Gente tarada

Estos días nos estremecemos cual locuelas por el último caso de un tarado monstruoso. ¿Cómo? ¿Que el asesino de Mari Luz es malo? Es un bendito pedazo de pan comparado con este tipo.
No hace tanto tiempo se destapó en este mismo país centroeuropeo un caso similar de secuestro prolongado con finalidades sexuales. Ya entonces nos quedamos flipando en colores. Y con Dolby.
Con matices, esta aberración que se hace llamar “hombre” ha conseguido anotarse un nuevo récord del horror.
Aquél tipo secuestró a una tal Natascha Kampustch, una desconocida para él. No raptó a su propia hija.
La tuvo durante muchos años en su trastero encerrada tras una puerta con candado y, cuando creció, la dejó deambular por casa, que fue lo que propició que ella pudiera escapar. No la encerró tras una pequeña puerta de acero que se abre con sistema electrónico de apertura (sí, como la pasta de un banco) en un zulo con vistas a nada.
No tuvieron hijos durante los 8 años (¿os imagináis a toro pasado 8 años de vuestras vidas?) que la tuvo bajo su poder. Este hijo de puta triplica ese número: 24 años. Años. Y tuvo 7 hijos con su propia hija. Eso le convierte en padre-abuelo.
Aquél mierdecilla inseguro y apocado no quemó a uno de sus propios hijos en un horno ni lo enterró en su jardín. Este animal sí.
Como no tuvo hijos, no pudo adoptarlos. Éste demente apadrinó a tres de sus nietos-hijos e hizo como si no pasara nada, mientras que los otros 3 se han pasado toda su vida sin ver la luz del Sol… ¿qué tenían de diferentes para no merecer iguales privilegios? ¿Os dáis cuenta de que hablamos de “privilegios” tales como ver luz, hablar con gente, pasear…? ¿Vivir?
Aquél vicioso enfermo se suicidó en cuanto su “Lolita” escapó. A éste, encima, tendrán que mantenerlo entre todos los austríacos porque me consta que no tiene especiales ganas por marcharse del mundo y hacernos un favor a todos.
Aquél caso fue (y aún es) dantesco. De todo punto abominable, incomprensible para cualquier mente humana cabal y lúcida. Llegados a este punto… ¿ahora qué hacemos con éste que supera cualquier registro conocido?
¿Qué se supone que debemos pensar de la raza humana? ¿Cómo podríamos siquiera intuir en qué pelotas estaría pensando este error de la naturaleza?
La cuestión que me planteo es, y ahora… ¿qué deberíamos hacer con él? ¿Qué se supone que tenemos que hacer con inhumanos como éste? ¿Sería lícito negarle la condición de “humano” a quien no muestra signos de serlo? ¿Podríamos establecer una serie de directrices por las cuales a quien se le niega tal condición no se puede amparar en Derechos Humanos?
¿De qué modo reaccionaremos cuando llegue alguien y supere estos números dantescos? ¿Nos reiremos por no llorar? ¿Alguien pensó alguna vez que podría ocurrir un hecho semejante?
¿Le eliminamos? ¿Le torturamos como no se ha torturado jamás a nadie para que él experimente sólo una parte de lo que ha causado? ¿Permitimos que un “señor” (!) de 73 años se pudra en la cárcel quedándole apenas unos pocos años de vida?
¿Lo sometemos a toda clase de estudios para intentar explicarnos qué clase de motivaciones perturbadas movían sus más bajos instintos? ¿Podrán averiguar en qué momento y de qué modo se taró hasta el punto de encerrar a la sangre de su sangre “bajo siete llaves” mientras su mujer, aparentemente, no sabía nada? ¿Qué clase de ser -¿merece tal denominación?- consigue hacer creer a su mujer que su única hija, también sangre de su sangre, es una jodida lunática que se ha apuntado en una secta? ¿Tantas ganas tenía de follar?
Este no-hombre es un canto a la misantropía. Es la inspiración perfecta de todos aquellos que sueñan con exterminar a la raza humana. Si fuéramos así, no mereceríamos existir. De hecho, este pedazo de carne no merece existir. Pero existe. Y si uno así puede existir, no hay duda de que existen más.
Cada uno de ellos insulta a toda la especie. Mancilla todo lo que representamos. Maldice nuestra herencia y nos recuerda que seguimos siendo tremendamente imperfectos. Que tenemos renglones torcidos y que, afortunadamente pocas veces, estos renglones se pueden retorcer aún más.
Quizá algún día podamos superarlos.
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