Guerras de clanes

La reacción primaria de un animal cuando se siente amenazado oscila entre la huida o el enfrentamiento según el tamaño y el aspecto más o menos peligroso del que tiene enfrente.

En ocasiones, ni siquiera hace falta sentirse así. Basta con querer provocar un cambio actitudinal o un golpe de mando. Los leones o los lobos se pelean a dentelladas por el puesto de jefe. Algo así como un par de trepas pero en estado salvaje.

La idea básica no es promover las ideas que uno pueda tener para “progresar”. No le pidas eso a un ser vivo que camina a cuatro patas, se hace todo encima y no le importa ir desnudo. Tampoco creo que se trate de tener acceso a todas las hembras del grupo… ¿o sí? ¿Se trata, como casi siempre, de sexo?
¿Hasta qué punto un lobo es consciente de la erótica del poder? ¿Un león entiende la gozada que supone dormir en la piedra más alta y estaría dispuesto a matar para no tener que abandonarla? ¿Mufasa se agarraría a la poltrona con uñas y dientes?

Entre familias desestructuradas o rotas, las peleas son constantes, frecuentes y afectan a todos los miembros por igual. Lo mismo el padre y el hijo no se hablan que la madre apuñala traperamente al hermano, mientras la cuñada intenta mediar como buenamente se le ha dado a entender.

La guerra de Troya comenzó por una mujer más que ligera de cascos. La del Abismo de Helm, por una flecha con Parkinson. Como yo no soy menos, la mía empezó con una lata de espárragos.

Cojonudos, además.

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