Piratería

Quince hombres sobre el Cofre del Muerto y una botella de ron.

La Historia y la leyenda nos narran historias que mezclan aventuras, delincuencia, libertad, libertinaje y ron. Todo aderezado por climas caribeños y la erótica del peligro.
Algunos nombres ilustres han trascendido sus épocas hasta llegar a nuestros días convertidos en mitos. Jack Rackham (cuya bandera, evolución de la mítica Jolly Roger, hoy es universalmente conocida), su mujer Anne Bonny – y su otra mujer Mary Read-, Barbanegra, Francis Drake, Henry Morgan… son sólo los más conocidos al margen de los que la literatura o el cine nos han ido brindando posteriormente: Long John Silver. Jack Sparrow. El Pirata Garrapata.

De aquéllos a éstos media un abismo salvo para los miembros de la llamada Coalición, un ente que engloba a las sociedades de gestión de derechos de autor, a la industria musical y la audiovisual. Dicha Coalición califica de piratas a más de 11 millones de españoles. Ya nos habría gustado haber podido dar tan vasto número al Caribe hace 300 años. Otro gallo nos habría cantado (¿o no?) y seríamos nosotros los protagonistas de tan fascinantes historias.

La situación no pilla de nuevas a nadie. A fin de cuentas, lo de encasillar a tanta gente bajo un único adjetivo es algo que llevamos haciendo desde que existimos culturalmente. Hoy en día, 10 millones de españoles son fachas, 11 millones son rojos… pero, indudablemente, ser piratas es más romántico. Y divertido.

Según cuenta la leyenda, la piratería quiso organizarse bajo una hermandad llamada La Cofradía. Unas pocas y breves reglas carentes de obligaciones daban una mayor sensación de seguridad entre hombres -y escasas mujeres- sin demasiados escrúpulos. Su “base” estaba en la isla de Tortuga, considerado territorio internacional -u hogar pirata, que lo mismo da- debido a que ninguna nación de la época tenía los huevos suficientes para acercarse demasiado por allí.
Así las cosas, ahora La Cofradía se enfrenta a La Coalición. Ni siquiera Tom Clancy se habría imaginado un escenario tan jugoso para montar una historia de tal calibre.

Si, tal y como la SGAE quiere, nos consideráramos piratas (lo cual no tendríamos por qué aceptar), debemos asumir no sólo la versión que ellos pretenden dar del asunto: ladrones, aprovechados y bucaneros; sino que también seremos merecedores de todo el componente libertario y combativo que hicieron gala aquellos hombres que se ganaron la categoría de héroes para unos cuantos. Y si luchamos, lo haremos del único modo que aquellos piratas y éstos piratas de hoy día sabemos:

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Canción del Pirata. José de Espronceda.

Traducción al cristiano moderno: ¡Pon tu mula a trabajar!

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