allí que me dicen que la cosa estará lista para octubre, y que pretenden darle un toque “modelno” al garito. Teniendo en cuenta que es un restaurante que últimamente se ha especializado en despedidas de soltera (que me lo digan a mí los sábados de madrugada, qué gritos y carcajadas!), se veía venir.
El Sorriso, un restaurante/bar de copas con unos postres de morirse, también se ha lavado la cara. No es que les hiciera falta precisamente, pero se ve que alguien creyó que sí, que ya tocaba.
Otro restaurante de mi calle, italiano (buenas pizzas y ensaladas, pero un poco caro) ha cerrado y en su lugar se ha puesto otro italiano pero más del rollo “cocina Sergi Arola”, es decir, no es comida rápida pero casi y se pretende que la gente coma sentada tranquilamente entre decoraciones ultramodernas y monísimas. Creo que se llama Food&Fun, pero podría haberlo soñado.
La tienda que está tirando tabiques es Fann, esa que hace marcos y ampliaciones de fotos y es papelería (y vende maletas, creo).
Ah, y una diminuta tienda de ropa pseudo-pija ahora es una peluquería. Otra más. Esta calle, en vez de la de los anticuarios, se va a convertir en la de los estilistas.

Cuando trabajaba en Ruiz Nicoli (ah, sí, olvidé mencionarlo: ya no trabajo en Ruiz NIcoli, es más, ya no trabajo a secas) recuerdo que estuve haciendo una encuesta (algunos lo llaman estudio de campo) para la Comunidad de Madrid a cuenta de unas subvenciones que concede al pequeño comercio para hacer reformas y tal. No recuerdo qué organismo era, aunque quien se encargaba de tramitarlo era AvalMadrid, cuya oficina está… vaya, sí, efectivamente: en mi manzana.
La hice hace unos meses ya, pero precisamente me pateé la zona de mi casa, qué queréis, uno economiza esfuerzos de vez en cuando. El caso es que, por aquél entonces, nadie conocía estas subvenciones ni parecía interesado en reformar nada. Y de repente, zas. Todos a la vez.
Me haría ilusión creer que tuve algo que ver con el lavado de cara general de mi barrio.

Aunque sólo sea para darle color a un domingo cualquiera.

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